Huyendo de la miseria, las guerras y la violencia de sus países de origen, cientos de inmigrantes malviven en el campamento juvenil de Calamocarro a la espera de una «cédula de inscripción» que les permita dar el salto a la Península. Mientras el Gobierno invierte miles de millones en blindar el perímetro fronterizo, esta «república negra» al borde del Estrecho sobrevive entre la despersonalización, la falta de recursos y el sueño intacto de un futuro en Europa.
Hasta este reducto baldío del tamaño de un campo de fútbol, que en sus orígenes fue merendero y campamento juvenil, llegan exhaustos desde todos los rincones de África cientos de emigrantes. La mayoría con lo puesto, tras recorrer cientos, miles de kilómetros, a través de un continente cansado y hostil que parece haberles retirado su etra escupida. Al menos, pisar Calamocarro significa la posibilidad de recibir la ansiada “cédula de inscripción”, el salvoconducto que les permite trabajar en España durante un año. Sólo queda esperar una espera plomiza donde el tiempo transcurre con lentitud carcelaria.
“Cuando no tienes nada sólo te queda andar”, certifica con una beatífica sonrisa Omar So, un joven maliense de 19 años, el menor de nueve hermanos. Nunca le gustó que le asustaran con la canción del cocodrilo y el caimán que suben del río Níger para llevarse a los niños malos. Ni que Dios eligiera Mali para que él se muriera pobre. Habla bambara, rotundo y africano. Nunca fue a la escuela. “Aprendí un poco de francés gracias a mis amigos”, explica. En su aldea sólo comía una vez al día. Por eso se fue. Echa de menos el sabor del mijo molido, pero prefiere el rancho calamocarreño preparado por el Ejército –exótico pero variado, almuerzo y cena– que le sirven los voluntarios de la Cruz Roja. Dice Omar que cuando añora a su prometida Aissata baja hasta el puerto a contemplar el mar. Como sus “hermanos africanos”, se siente ilusionado por haber llegado a Ceuta. Es la última frontera. Al menos aquí pueden coger aliento.
¿Qué importa si el embudo migratorio en el que se metieron acaba desembocando en una cloaca?
Tras haber burlado a las patrullas de la Guardia Civil –traspasando la alambrada del perímetro fronterizo de Ceuta con Marruecos o colándose por las alcantarillas– saben que la “parada técnica” en Calamocarro, a la vez refugio y presidio, es obligada si quieren cruzar hasta la otra orilla con los papeles en regla. La regularización de su identidad y la inclusión en programas de acogida, una vez llegados al campamento, son incentivos que producen un “efecto llamada” entre los africanos que van a la búsqueda de la tierra prometida. Es un tam tam de esperanza: tan sólo la barrera natural del Estrecho de Gibraltar les separa del sueño. Un sueño antiguo, eterno.
Nunca estuvieron tan cerca de Europa, y a pesar de esas ratas gordas como gatos que bailan entre sus desperdicios y husmean debajo de sus literas mientras duermen, la mayoría exhibe una desconcertante sonrisa: amplia, confiada, blanca, Africana. Una sonrisa que en Occidente no tienen razón de ser.
En un recodo del paseo marítimo, varios jóvenes subsaharianos ataviados con ropa deportiva –como sacados del Bronx neoyorquino– se afanan en sacar brillo, sin más herramientas que un cubo de agua y una esponja, a los potentes coches aparcados en el arcén. Probablemente, nunca soñaron con tocar con sus manos este BMW, este Alfa Romeo o este Citroën que anuncia Claudia Schiffer. Quizá los vieron anunciados por la tele y en su día les parecieron inalcanzables. No importa. Con dejarlos como los chorros del oro se conforman, a 500 pesetas por vehículo. “Prefiero a los *morenos* antes que a las máquinas de autolavado”, comenta un conductor.
A pesar de su privilegiada altura, Chamberlain Wilt, alias Dikenbé, está cansado de torear el horizonte y no ver nada, aunque hoy el cielo esté despejado. Mide dos metros, calza un 49 y viste con orgullo una camiseta azulgrana que le regaló Protección Civil. Jugaba como pívot en la selección nacional de su país, Guinea-Conakry, una de las naciones más pobres de África, aunque posea el 30% de las reservas mundiales de bauxita. “Cuando salga de aquí intentaré jugar en el Barcelona; amo estos colores desde pequeño”, explica con ojos tristes mientras se ajusta una gorra de los Chicago Bulls. “Y si no es posible, en la agricultura”, añade un tanto resignado a su suerte.
