El Castañar: el refugio del duque de Pastrana, premio a la protección de la naturaleza

Compartir
Finca El Castañar

El esfuerzo en la preservación del ecosistema mediterráneo realizado por la familia Finat Riva en esta finca toledana ha tenido como resultado la recuperación de dos especies ibéricas emblemáticas: el lince y el águila imperial. Los duques de Pastrana y tres de sus hijos reciben a Classpaper con motivo del Premio Fondena de Protección de la Naturaleza concedido a esta propiedad.

El trayecto entre Madrid y Mazarambroz, en la provincia de Toledo, apenas dura una hora en coche. Son las 10.00 de la mañana de un día de primeros de octubre y, a pesar de algún nubarrón negro en el horizonte, el cielo se va abriendo mientras avanzamos por la CM-410. Nuestro destino es la histórica finca El Castañar, cuyo origen se remonta al siglo XII, cuando tuvo lugar la repoblación templaria en la zona. Rica en pastos y animales, en el Libro de la montería mandado hacer por el rey Alfonso XI se dice textualmente que este lugar “es un buen monte de oso, y puerco en invierno”. Atraídos por la calidad cinegética de este predio, reyes y nobles han cazado aquí a lo largo de los siglos. El rey Alfonso XIII tenía predilección por las perdices; y en 1949, siendo aún adolescente, su nieto el actual rey emérito mató aquí su primer jabalí.

Situada en el término municipal de Mazarambroz, en la cara norte de los Montes de Toledo —una joya ecológica que forma parte de la Red Natura 2000— El Castañar se extiende a lo largo de unas 5.500 hectáreas. Contiene todas las formas del monte español de la meseta sur. Al norte, colinas y barrancos con arbolado mediterráneo y monte bajo, además de encinares en zonas adehesadas utilizadas para labores agrícolas. Y más hacia el sur, terrenos serranos con alturas superiores a los 1.000 metros. En estos se encuentran carrascas, quejigos y los castaños que dan nombre a la finca.

Tras tomar un desvío a mano izquierda enfilamos un camino flanqueado por encinas, cipreses y alcornoques. Las veredas rebosan de conejos. ¡Los hay a decenas! Paraíso de la biodiversidad, en este hábitat han encontrado refugio el lince ibérico y el águila imperial, que no hace mucho eran especies en vías de extinción. Hoy conviven en ecológico equilibrio ciervos, ganado bravo, ovejas, cerdos ibéricos, conejos y perdices, además de la fauna propia del bosque mediterráneo.

El propietario de la finca es José María de la Blanca Finat y Bustos (Madrid, 13 de septiembre de 1932), duque de Pastrana y marqués de Corvera con grandeza de España, además de otros títulos nobiliarios que repartió entre sus cinco hijos: Rafael, Aline, Blanca, Casilda y José María. “Mi familia y amigos me llaman simplemente Pepe; solo me llamaban De la Blanca en el Ejército del Aire”, aclara este ‘alegre jubilado’ de 92 años (44 de ellos cotizados), que trabajó como químico en una farmacéutica de Alemania y fue presidente de la Diputación de Toledo en los años 70. A pesar de los achaques propios de la edad, hasta el año pasado jugaba al golf nueve hoyos diarios, a pie. “Me gustaban mucho el Seminole de Palm Beach y el Diente de Perro de República Dominicana”, recuerda. Tiene memoria de elefante y gasta un fino sentido del humor.

Nuestro anfitrión —hijo de José Finat y Escrivá de Romaní, conde de Mayalde, y de Casilda Bustos y Figueroa, duquesa de Pastrana— nos recibe en el Palacio de El Castañar junto a su mujer, Aline Riva de Luna, Linette.

PREGUNTA. ¿Se ha cruzado de frente con un lince?
RESPUESTA. ¡Claro! Una vez estaba leyendo en esta terraza y se presentó uno. Se quedó mirándome, le di las buenas tardes y se marchó tranquilamente. No tienen miedo, porque esta especie carece de depredadores.

