Antonio Banderas: «El ataque al corazón me salvó la vida»

El actor Antonio Banderas, 59 años, vestido de Emidio Tucci, en una sala de El Corte Inglés de Málaga. Es la tercera vez que protagoniza la campaña publicitaria de los grandes almacenes. |Javier Salas

A pesar de llevar implantados tres «stent», Antonio Banderas sigue en mil proyectos. El infarto le salvó la vida y le dejó un poso de tristeza que Almodóvar explota en «Dolor y gloria». Ahora abre un teatro en Málaga y protagoniza un musical.

En el ático que Antonio Banderas estrenó hace dos años en la zona noble de Málaga, con privilegiadas vistas a la ciudad, hay unos versos del poeta Manuel Alcántara grabados en piedra blanca: «A la sombra de una barca / me quiero tumbar un día; / echarme todo a la espalda / y soñar con alegría». En 2017, el actor recitó esta estrofa (del poema Por la mar chica del puerto) durante su discurso de agradecimiento por el premio de honor del Festival de Málaga. «Y esto es lo que yo quiero hacer en mi tierra», remató con la voz entrecortada por la emoción. A sus 59 años, y tras casi cuatro décadas de una exitosa carrera jalonada por más de 100 películas, musicales y obras de teatro, ese anhelo sigue vivo. Regresar, descansar, soñar. Pero lo cierto es que en su agenda no se vislumbran sombras donde echarse a dormir. Y eso que el infarto de miocardio que sufrió en enero de 2017 mientras hacía ejercicio en su casa de Surrey (a las afueras de Londres) hubiera sido la excusa perfecta para adelantar un retiro dorado.

Pese a que lleva implantados tres stent, trabaja estos días a un ritmo frenético. «Pase lo que pase, lo que no quiero es vivir muerto, morirme antes de morirme», comenta en la presentación de la campaña de moda otoño-invierno de El Corte Inglés, que protagoniza por tercera vez consecutiva. «No voy a parar porque no puedo, es mi forma de ser. Yo me encierro en casa y me como las paredes», añade este hombre al borde de un ataque de nervios. Hijo de profesora de instituto y policía, en el fondo sigue siendo aquel joven apasionado que a los 18 años salió de su Málaga natal con 15.000 pesetas en el bolsillo. Bautizado como José Antonio Domínguez Bandera (Málaga, 10 de agosto de 1960), aún no había adoptado su nombre artístico cuando Pedro Almodóvar se cruzó en su camino. Hollywood no tardaría en llamar a su puerta.

El premio al mejor actor que obtuvo en el pasado Festival de Cannes por Dolor y gloria, la octava película que rueda con Almodóvar, donde interpreta a Salvador Mallo (alter ego del director manchego), ha trastocado sus planes. La intensa promoción en EEUU coincide con los ensayos del musical A Chorus Line en el Teatro del Soho CaixaBank de Málaga, cuya inauguración está prevista para mediados de noviembre. «Es el proyecto de mi vida», repite ilusionado Banderas, presidente y principal impulsor del nuevo espacio escénico. Asegura que llegará al estreno prácticamente sin dormir, «pero no me importa, lo que me tenga que echar sobre los hombros, me lo echo. Además, cuento con un equipazo liderado por Lluís Pasqual, el mejor director de teatro de este país», enfatiza quien este año ha encarnado a Picasso en la serie Genius, de National Geographic, e interpretado a un abogado corrupto en The Laundromat. Dinero sucio, sátira de Steven Soderberg sobre el escándalo de los papeles de Panamá, con Meryl Streep y Gary Oldman como compañeros de reparto.

En un vídeo que Banderas colgó recientemente en su cuenta de Instagram (@antoniobanderasoficial, 2,1 millones de seguidores), Streep y Oldman saludan con un «Hello, Málaga» y entonan una melodía de A Chorus Line, entregados a la causa de su amigo español.