Llegó a Ceuta escapando de un futuro incierto, después de atravesar Senegal, Malí, Mauritania, Chad y Argelia. En tren, en autobús y a pie. Cinco meses a la deriva. Los primeros trabajos en cada país le servirían para financiarse el viaje hacia el siguiente destino. Por el camino le habían dicho un lugar seguro para saltar a Europa. Y allí apareció, sin nada en los bolsillos, tras pagar un puñado de dirhams a las mafias marroquíes. “Mozos, mucho malo para morenos”, dice en un incipiente español. Lo ha aprendido en la primitiva escuela del pupitre río, donde tres voluntarias norteamericanas de la iglesia evangelista le enseñan a decir “gracias a Dios”.
Quiere irse ya. “Siete meses en Calamocarro, sin nada que hacer, éste es demasiado tiempo. Lo peor es no saber cuando vas a salir. Empiezas a darle vueltas a la cabeza y te vuelves loco. No puedo comer ni dormir”.
Falta de apetito, pérdida de energía y fatiga, falta de concentración, insomnio, sentimientos de desesperanza o tristeza generalizada… Estos son los síntomas de los “muertos en vida”.
“La falta de ocupación llega a ser uno de los mayores riesgos para la salud mental”, señala el psicólogo Javier Espinosa, del departamento de refugiados de Cruz Roja en Ceuta. “Desde que entra en Calamocarro, el inmigrante acaba sumergido en un proceso de despersonalización; deja de ser un individuo activo para convertirse en una persona dependiente de la voluntad de otros. Nadie son y nadie los necesita. Tienen dificultades para practicar su religión (hay dos simulacros de templo, uno cristiano y otro musulmán, sin el mínimo recogimiento); pero comer alimentos similares a su dieta típica (el rancho del Ejército no incluye mandioca, ni mijo, ni arroz con pollo al estilo africano); para comunicarse y resultar creíbles (no hay intérprete, y si un refugiado de Sierra Leona explica que mutilaron a toda su familia, el funcionario puede sospechar, ante semejante drama, que en realidad el tipo es un turista que viene a tostarse al sol de Benidorm).
A Dikenbé también le duelen los pies. Y no es que se queje de vicio. Están aprisionados en unas deportivas del 46, tres números por debajo de lo necesario para andar cómodamente. En Calamocarro la falta de holgura es a todas luces excesiva; compartir una chabola de tela donde duermen 25 personas desconocidas sublevaría al mismísimo Copito de Nieve, el gorila del zoo de Barcelona…

Ousmane parece el doble de Will Smith, el protagonista de El príncipe de Bel Air; de hecho, podría pasar por un hijo de telecomedia americana si le trasladaran a otro decorado. Le delatan sus palabras. “A los negros nos falta el dinero”, explica mirándote fijamente a los ojos. “Pero nos sobra dignidad”. Cae la tarde. Durante un improvisado partido de fútbol entre Costa de Marfil y Guinea Conakry, todos aplauden la inyección de moral de Ousmane: “Vamos a ganar la Copa de Europa”…

Barreras legales como la Ley de Extranjería, de 1985, o el Tratado de Schengen, firmado por la práctica totalidad de los países de la UE en 1991, hicieron de España el gendarme de la “Europa Fortaleza”, al tiempo que abocaron a los inmigrantes procedentes del Magreb (sobre todo argelinos) y del África subsahariana a la clandestinidad. En 1992, las puertas de Europa cayeron como un inmenso telón de acero. Los trabajadores del Tercer Mundo se vieron obligados a obtener un visado que les autorizase a permanecer en nuestro territorio. Un documento imposible de conseguir para un africano sin dinero ni influencias.
Calamocarro nació hace cuatro años de una revuelta provocada por un grupo de 350 ilegales que gritaron basta. No llegaron juntos, sido, rueco a poco, sin apenas colarse. Cansados de ver pisoteada su dignidad, de dormir al raso en las calles de Ceuta, en octubre de 1995 se amotinaron junto a las murallas reales de la ciudad, en un emplazamiento conocido como El Ángulo, y hablaron. Se armaron con piedras y palos y soltaron su rabia en una ciudad de 75.000 habitantes acostumbrada a la convivencia pacífica entre cristianos y musulmanes, pero en alerta ante esta “invasión sureña”.