P. ¿Se considera usted buen cazador?
R. Me considero buen aficionado, pero no seré muy malo, porque llevo 70 años cazando. He ido a safaris africanos, pero yo me quedo con la montería española. Para empezar, porque se hace con perros, y los perros son la música de la caza. Hay mucha gente que disfruta yendo al Himalaya a cazar un carnero o a África a matar un elefante. Prefiero ir a la Puebla de Don Rodrigo (Ciudad Real) a cazar jabalís.

P. ¿Para qué sirve hoy día poseer un título nobiliario?
R. Para nada… Bueno, sí, ¡para pagar impuestos! Antes de que Felipe González ganara las elecciones —ojo, nada contra él—, los Grandes de España al menos teníamos pasaporte diplomático. Yo estoy orgullosísimo de llevar mis títulos; no por mí, que no pinto nada, sino por mis antepasados. El de duque de Pastrana lo heredé de mi madre y se remonta a los tiempos de Felipe II. Procuro llevarlo con la mayor dignidad.

Construido a principios del siglo XX al estilo de los castillos escoceses, el suntuoso Palacio de El Castañar contrasta con el austero paisaje castellano-manchego. “Lo diseñó un arquitecto que estaba de moda por entonces, Joaquín Saldaña y López, inspirándose en Abbotsford House, el castillo que tenía en Escocia el escritor Walter Scott [autor de conocidos best sellers históricos como Ivanhoe o Waverley]”, explica el duque de Pastrana, quien reside entre Madrid y este edificio.

duques de pastrana
El propietario de la finca, José María Finat y Bustos, duque de Pastrana (sentado), posa en el hall del palacio con su mujer, Aline Riva de Luna, y dos de sus hijos: Blanca, condesa de Oliveto, y Rafael, conde de Mayalde.

Celosa de su privacidad, la familia Finat no suele abrir su casa a medios de comunicación. Si ha aceptado este encuentro con Classpaper es con motivo de un prestigioso galardón medioambiental: el XIV Premio Fondena de Protección a la Naturaleza, concedido a la finca El Castañar en 2023 “por su relevante labor en los Montes de Toledo”. El jurado destacó la aportación de la finca “a la conservación de la biodiversidad a través del aprovechamiento agrícola y pecuario, favoreciendo la polinización con la apicultura, así como la conservación de especies como el águila imperial y el lince ibérico”.

En 2014, El Castañar fue la primera finca en reintroducir el lince ibérico (Lynx pardinus) en Castilla-La Mancha, mediante el programa europeo LIFE. “Aquí siempre hubo linces, pero acabaron desapareciendo”, recuerda el duque de Pastrana. “Un día, desde Medio Ambiente me propusieron soltar varios ejemplares y naturalmente dije que sí. Fue un éxito. Desde entonces, los zorros y los meloncillos, que van en manada y arrasan con todo, incluso con los nidos de perdiz, se han esfumado. Los linces los deben haber echado o matado, porque todos compiten por los conejos y las perdices”.

Actualmente hay una población de cinco hembras reproductoras, dos machos territoriales y al menos tres machos de dos años y varios ejemplares inmaduros. En 2023, el lince ibérico superó los 2.000 ejemplares en toda España —un 35 % del total habita en Castilla-La Mancha—, alejándose del riesgo de extinción. En cuanto al águila imperial, El Castañar acoge nueve parejas y una importante cantidad de ejemplares inmaduros, de un total de 841 parejas en la península Ibérica. “En 2020 salieron adelante 13 nidos, más que en cualquier Parque Nacional”, apunta Rafael Finat, conde de Mayalde.

José-María-Finat
José María Finat posa a la entrada de Casa de Rojas (s. XV), el edificio más antiguo de la finca.

