Kerry Kennedy: «El periodismo de investigación es vital para los derechos humanos»

Kerry Kennedy, 60 años, fotografiada en su reciente paso por Madrid. | Fotografía de luis de las alas

A los 9 años Kerry Kennedy supo por las noticias que su padre, Robert Kennedy, había sido asesinado. Hoy preside una fundación con el nombre de él que acaba de abrir sede en España. De joven trabajó en Sevilla, en una ganadería brava.

Aquella mañana de junio, Kerry Kennedy se despertó temprano y encendió la televisión. Tenía 9 años y quería ver dibujos animados. Por el contrario, sintonizó un informativo especial donde hablaban de que alguien había tiroteado a su padre. Su infancia quedó marcada para siempre. En las primeras horas de ese 5 de junio de 1968, Robert Kennedy moría asesinado en las cocinas del hotel Ambassador de Los Ángeles. Acababa de celebrar su victoria como candidato demócrata a la presidencia de EEUU cuando Sirhan Sirhan, un inmigrante palestino, le disparó a quemarropa. Quien había sido fiscal general de EEUU y senador se sumaba al trágico destino de su hermano, el presidente JFK.

 

A sus 42 años, dejaba viuda y 11 hijos. «Lo primero que hice fue volver a mi cama y rezar por mi padre», recuerda Kerry Kennedy (Washington DC, 8 de septiembre de 1959), la séptima de la prole. «Y luego rezarle a Dios para que no mataran a la persona que le había asesinado». Cada hermano afrontó la pérdida a su manera. Kerry, abogada y activista, ha dedicado toda su vida a los derechos humanos. En la actualidad tiene 60 años y es madre de tres hijas veinteañeras, fruto de su matrimonio con el gobernador de Nueva York Andrew Cuomo, de quien se divorció en 2005. Presidenta de la Fundación Robert F. Kennedy Human Rights, creada en 1988 para preservar el legado de Bobby Kennedy, se ha empleado a fondo en asuntos como los derechos del niño, la violencia étnica, la libertad de expresión o la esclavitud sexual. Sin duda, la «determinación moral» que heredó de su progenitor ha sido su mayor acicate, ya sea para denunciar los feminicidios en Ciudad Juárez o pedir justicia para los refugiados rohingya en Myanmar.

Arriba, Kerry Kennedy a la espalda de su padre y junto a su madre en el Cañón del Colorado en 1967.

Cercana, de sonrisa luminosa y discurso firme, nos recibe con motivo de la presentación de la RKF Human Rights España, que preside María Díaz de la Cebosa y cuenta entre sus patronos con Fernando Fitz-James Stuart. Por la tarde asistirá a un cóctel en el Palacio de Liria, con presencia de potenciales donantes para su organización. En nuestro país, la fundación se centrará en sensibilizar y formar en derechos humanos a niños y jóvenes a través del programa Speak Truth to Power (Habla la verdad al poder), basado en su libro homónimo. Católica y amante de las tradiciones, tres días después de esta entrevista estaba en Hayannis Port, tradicional refugio del clan Kennedy, celebrando en familia el Día de Acción de Gracias.

 

PREGUNTA. Tengo entendido que vivió una temporada en España cuando tenía 19 años. ¿Qué recuerda?

RESPUESTA. Pasé un verano a las afueras de Sevilla, trabajando en una empresa dedicada a la cría de toros. Cuando uno de ellos salía bravo, yo tentaba a las madres. Fue una experiencia mágica. Uno de los mejores amigos de mi padre era Manuel Benítez el Cordobés. Una vez, por el cumpleaños de mi madre [Ethel Kennedy], papá organizó una fiesta en el salón. De repente sacó una alfombra gigante, la extendió sobre el suelo y, para sorpresa de los invitados, ¡dentro de ella iba enrollado el Cordobés [risas]!

 

P. Hoy presenta en Madrid la filial española de la Fundación Robert F. Kennedy Human Rights. ¿Por qué ha decidido abrir sede en nuestro país?

R. Nuestra fundación siempre ha estado muy ligada a España, y hace unos años nos planteamos constituir una filial como las que existen en Reino Unido, Suiza, Grecia e Italia. En 2005 montamos una obra de teatro que desde entonces ha girado por varias ciudades españolas. Y María Díaz de la Cebosa ha liderado el proyecto de llevar esta función a las escuelas. También estamos vinculados a través de Speak Truth to Power [STTP], un programa pedagógico basado en uno de mis libros que tiene como objetivo fomentar en niños y jóvenes el respeto por los derechos humanos y la justicia. Hasta ahora hemos formado a 105 profesores, y nuestro mensaje ha llegado a 3.500 alumnos.