A primeros de 1999 la “población flotante” de Calamocarro rondaba las 2.000 personas (equivalente a una densidad de 150.000 habitantes por kilómetros cuadrado), aunque el cuchitril estaba habilitado para 500. En la actualidad malviven aquí 1.050 subsaharianos y 90 argelinos. Mantener Calamocarro cuesta 200 millones de pesetas al año. Y demasiados quebraderos de cabeza. Por eso la Delegación del Gobierno de Ceuta pretende desatascarlo hasta el punto de hacerlo desaparecer en diciembre. A partir de esta fecha estará construido un nuevo centro, situado en la Loma de Ingenieros, que costará 500 millones.
Los límites de Ceuta se pierden en el margen del arroyo de Las Bombas. La valla de alambre de 2,5 metros de altura que se levantó para impermeabilizar la frontera con Marruecos a lo largo de ocho kilómetros –denominada eufemísticamente “zona acerada”– no ha bastado para detener la creciente ola de inmigrantes irregulares. Cinco años y 5.500 millones de pesetas después de su inicio, se ha revelado defectuosa (aún no funcionan los sensores de fibra óptica ni las 30 cámaras de televisión) y ha sufrido desperfectos por los corrimientos de tierra.
La nueva barrera, en proceso de construcción, costará 2.800 millones, se elevará 3,10 metros y será reforzada con una alambrada de espino; más resistente y equipada con 17 torres de control, estará prolongada por las playas fronterizas de Ceuta, el Tarajal y Benzú, provistas de dos mecheras artificiales para disuadir a los inmigrantes –sobre todo marroquíes– que pretenden alcanzar la costa a nado, en pateras o en lanchas neumáticas. Ante semejante refuerzo, el hecho de que un solo clandestino consiga colarse por esta inexpugnable “MIR” (Muralla Inteligente Radical), cuya factura asciende ya a los 8.000 millones, supone suficiente motivo de sonrojo para un Gobierno convertido en celoso guardián de esta fortaleza.
Los ocho kilómetros del sinuoso perímetro fronterizo acaban en La Kabilila, una barriada mecedora perteneciente al municipio español de Benzú. Al otro lado de la valla, ya en territorio marroquí, está Belyonech. Merodeando por sus montañas, los subsaharianos intentan franquear la frontera ante la presencia inquietante y callada de unos riesgos conocidos popularmente como “La mujer muerta”, testigo de la estrategia de estos clandestinos para evitar la repatriación: perder o quemar sus documentos por el camino.

Con un poco de suerte, los inmigrantes de Calamocarro cruzarán el Estrecho de Gibraltar en el ferry de Transmediterránea. Según el Ministerio del Interior, de octubre de 1996 a mayo de 1999, más de 6.000 salieron hacia España dentro del programa de Acogida y Acceso al Empleo para Inmigrantes subsaharianos de Ceuta y Melilla. Pero la espera en el purgatorio se hace eterna. Sus inquilinos, cuya media de edad ronda los 26 años, han tenido que inventarse su propia ciudad, una pequeña república africana donde los grupos mayoritarios (anglófonos y francófonos) están representados ser sendos “jefes de la tribu”. Suelen ser los más veteranos.
Los integrantes del bando francófono (procedentes de Senegal, Mali, República Democrática del Congo, Senegal o Mauritania), campesinos en su mayoría, suelen ser transparentes y confiados; por el contrario, los anglófonos (Nigeria, Sierra Leona, Ghana o Costa de Marfil), más instruidos y cosmopolitas, se muestran altivos e impenetrables, como si escondieran algo. El Gobierno sospecha que muchos de ellos proceden en realidad de países europeos en los que vivían ilegalmente, y que viajan hasta Calamocarro con el objeto de conseguir visado fácil.