Es responsable de la gestión de la finca junto a su hermano José María, conde de Finat. Aunque los dos hacen “un poco de todo”, el primogénito de la familia (65 años) se encarga sobre todo de la ganadería brava y del turismo rural, mientras que el menor (57 años) está más centrado en la organización de monterías y caza de perdices. Apasionado de la fotografía de naturaleza, ha publicado dos libros, Magisterium naturae y Filomena y los linces, que revelan la belleza paisajística y faunística de El Castañar.

Mientras sus padres desayunan en la terraza del palacio, Rafael aprovecha para enseñarnos la explotación ganadera a bordo de su destartalado Mitsubishi, con su perra Pisca, una Jack Russell Terrier, asomada a la ventanilla. Licenciado en Derecho, ejerció durante varios años de abogado, pero es esencialmente un hombre de campo. De los que se remangan. “¡Mirad lo que tenemos allí!”, exclama señalando al cielo. “Un águila imperial y un buitre negro”, precisa al tiempo que ofrece sus prismáticos.

Nuestra primera parada es en Casa de Rojas (s. XV), el edificio más antiguo de la finca. “Perteneció a los condes de Mora, que se apellidaban Rojas”, informa mientras accedemos a la rústica vivienda. A la entrada, incrustada en el suelo empedrado, se aprecia una rueda de molino romano, vestigio de los siete que hubo en la hacienda. El salón principal está decorado con más de un centenar de trofeos de caza, incluidas una cornamenta de búfalo y una piel de leopardo. “Hace años organizábamos safaris en África”, aclara Finat, “pero la mayoría de las piezas las dejaron como recuerdo personas que cazaron aquí”. La casa, que funciona como hostal rural con nueve habitaciones, también se alquila para incentivos de empresa, reuniones de trabajo o cenas empresariales. En 2003, el conjunto monumental formado por el Palacio de El Castañar, la Casa de Rojas y la cercana capilla del siglo XIX fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC).

ganadaría castañar

El recorrido en todoterreno continúa por las parcelas de ganadería brava Conde de Mayalde —un encaste con mezcla de Domecq y Contreras—, fundada por su abuelo en 1949. “¡Cuidado con ese cabestro, que se arranca!”, bromea el dueño cuando el coche pasa cerca de un berrenda en colorao. Para Rafael Finat, “que un toro embista en una plaza es lo más bonito que hay, aunque un día te salen malos y tienes que agachar las orejas, como dicen por aquí”. Por eso recuerda con especial orgullo la primera Puerta Grande que abrió Roca Rey en Las Ventas, en 2019, tras torear a un noble sobrero de su manada. Más recientemente, el hierro de esta casa obtuvo el premio a la mejor corrida en la última Feria de Albacete.

Pero estas alegrías puntuales contrastan con las fatigas diarias. “El campo es muy esclavo y poco rentable”, se lamenta. Entre las tareas de esta mañana está vacunar a los toros junto a la plaza de tientas. “Algunos tienen diarrea por la picadura del mosquito culicoides procedente del norte de África, que también está afectando al venado, no así a los gamos”, añade con cierta preocupación.

Nadie diría que sus hijas son las mellizas Casilda y Ana Finat, diseñadora de joyas e ‘influencer católica’, respectivamente. “Las empecé a seguir en Instagram por curiosidad, pero ya no uso redes sociales”. Además de su pasión por la caza y los toros, Rafael practica el fototrampeo —colocación de pequeñas cámaras fotográficas que se activan al paso del animal—, una reciente afición que le permite fotografiar y controlar a los linces. En su tiempo libre hace viajes centrados en la naturaleza y escucha flamenco. Camarón, Morante de la Puebla, María Terremoto… “La afición me viene de un capellán que iba de vacaciones con mis abuelos y oficiaba misas flamencas”, rememora.