Si algo le sobra son buenos contactos en Hollywood. El musical original, creado por Michael Bennet, ha ganado nueve premios Tony desde su estreno en 1975. Protagonizado por un grupo de jóvenes bailarines de Broadway que aspiran a un lugar en la línea del coro, en este montaje él se ha reservado el papel de Zach, el exigente coreógrafo y director del espectáculo. Un hombre autoritario, perfeccionista y adicto al trabajo. «En esto último coincido bastante con mi personaje; yo también soy un poco workaholic», asume el malagueño.

A las exigencias de Almodóvar para el papel de Salvador Mallo -«adelgacé siete kilos, me quería fino»- hay que añadir sus sesiones de abdominales. «¡Por primera vez en mi vida empiezo a ver mi six pack! La verdad es que gano mucho desnudo», bromea mientras se ciñe un elegante traje azul de Emidio Tucci. El viejo Zorro luce una cinturilla de Fred Astaire. En el anuncio de El Corte Inglés («casi me gusta más el making of», sugiere) interpreta al hombre clásico, acompañado por cuatro jóvenes modelos. «He intentado salir vivo con estos tíos de veintipocos años. No veas qué rollazo tiene el negro», comenta en la sala de los grandes almacenes de Málaga donde tiene lugar la entrevista: 20 minutos pactados. De cerca, Banderas es como parece: intenso, cálido y profesional. Un tipo «patológicamente optimista» que lleva grabados en el rostro muchos días de gloria y algunas punzadas de dolor.

PREGUNTA. Camino de los 60 años, ¿no le agota tanta hiperactividad?

RESPUESTA. Estar cansado es mi estado habitual, porque no paro. Y a pesar de ello me siento con energía, en un momento muy dulce. No debería decirlo tanto, porque voy a parecer un pesado, pero desde que tuve el infarto las cosas han cambiado extraordinariamente a mejor. Modifiqué mi actitud y eso atrajo a otras personas a mi vida: llegó Ron Howard con la serie Picasso, Steven Soderberg con The Laundromat, Pedro Almodóvar con Dolor y gloria… El ataque al corazón me salvó la vida. De repente priorizas lo importante: a falta de mis padres, mi hija Stella, mi hermano Javier, la gente que quiero… Y no tanto mi profesión, sino mi vocación como actor. Fue como separar el agua del aceite.

P. Tengo entendido que, tras el infarto, Almodóvar reconoció en usted una aura nueva que le iba bien al personaje.

R. Sí, cuando nos vimos me dijo: «Hay algo muy sutil en ti que ha cambiado a lo largo de este año y no quiero que lo obvies, porque te conozco. Hay una tristeza que es bella, Antonio, y quiero que la muestres». Yo sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo. La noche que me pusieron los cables en el corazón, una enfermera me explicó lo que me iba a ocurrir en los meses siguientes: mi corazón, que es la caja donde se guardan los sentimientos, iba a entrar en un periodo de una gran tristeza. Pedro captó eso y me pidió que lo pusiera en mi personaje.

Para interpretar a Salvador Mallo, haciendo suyos los achaques físicos y pesares del alma de un director de cine en retirada (en el terreno de la autoficción), Banderas tuvo que hacer una cura de humildad. Desprenderse de su ego. «Tras leer el guion llamé a Pedro y le dije: ‘Voy de soldado raso, sin galones, desnudo'». El caso es que su despojada interpretación le ha reportado las mejores críticas de su carrera. «La presencia melancólica de Banderas y su actuación intrincada aportan mayor profundidad e intensidad a los sentimientos», ha reseñado The New York Times.

P. ¿Se aprende más del dolor o de la gloria?

R. Ambas cosas están relacionadas, absolutamente. Y además eso es lo que hace que Dolor y gloria haya conectado con el público, porque todos viajamos por la vida con una maleta llena de miserias y de grandezas. La gente se conecta con eso inmediatamente: con la reconciliación, con la posibilidad de pedir perdón. Todo el mundo tiene alguna herida que no ha terminado de cerrar.