El presidente de la tribu habla inglés, y el secretario, francés. Además de velar por los intereses de sus representados, se encargan de conducir a los ilegales novatos hasta los organismos oficiales pertinentes: Brigada de Extranjería y Documentación, Cruz Roja y FAIN (Federación de Asociaciones de Inmigrantes) y Franciscanos de Cruz Blanca, la orden religiosa que últimamente se encarga de acoger a mujeres con hijos menores. Primera advertencia: cualquier incidente, aunque sea una pequeña trifulca, puede conllevar la no renovación del permiso de residencia y trabajo en España. Tampoco será documentado el inmigrante que haya cometido una infracción en Ceuta que suponga la apertura de un expediente judicial.

Es la única garantía que tiene Hansi Alal, un argelino de 30 años, nacido en Orán, para salvar el cuello. “Fui inspector de policía durante tres años”, relata Hansi. “Durante ese tiempo maté a 63 terroristas del FIS liderados por Abase Madani. Era mi trabajo. En 1991 se acercaron a mi padre y le pegaron un tiro en la sien desde un Peugeot 505 cuando salía de comprar el pan, a las ocho de la mañana. Yo estaba asomado al balcón, desarmado… Lo mataron delante de mis ojos! Recibí hasta quince amenazas de muerte por carta. Tuve que escapar a Túnez, y de ahí a Nápoles, a Francia y luego a Madrid; en Moratalaz me dedico a la venta ambulante de fruta. Pero como soy ilegal, lo me dejan quedarme un año”.
“Durante tres años fui policía en Orán. Maté a 63 terroristas del FIS de Madani. Era mi trabajo. Un día se acercaron a mi padre y le pegaron un tiro en la sien”, dice el argelino Hansi Alal
Durante la conversación, un joven argelino vestido con chándal azul, marca Nike, pasa cuatro veces delante de él haciendo un gesto amenazador que significa claramente “Como sigas hablando te cortamos el cuello”. Hansi agacha la cabeza y suspira: “Esto es el infierno!”. No aguanta más: “Ayer salieron para España veintitantos negros. ¡Merde! ¿Qué pasa con los 90 argelinos? Frente a la resignación y el carácter más flexible de los centroafricanos, los argelinos muestran genio, rencor, desconfianza, pregunta. No quiere volverse misma más a su país, ¡Yo estudiaba Mediahed. Yo estudié 3º de informática y en mi casa nunca faltaba de nada y cuenta. “Mi padre era jefe. En mi casa, después del tiroteo en McDonald’s con mi novia, regresé a mi casa hacia las 12 de la noche”, explica en un correcto español. “Los fundamentalistas del GIA habían colocado una bomba. Mi padre y mis cinco hermanos murieron en el atentado. Me refugié en casa de mi abuelo y desde allí me dirigí a Ceuta, después de pagar Ahora estoy solo. 650 pesetas diarias apostando coches. Ahora sólo pienso en salir cuanto antes de aquí para acabar mis estudios en España”.
Durante estos cuatro años de existencia, en el purgatorio han florecido primitivos comercios: un restaurante de comida africana, provisto de un fuego y cuatro cacerolas, donde se frien lisas y se cocina arroz con pollo; puestecillos de dos metros cuadrados, abastecidos de latas cerveza, tabaco o fruta comprada en la ciudad; un tenderete donde se exhiben cinco pares de zapatos que parecen rescatados de un basurero; una estufa de leña donde se calienta el agua, a 500 pesetas el cubo; peluquerías al aire libre para los que solicitan un afeitado de nuca al “estilo Calamocarro”… Y hasta una tienda que sirve esporádicamente de prostíbulo, donde unas 20 chicas, esquivas y remaquilladas, alquilan su cuerpo por un simple bote de champú. “Cobran 1.500 a los morenos y 4.000 a los argelinos”, asegura Diquenbé, el jugador de baloncesto guineano. “Pero si ahora llega un perro con dinero, también follarían con él”.

Las mujeres de Calamocarro (el 20 por ciento de la población), sobre todo las nigerianas, tienen una mirada de profunda tristeza, como si estuvieran de vuelta de todo o supieran de antemano que en España no les espera nada bueno. “Algunas son captadas en redes de prostitución africanas que operan desde Ceuta para saltar luego hacia Europa”, aseguran en la Delegación del Gobierno. Se ven forzadas a pagar a las mafias trabajando duro, con documentación falsa, en cualquier club de carretera. El consejo paternal del proxeneta suele ser: “Cierra las piernas cuanto puedas para que no te penetren mucho, y utiliza siempre un preservativo”.