P. Tenía 9 años cuando se enteró de la muerte de su padre por televisión. Lo primero que hizo fue rezar por él, pero también pedir a Dios que no mataran a su asesino. ¿No es más lógico sentir rabia que compasión?

R. Tal vez, pero esa fue mi reacción de niña. Pese a haber perdido a mi padre, yo recé para que ninguna familia más sufriera el dolor que yo estaba sufriendo. Obviamente, los niños también tienen inteligencia. Nuestro mundo sería mejor si la gente reaccionara con amor, empatía y compasión.

P. En una foto del álbum familiar de 1967, su padre aparece llevándola a sus espaldas mientras pasean por el Gran Cañón. ¿A pesar de su apretada agenda política encontraba tiempo para disfrutar de sus 11 hijos?

R. Mi padre no separaba la vida laboral de la familiar. De niña, cuando él era fiscal general, pasé muchas horas en su oficina. En casa cenábamos con él, nos bañábamos juntos en la piscina, jugábamos al fútbol… Nunca tuve la sensación de que me faltase su atención, a pesar de que tuve que compartirle con otros siete hermanos y tres hermanas [dos de ellos fallecidos: David, por sobredosis, en 1984 a los 28 años; y Michael en 1997, a los 39, en un accidente de esquí].

P. En 1968 su padre ganó las primarias del Partido Demócrata en California y era favorito para ganar las presidenciales de ese año. ¿Qué expectativas se frustraron con su muerte?

R. Está claro que hubiera puesto fin a la guerra de Vietnam, así que habría salvado muchas vidas, vietnamitas y americanas. También habría acabado con el bombardeo en Camboya. El lema de su campaña era «Paz, justicia y compasión por los que sufren». Eso es lo que debería defender EEUU, una visión muy diferente a la que hemos visto en los últimos años…

Robert y Ethel Kennedy, en 1964, con ocho de sus 11 hijos: de izq. a dcha., Robert Jr., Kathleen, Kerry, Christopher, Joe, Courtney, David y Michael. Faltaban por nacer Max, Douglas y Rory, llegada al mundo seis meses después del asesinato de su padre.

P. Ha dicho que EEUU nunca estuvo tan dividido como en 1968…

R. Mucho más que ahora. Tras la muerte de Martin Luther King hubo revueltas en más de 125 ciudades, literalmente incendiadas. En cinco años asesinaron a muchos de nuestros héroes nacionales. Había divisiones entre negros y blancos, pobres y ricos, jóvenes y mayores. Mi padre centró su campaña en curar esas divisiones.

P. En 2016 declaró: «Si Trump gana las elecciones, será un desastre para EEUU y para todo el mundo». ¿Se han cumplido sus peores pronósticos?

R. En la actualidad, las diferencias económicas han facilitado que algunos líderes fuercen el odio hacia el otro. Esto ha fortalecido al nacionalismo radical, y Trump solo es un ejemplo de esta situación. Tenemos el Brexit en Inglaterra, el populismo en Italia…

P. De sus 11 hermanos, usted es la única que decidió seguir la estela de su padre en materia social.

R. En derechos humanos y justicia social quizá sí. Pero todos hemos seguido su ejemplo de uno u otro modo. Rory [la menor] hace excelentes documentales sobre justicia social, sea para denunciar el muro levantado por EEUU en la frontera con México o las torturas cometidas por militares americanos en la prisión de Abu Ghraib… Y dos de mis hermanos se dedican a la política.

P. En 1981 empieza a trabajar como activista de derechos humanos. ¿Recuerda la primera causa en que se implicó?

R. Sí, durante mi segundo año en la Universidad trabajé en un proyecto en el que se denunciaban los abusos del Gobierno de EEUU contra refugiados de El Salvador. Poco a poco, la situación fue mejorando.

P. ¿Qué le enganchó del activismo?

R. Leí la Declaración Universal de Derechos Humanos y me di cuenta de que a mi alrededor se cometían continuamente violaciones de esos derechos: asesinatos políticos; violencia contra las mujeres como la que me contaba una amiga del colegio que ejercía su padre sobre su madre cuando yo tenía 10 años, violaciones, como la que sufrieron dos de mis amigas en el instituto; rechazo por la orientación sexual, como la que tuvo que soportar un amigo gay que murió de sida… Y entendí que trabajando por los derechos humanos podría reducir esa violencia.