P. ¿Sueña con el Oscar, en caso de que «Dolor y gloria «consiga colarse entre las cinco nominadas a la mejor película extranjera?

R. No pienso en ello. Las expectativas son la madre de todas las frustraciones.

P. ¿A qué placeres ha renunciado desde su percance cardiaco?

R. Bueno, he dejado el café y el tabaco [adiós a sus cigarrillos American Spirit], pero aquellas cosas que antes me parecían un placer, que yo creía que le iban a quitar la sal a mi vida, como dejar de fumar, eran la estupidez más grande. Lo que empecé a ver claro es que el dinero es un proceso mental maquiavélico, una entelequia.

P. Como canta Rosalía, «Dios nos libre del dinero…».

R. Exacto. ¡Adoro a la Rosalía!

El pasado junio, la cantante catalana recibió el primer Premio Antonio Banderas de la Escuela Superior de Artes Escénicas de Málaga, (ESAEM), la principal cantera artística del Teatro del Soho. Sobre el escenario, los alumnos homenajearon a la intérprete con coreografías inspiradas en sus canciones. «Viendo esto, uno cree que hay esperanzas. Queremos más Bertolt Brecht, más teatro, más actores, más bailarines…, queremos más ESAEM», dijo el actor en aquella gala.

P. Para poner en marcha el teatro ha optado por un modelo de financiación privada. ¿Pone dinero de su bolsillo?

R. Sí, todos los años voy a aportar 225.000 euros. No pretendo ganar un duro; al contrario, ya lo estoy perdiendo. Lo único que quiero es tener un lugar donde poder desarrollar una actividad que amo profundamente. En mis comienzos recuerdo que me sentía bastante desamparado. A finales de los 70 iba vestido de romano, con el casco y el plumero, en vespino, para representar el Julio César de Shakespeare en el Teatro Romano de Málaga. Ahora resulta muy gracioso, pero entonces no lo era. Por eso me produce una gran satisfacción poder ver a la gente joven usando este teatro con los medios necesarios. Querría contribuir a que los jóvenes no tengan que irse de Málaga para desarrollar sus carreras como tuve que hacer yo.

P. ¿Le gustaría dejar un legado, en plan mecenas?

R. Este proyecto no deja de ser una ambición, cuidado, y tiene una parte de satisfacción personal muy profunda. No tiene tanto que ver con el altruismo.

P. ¿Cómo se siente en los zapatos de Zach? Es un papel que requiere cierto esfuerzo físico.

R. Me empiezo a sentir bien. A media que van pasando los ensayos creo que voy encontrando el personaje que quiero. Tiene muchas cosas que ver conmigo, como esa pasión insensata y desaforada por el trabajo que le produce muchos problemas después a nivel personal. Sin llegar a esos extremos, yo necesito el trabajo, la actividad, que es lo que en el fondo te alarga la vida… ¿Sabe quiénes son los profesionales que más viven?

P. Ni idea.

R. Los escritores, porque siempre tienen una fuerte actividad mental y encadenan un proyecto tras otro. En el momento que la gente se jubila… ¡cuidado!, porque la guadaña está esperando. Se lo juro, ¿eh? Hay que hacer, hacer, hacer [dice chasqueando los dedos].

P. Lleva casi 30 años invirtiendo en diferentes proyectos, relacionados con moda, la perfumería o las bodegas de vino. ¿Qué tipo de empresario es?

R. Reconozco que he tenido patinazos en mi vida, pero siempre me he levantado. Ese es mi éxito. Como empresario siempre he tratado de entender un mundo que me resultaba absolutamente árido y frío. Pero a medida que me he ido adentrando en él, me he dado cuenta de que las cosas funcionan cuando puedes confiar en grandes profesionales. Entonces puede surgir la creatividad. Y el modelo es Puig, una gran empresa catalana con la que llevo trabajando desde hace 22 años. Jamás en la historia de la perfumería ha habido una relación tan larga entre una celebridad y una casa de perfumes. ¡Ni Elizabeth Taylor duró tanto!