Menos condones, el mercadillo de Ibrahim Badji, un avispado maliense con vocación de empresario, tiene casi de todo. Vende huevos, yogures, pipas, fruta… “Cada manzana vale 25 pesetas, y cada cigarrillo, 15. Al final del día gano unas 50 pesetas. Me viene bien, con eso puedo pagar un billete de autobús o comprar una botella de leche”, confiesa sonriente. Ibrahim se rie con una mueca que no es suya, sino que pertenece al carácter de Malí.
Junto a su supermercado, el peluquero Lucien Auga le corta el pelo a Glodi-Lebo, una preciosa niña de la República Democrática del Congo que hoy cumple dos años. Utiliza una desgastada cuchilla de afeitar. “Aquí no tenemos enchufe, y la maquinilla eléctrica es muy cara”, sonríe mientras el chiquillo, ataviada con un elegante turbante, se mira en el espejo. Muestra una exultante sonrisa.
Cuando su marido. Fali Lebo, salga de la ducha, la familia tomará el barco hacia la península. Se trataba de refugiados políticos de la República Democrática del Congo, ex Zaire. “Pertenecemos al Congo, ex Zaire. Pertenecemos al Movimiento Popular de la Revolución, opuesto a la lanza de la Fuerza Democrática por la Liberación, el partido en el poder. A partir de hoy, en España empezaremos una nueva vida”, confía el padre. “Glodi ya tiene ganas de ir a la escuela”.
A mediados del pasado agosto, los medios de comunicación se hicieron eco de la historia de otra niña congoleña de cuatro años. Un guardia civil se la encontró llorando en medio de la carretera que pasa entre las dos vallas fronterizas. Estaba sola. Una sombra drugada por la verja para dejar en manos de la policía el delicado “paquete”. La cría llevaba una nota donde se podía leer: “Clarice, fille de Moubiala Kikupa, nationalité R. D. C., ex Zaire, tif 0034…”. Moubiala, su padre, que pasó tres meses en Calamocarro, pudo reencontrarse con ella en Gijón, donde residía sin papeles –sólo tiene la condición temporal de refugiado político– y sin trabajo. Llevaba dos años sin saber nada de su mujer y sus tres hijos. Pero la carta que envió a su familia, adjuntando sus señas en España, no cayó en saco roto. Peluquera de mujeres y cantante de una banda de música que actuaba en las fiestas organizadas por el dictador Mobutu Sese Seko, este clandestino de 32 años huyó de Kinshasa cuando Laurent Kabila llegó al poder. Llegó a “Sebta” –como los africanos llaman a Ceuta–, tras pasar casi un mes oculto en las bodegas de un carguero, donde se embarcó como polizón. La odisea de Clarice también debió ser arreglada: cayó directamente del cielo.
J.B.E., un nigeriano de 20 años, aún tiene miedo. Llegó el pasado 25 de mayo y todavía parece traumatizado. No huye de ninguna guerra. Amenazado por una secta, convivía en su propio hogar con su verdugo. “Me vi obligado a salir de mi país el 2 de febrero de 1998. Trabajaba en un negocio de abastecimiento de caucho y vivía con mi mujer y mi hijo en casa de mi padre. Hace unos cinco años, después de morir mi madre, él se hizo miembro de un grupo religioso llamado Obogni Society. La secta cuenta con muchos adeptos en mi país: médicos, abogados… incluso el propio presidente. Se reúnen todos los sábados en lujosas iglesias, pero desconozco sus ritos porque son secretos. Sólo sé que cometen verdaderas atrocidades. En la Sociedad hay distintos grados; mi padre quería ascender de nivel, y para conseguirlo tenía que derramar su propia sangre. Le pidieron un sacrificio: debía matar a su hijo primogénito”.