P. Lleva 30 años trabajando en distintos frentes: derechos de los niños, independencia judicial, derechos de los indígenas a la tierra, violencia doméstica, discriminación laboral… ¿Hay razones para el optimismo?

R. Sí. En Latinoamérica, cuando yo empecé a trabajar, todos los países del continente estaban bajo dictaduras militares totalitarias que ya han desaparecido. Lo mismo ha ocurrido con regímenes comunistas de los países del Este que acabaron derrumbándose. O con la desaparición del apartheid en Sudáfrica. Los derechos de las mujeres ni siquiera estaban en la agenda internacional hasta la declaración de Hillary Clinton en la Convención de Beijing, en 1995. Y todos estos cambios no los orquestaron gobiernos, ejércitos o multinacionales, sino pequeños grupos.

P. ¿Por qué es tan importante empoderar a las mujeres?

R. Los derechos humanos son patrimonio de la humanidad, y cuando se le niegan a un grupo se amenazan los derechos de todos. Hay tres objetivos básicos para la próxima década: impartir derechos humanos en las escuelas, impulsar los derechos de las mujeres y formar en inteligencia emocional a las próximas generaciones.

P. Entre sus funciones está la recaudación de fondos. ¿Con qué presupuesto cuenta?

R. En EEUU nuestro presupuesto es de unos 13,5 millones de dólares al año[algo más de 12 millones de euros]. Luego, cada filial tiene una junta directiva y su propio presupuesto[la filial española aspira a recaudar entre 350.000 y 400.000 euros durante su primer año].

P. Acabamos de conocer que el Gobierno chino identificó como «sospechosas» de extremismo a más de 24.400 personas de su minoría musulmana. Alrededor de 700 acabaron en la cárcel sin juicio previo y fueron encerradas al menos un año. ¿Cómo actúan en un caso como este?

R. Mucha gente lee esta noticia y piensa: «Vaya, otro problema», pero a mí me alegra que salga a la luz, porque es el primer paso para resolverlo. Lo más interesante de esta historia es que han sido los funcionarios chinos quienes la han filtrado al New York Times. Por eso el periodismo de investigación es vital para los derechos humanos, y debemos seguir protegiéndolo.

P. Durante 15 años fue presidenta del Consejo de Liderazgo de Amnistía Internacional. ¿Qué entiende por ser un buen líder?

R. Alguien que esté dispuesto a servir, que sepa escuchar a los demás y sea capaz de aprender cuáles son las necesidades de los otros. Una persona que sepa trabajar en equipo, que se divierta haciéndolo y que además tenga buen sentido del humor.

P. Sospecho que usted encaja en este perfil…

R. ¿Sí [risas]?

P. Su libro Speak Truth To Power incluye entrevistas con personajes como el Dalai Lama o la activista por los derechos de la infancia, compatriota suya, Marian Wright Edelman. ¿Un buen líder puede cambiar el mundo?

R. Sí, pero no es necesario cambiar todo el mundo de golpe. Lo importante es ir cambiando lo que podamos para mejorar nuestro país. Hace dos semanas hablé con el activista venezolano Alfredo Romero, que acaba de recibir el Premio Robert F. Kennedy de derechos humanos por su labor en defensa de los presos políticos. Alguien le dijo: «Ayúdanos, tú eres abogado. Yo solo soy un cantante». Y él respondió: «Puedes componer una canción sobre la pérdida de un hijo a manos de una dictadura, por ejemplo». Todo el mundo tiene algún regalo que donar.

P. Es madre de tres hijas [las gemelas Cara Ethel y Mariah Matilda, nacidas en 1995, y Michaela Andrea, nacida en 1997]. ¿Han seguido su activismo?

R. Sí, una de ellas trabaja por los objetivos de desarrollo sostenible, otra es experta en redes sociales y otra colabora con su universidad en violencia contra las mujeres y con niños que han sufrido algún trauma.

P. El clan de los Kennedy era devoto de las actividades atléticas, del tenis a la natación, el esquí acuático o la vela. ¿El trabajo le deja tiempo para practicar deporte?

R. El próximo jueves [la entrevista se realizó el lunes 25 de noviembre] nos reuniremos 65 miembros de la familia en Hyannis Port [en Massachusetts] para celebrar el Día de Acción de Gracias, así que estaré por allí navegando, nadando y jugando al fútbol.

P. ¿Y cocinará el pavo?

R. Personalmente no, ¡lo mío es el desayuno [ríe]!

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