Los aprovechamientos de la finca —caza mayor y menor, oveja manchega y elaboración de queso, producción de aceite y olivas de la variedad cornicabra, miel y agricultura— ayudan a cuadrar las cuentas. “Nosotros tenemos 30 personas en nómina, casi 5.000 cabezas de ganado y muchos problemas para sacar esto adelante”, confiesa José María Finat, el fotógrafo de la familia, con su vieja Nikon 850 al cuello. Su afición, dice, surgió hace unos 15 años tras una “relación maravillosa” con Sol de la Quadra-Salcedo, quien le introdujo en la fotografía de naturaleza. “Antes yo era más de tirarme al monte para cazar”. Licenciado en International Business, que en parte cursó en Estados Unidos, vino a trabajar a la finca con 28 años. “Tengo casa en Madrid, pero mi vida está aquí”.

José María organiza cinco monterías al año —unas 3.000 hectáreas de la propiedad están reservadas a la caza mayor— y cinco cacerías de perdiz por temporada. “No comercializamos rececho, sino que damos monterías por cupos y luego las vendemos directamente a orgánicas”, explica el conde de Finat.

Profundamente enraizado en este paisaje, tiene claro que los Montes de Toledo son “la perla de Europa en biodiversidad”. No obstante, advierte sobre una tendencia preocupante: “La mayoría de las fincas de alrededor solo organizan caza mayor con cercas los fines de semana, abandonando usos tradicionales como la agricultura y la ganadería. Están convirtiendo este ecosistema en un artículo de lujo”.

La vida entre muros

Tras una hora de safari regresamos al palacio. José Finat, duque de Pastrana, está leyendo la prensa en el porche con vistas al jardín. Sobre la mesa, el libro Breve historia de la tierra de Juan Luis Arsuaga y Milagros Algaba. “También me divierten los libros de Física y Mecánica Cuántica”, dice este antiguo miembro de la Sociedad Española de Arqueología, Etnología y Prehistoria, con la que viajó un mes de prospección por el Sáhara.

Además de por su mujer, hoy está acompañado por su hija Blanca, condesa de Oliveto, y el marido de esta, Álvaro Pacheco, conde de Villacreces. “De niños, mis hermanos y yo estudiamos la EGB en la escuela de El Castañar junto a otros 40 niños, hijos de trabajadores de la finca. Fue precursora del Colegio Montessori”, recuerda Blanca, que hace tiempo llegó a organizar eventos privados en el palacio. “Aquella escuela desapareció con la Democracia —decían que era para los que cuidaban la caza de los ricos—, e hicieron bien”, interviene su padre.

Jardín-sur_Finca-El-Castañar

A sus 92 años, el duque conduce cada mañana hasta Sonseca (Toledo) para comprar el periódico y enterarse de “las terribles noticias”. Se levanta hacia las 10.00 de la mañana y desayuna algo ligero. “Suelo tomar un café solo con unas galletas belgas del Mercadona”, dice mientras acaricia a Pepa y a Pascualín, dos perros que recogió en la calle y que ahora viven con él. Llevan sendos collares con la bandera de España.

Según el propietario, “la finca pertenece a la familia desde mitad del siglo XIX, aunque las primeras escrituras datan de 1437”. ¿Quiénes fueron los primeros colonos? “En su origen perteneció a unos señores de la zona llamados Palomeque. También fue proindiviso de la Iglesia con la Corona, y más tarde fue adquirida por los condes de Mora. La condesa de Mora se lo vendió a un Santibáñez y a este se lo recompró mi tatarabuela. Después, mi abuela se casó con un señor Finat que era gentilhombre de Alfonso XIII. Probablemente, mi abuelo no quería invitarle a cazar a una simple casa de campo y por eso mandó construir este palacio”.

P. Pilar González de Gregorio declaró en una ocasión que “un palacio es un vampiro que se apodera de ti”.
R. Y no le falta razón. Yo me gasto todo el dinero que tengo en mantener el mío. Pero se está muy a gusto, también hay que reconocerlo.