P. Estudió diseño de moda en la Central Saint Martins de Londres y en 2016 lanzó su primera colección bajo la firma Antonio Banderas Design, con Selected Homme. ¿Qué balance hace de aquella aventura?

R. Selected Homme ya no existe, y bajo la enseña Antonio Banderas Design ya solo desarrollo accesorios que comercializa Starlite Shop, como carteras y mochilas. De momento la moda la tengo aparcada por falta de tiempo, aunque sigo ligado a ella como presidente de honor de la Miami Fashion Week, negocio del que adquirí el 15%. En la pasada cumbre sobre sostenibilidad conocí a Javier Goyeneche, fundador de Ecoalf, que está haciendo un trabajo alucinante reciclando las toneladas de plástico que se vierten al mar. Queremos lanzar una colección 100% sostenible y la idea es empezar con una línea de zapatos. No tengo ninguna prisa.

P. He leído que El Corte Inglés [uno de los patrocinadores del Teatro del Soho] también está impulsando la moda sostenible con campañas como el reciclado de ropa vaquera…

R. Es que no hay otro camino.

P. Pero luego hay gente que se ríe de Greta Thunberg, la adolescente sueca que ha despertado a una generación sobre las consecuencias del cambio climático.

R. Yo no me río, pocas bromas con esto. La juventud está saliendo a las calles con razón y hay que escucharles, porque ese es el mundo que ellos van a heredar. Hay que pasar a la acción.

P. Dice usted que Hollywood «ya no es un lugar, es una marca». ¿Cómo explicaría el profundo apego que siente por su tierra?

R. Mi tierra soy yo: mis recuerdos, mis historias, mi gente… Málaga es mi Ítaca, por eso vuelvo después de esta gran aventura que he vivido y sigo viviendo. Para aterrizar de nuevo en casa con las alforjas llenas.

Tropiezos y aciertos empresariales

Desde hace casi 30 años, Antonio Banderas invierte en variados negocios con suerte desigual. Admite ser un «espíritu inquieto». De la mano de Puig, en 1997 lanzó su primera fragancia, Diavolo, que «supone el 7% de las ventas». En 2001 puso en marcha los restaurantes La Posada de Antonio, pero el negocio entró en pérdidas. Un año después, junto a la SGAE y el empresario teatral Luis Ramírez, ya fallecido, intentó construir un gran espacio escénico en la estación Príncipe Pío de Madrid. El sueño nunca llegó realizarse y perdió un millón de euros. En 2003 fundó Green Moon, la productora que lanzó su primera película como director, «El camino de los ingleses». En 2009 compró el 50% de Bodegas Anta (Ribera del Duero) y le añadió su apellido. Tras entrar en concurso de acreedores, en marzo fue adquirida por bodegas CVNE (Rioja). En 2016 lanzó su primera colección de moda, Antonio Banderas Design, que ya solo vende accesorios y da nombre al barco de vela de su hermano Javier, vencedor de la Copa del Rey dos veces. Imagen de El Corte Inglés, Opticalia y Viceroy, sus negocios en la moda se centran en la Miami Fashion Week (compró el 15%). Desde 2017 es socio principal de Vibuk, una red social para poner en contacto a actores, productores y directores. Y junto a su hermano mayor participa en una empresa de compraventa y alquiler de aeronaves. En los últimos años decidió apostar por el ladrillo. A través de la sociedad Glassmore Investment gestiona sus adquisiciones inmobiliarias. Es también copropietario del restaurante El Pimpi de Málaga. Además, organiza la gala benéfica Starlite de Marbella, cuya recaudación (unos dos millones de euros en la última década) se destina a distintas ONG.

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