El joven interrumpe su relato. Cierra los ojos. Su memoria retrocede hasta el día en que los obogni visitaron su casa: “Tu sangre debe ser entregada al Gran Espíritu”, le dijeron, ante la aprobación de su progenitor. “…Yo soy cristiano, nunca he estado de acuerdo con la otra religión, por ese motivo tenía frecuentes peleas con mi padre. Si un obogni se encuentra con un cristiano lo insulta y hay peleas… Así que para salvar mi vida contacté con mi amigo E., que vive en Argelia. Él vino a recogerme en su coche después de que mi mujer y mi hijo se mudaran a casa de mis suegros. Me alojé unos diez meses en su casa. Transcurrido ese tiempo conocí a unos somalíes que viajaban hacia España. Ellos me hablaron de Ceuta por primera vez. No me lo pensé dos veces. Atravesamos todo Marruecos a pie; sin documentos ni pasaporte, me vi obligado a colarme por la frontera. Sólo paramos a descansar un día en Rabat… Ha pasado más de un año desde mi huida. En Calamocarro siento por fin un poco de paz”.
Al principio sólo llegaban hombres. Pero luego llegó una mujer sola con dos hijos colgados a la espalda. Y luego otra, con una amarga historia a cuestas. Jennifer, que así se llamaba esta joven de 25 años, salió de Nigeria buscando el Norte, huyendo de la barbarie de una guerra endémica. Con la ayuda de un mapa atravesó varios países a pie, y en el camino encontró a gente que le ofreció dónde dormir y comida, amigos ocasionales a lo largo del tortuoso embudo. A veces se sintió en peligro y huyó. Otras no pudo. En su trayecto fue obligada a trabajar sin sueldo; golpeada y violada. Escapó del infierno sin mirar atrás. Cuando no tienes nada, sólo te queda andar.
Siguió caminando sola hasta que un día sintió que había dejado de estarlo. Entre sollozos, Jennifer contó que estaba embarazada cuando la atendieron en el dispensario de la Cruz Roja de Calamocarro, entonces sin luz ni agua corriente. “La gente miraría distinto a los inmigrantes si supieran las historias que hay detrás”, dice Cleopatra R’Kaina, la médica del centro –dos años pasando consulta a unos 80 pacientes al día con la ayuda de una ATS–. “¿Que cómo acabó la historia? Le dijimos que la ley española permitía abortar en caso de violación, con un solo trámite para ir al hospital. No esperó. Por la tarde había abortado. Nunca supimos si fue espontáneo o provocado”.
“Tenemos suerte, lo que nos llega es gente sana –diagnostica–. Aunque sea crudo decirlo, los más débiles han ido cayendo por el camino, como una selección natural. Aquí las enfermedades reumáticas y musculares son las más frecuentes. El hacinamiento provoca que un simple catarro contagie enseguida; también se quejan de los piojos y del prurito, con molestos picores debidos a la falta de higiene. Una vez detectamos un caso de sida. En esos casos se hospitaliza de inmediato”.
Una vez por semana, la furgoneta del Centro de Atención a Drogodependientes de Ceuta, CPD, reparte preservativos gratuitamente. De la fogosidad sexual de los subsaharianos dan fe los operarios de limpieza. “Cada día llenamos dos contenedores con la basura que dejan por el suelo, incluidos los condones. No paran de follar”.
En Calamocarro conviven la Biblia y el Corán. Banana no sólo reza al rey del boxeo. A veces pasa por la capilla cristiana instalada en el campamento y habla a solas con la Virgen. Al caer el sol, tras la llamada a la oración del imán (con camiseta del pato Lucas), los musulmanes se arrodillan en dirección a La Meca sobre unas alfombras viejas. Chamberlain Wilt, alias Dikenbé, en plena genuflexión, se preguntará si Alá ha olvidado enviarle la tarjeta de embarque hacia Algeciras.
Tras unos días de ensayos, un centenar de evangelistas asisten a un “musical espiritual” donde se mezclan los sermones con los chistes sobre la comida. Todos ríen las gracias del *showman* Julius Osagui, un nigeriano de Benin que sueña con actuar en salas de fiesta. Canta, baila, aporrea el teclado… La sangre africana hierve. Por primera vez en mucho tiempo, todos parecen alegres. “Nos hemos ganado el derecho a ser felices por unas horas”, comenta una chica con una camiseta de Lady Di. Desde la ventanilla de su choza, Dikenbé contempla la ruidosa celebración sin una mueca. Cuando llegue a Europa, aunque en diciembre ya no quede ni rastro del polémico campamento, Calamocarro seguirá vivo en su memoria de clandestino. De momento, su destino no sigue en manos de La Autoridad. El paraíso puede esperar…