El matrimonio nos invita a recorrer los salones, que Linette redecoró a su gusto. Un elegante retrato de la señora pintado por Pedro Oriol preside el salón de entrada, conocido como “el billar” porque antes de la reforma había uno en ese lugar. “La biblioteca de madera se la encargué a un artesano de Jerez, y este tapiz lo heredé de mi abuela francesa”, explica esta enérgica mujer sin dejar de fumar. “No soy animalista, pero odio cazar”, confiesa durante el paseo.

La luminosa estancia está decorada con cuadros de los antepasados Finat: desde Felipa de la Quintana, tatarabuela del propietario, hasta su hermano Rafael, “que murió ahogado en el Tajo”. Tiene otro hermano, Fernando, de 88 años. “Él heredó la mitad de El Castañar, que originalmente tenía más de 10.000 hectáreas. Suele venir a verme a menudo al palacio, nos queremos mucho”.

Justo al lado está un antiguo salón de baile que Linette reconvirtió en un salón de té estilo francés. Sobre las mesas se apretujan decenas de fotos de amigos y familiares: el conde de Finat —abuelo del propietario— de caza con Alfonso XIII y el conde de Romanones; la gran duquesa de Luxemburgo, Salimah Aga Khan…, y el retrato del rey emérito Juan Carlos I posando con su primer guarro.

Separada por una puerta corredera se accede a la biblioteca, donde el duque tenía su despacho. Un antiguo retablo barroco original, con su pan de oro y sus angelotes, sirve como librería.

La visita concluye en un patio central con escalinatas de mármol que dan a las habitaciones privadas. Aquí se concentran las pinturas más notables: desde una escena de caza del pintor flamenco Paul de Vos (siglo XVIII) a una Inmaculada de Carreño (siglo XVII), pasando por un Luca Giordano. “El más curioso es este cuadro del gran duque de Alba con su esposa, el único retrato donde sale con ella”, señala el anfitrión. ¿Su obra preferida? “La Virgen que decora mi cuarto. Soy un hombre católico, apostólico…, y romano hasta cierto punto”, dice con sorna.

Tras despedirse de las visitas, los encantadores propietarios se dirigen al petit salon, como se refieren a su dormitorio.

Dejamos el palacio sin que se nos haya manifestado el fantasma Carrobles. Blanca Finat cuenta la divertida anécdota: “Así se llamaba un albañil que al parecer murió mientras se construía este edificio. Cuando éramos niños, los mayores nos contaban que vivía en la torre y, como la casa cruje, creíamos que era su espíritu vagando. Para colmo el fantasma tocaba el piano…, hasta que descubrimos que era un hermano o un primo mayor”.

En el comedor de Casa de Rojas degustamos unos sencillos huevos fritos con jamón y un filete de cierva con arroz en compañía de los tres hermanos Finat: Rafael, Blanca y José María. La conversación salta de la inteligencia artificial a las cestas de Navidad con productos ecológicos que ya han colgado en la página web www.elcastanar.com y, a los postres, José María lanza una reflexión sobre el potencial de los Montes de Toledo: “El campo aquí es una maravilla, y puede ser un destino turístico para el lince enorme. Por eso, no me gustaría que nos lo arrebatara cualquier grupo extranjero tipo Puy du Fou. Hay que involucrar a los pueblos para que nuestro ecosistema sea un medio de desarrollo rural en el futuro”.

Nuestra jornada campera concluye contemplando una espléndida puesta de sol. Volvemos hacia Madrid. De repente, Javier, el fotógrafo, pega un frenazo en mitad del camino. “¿Has visto eso?”. A pesar de su natural fama de animal esquivo, un lince ibérico nos observa desde el otro lado de la valla. “Es Kuna, la gata más vieja”, nos dirá Rafael Finat cuando le enviemos la foto de esta hembra. En la finca de El Castañar, este felino aún amenazado ha encontrado por fin un hogar apacible.

Fotos: Javier Salas

Scroll al inicio