Naturaleza y arquitectura se funden en los paisajes creados por Fernando Caruncho. Junto a su hijo Pedro, en su estudio madrileño, este jardinero a quien no le termina de gustar la denominación ‘paisajista’ reconoce que vive desde niño en busca de la belleza. Sus proyectos, en los que son claves la luz y la paciencia, demuestran que la ha encontrado.
Todo en la vida es belleza, disciplina y trabajo. Esta frase ha guiado como un faro a Fernando Caruncho (Madrid, 6 de septiembre de 1957), el paisajista español más internacional. La iluminadora reflexión forma parte de un antiguo poema que su madre –Sofía Torga, por entonces directora de moda de la revista Telva– escribió durante un viaje a Nueva York, y que él encontró de joven entre las hojas de Platero y yo, el libro de su admirado Juan Ramón Jiménez. “Fui entonces consciente de que mi destino era perseguir la huidiza belleza. La belleza entendida como amoroso descubrimiento y esplendor”, confiesa en su estudio-vergel de Ciudalcampo, una urbanización a las afueras de Madrid. No en balde, su estilo está basado en “la búsqueda de la belleza a través de la naturaleza, la geometría y la luz”, según aprendió de los grandes filósofos griegos.

Hombre sensible, cultivado y paciente, este pionero del paisajismo en España es autor de algunos de los jardines más bellos del mundo, unos 200 en total, la mayoría privados: desde Casa del Agua del Peloponeso (Grecia) a L’Amastuola (diseñado sobre unos viñedos de Puglia, Italia), pasando por Mas de les Voltes (Girona) o los Jardines de Pereda (Santander). En todos ellos se observa la fidelidad a las especies autóctonas, las monocromías en verde, la ausencia de flores y el uso de las formas geométricas. Cada año recibe alrededor de 25 propuestas, “pero solo realizamos cuatro o cinco jardines, y no es porque hagamos una criba”, precisa, “sino porque entendemos que algunas personas no van a estar dispuestas al desafío que nosotros les proponemos”.

Para empezar, cada uno de sus proyectos puede prolongarse varios años, y no todo el mundo acepta esos plazos. “La espera en sí es una actitud en la vida”, reflexiona en presencia de su hijo Pedro, arquitecto de formación y su más estrecho colaborador.

Maestro y discípulo coinciden en que encargar un jardín no es un capricho, como puede serlo comprar una obra de arte en una subasta Sotheby’s. “Es una experiencia vital que te compromete, porque es un acto de amor no solo por el hecho de hacerlo, sino por la continuidad que ese jardín necesita tener. Te implica absolutamente, él te necesita pero tú a él también, forma ya parte de tu experiencia de vida”. Al jardín de su estudio se accede por una puerta discreta.

Deliberadamente estrecha, ni siquiera tiene número, “lo que requiere de un recogimiento y un cambio de actitud mental que te inducen a dejar atrás todas aquellas emociones con las que venías y te obligan a entrar en una nueva percepción”, comenta nuestro anfitrión mientras avanzamos por un camino de cantos rodados. En la explanada de la entrada, rodeando a una fuente, se dibujan varios círculos concéntricos de grava. “Son el reflejo de la bóveda celeste”, indica mirando al cielo este hombre de fe, que se define como “más cristiano que católico”.
Al fondo se alzan tres cubos blancos de mortero de cal, el estudio propiamente dicho. Flanqueando las construcciones, un armonioso conjunto de laureles, lentiscos, bojs, Myrsine africanas, castaños y madroños plantados hace 20 años, además de la majestuosa encina que preexistía en esta parcela. Estamos a finales de otoño y, a primera vista, el color brilla por su ausencia.
O eso creemos, pues “al jardín hay que saber mirarlo. Te tiene que sorprender, provocar, obligar a una búsqueda, a una emoción nueva”. Una escalera de piedra conduce al “jardín de arriba”, desde donde se divisa a lo lejos la sierra de Madrid. El objetivo último de todo proyecto, afirma Caruncho, es “capturar la luz, unirla con el paisaje”.
En este segundo nivel del jardín hay otro edificio en forma de cubo al que llaman el pensadero, cuya fachada está recubierta de parra virgen. Es un espacio diáfano apoyado sobre cuatro grandes columnas y provisto de un lucernario que alberga la sala de maquetas. Las estanterías están repletas de libros de jardinería, filosofía y poesía.
Y sobre un banco de obra descansan varios faroles de cobre realizados a mano en su taller, a las afueras de Madrid. Forman parte de su colección Gardens of Light, creada ante la necesidad de iluminar los jardines de forma discreta y atemporal.

De padre coruñés y madre sevillana, aunque nacido en Madrid, Fernando Caruncho –el cuarto de cinco hermanos– creció en un ambiente donde la sensibilidad y la cultura siempre estuvieron presentes. Sin antecedentes familiares en el mundo del paisajismo, él pudo disfrutar de una infancia muy ligada a la naturaleza. “Mi abuelo materno, perfumista de profesión, vivía en Ronda rodeado de un jardín y nos llevaba de paseo por la Alameda. Cuando un chiquillo se asoma a ese balcón frente al Tajo, de 140 metros de profundidad, es como si se asomara al cosmos: campos amarillos, montañas azules al fondo, campos de trigo, olivo y viñedos… En presencia de este paisaje Rilke inspiró el comienzo de sus Elegías. Además, en verano nos bañábamos en una alberca que estaba a cuatro horas del cortijo; pasábamos horas y horas montando a caballo, entre olivares y un calor asfixiante. Todas esas vivencias, como es normal, me han influido muchísimo”, rememora.
En casa de sus abuelos hablar de pintores como Vázquez Díaz, Álvarez de Sotomayor o Pedro Bueno era frecuente, ya que eran íntimos amigos suyos. “Aquella casa era un hervidero”, apunta. Por otro lado, su tío Luis Caruncho Amat, reconocido pintor, escultor y grabador, le inculcó el gusto por la música: “A los 6 años escuché por primera vez la Pastoral (Sinfonía nº 6) de Beethoven; fue realmente una revelación: la música era capaz de expresar la naturaleza y transmitir esa emoción”. Muy crítico con el sistema educativo actual, le preocupa la incapacidad de esta sociedad para transmitir valores a los jóvenes, ya que solo a través de la experiencia directa con el otro pueden estos llegar de un corazón al otro. “En el mundo griego un adolescente de 14 años ya estaba al cargo de un tutor; esa relación del hombre maduro con el joven se ha perdido. Si no hay transmisión no hay memoria, y sin memoria no podrán existir los fundamentos para la cultura”.

PREGUNTA. Usted llegó a la jardinería a través de la filosofía…
RESPUESTA. Elegí Filosofía y Letras porque me aseguraba la emoción de la lectura. Todo el mundo griego para mí ha sido fundamental, el motivo principal por el que yo me hice jardinero, no solo porque me gustaran las plantas. En un seminario sobre La tragedia de Eurípides aprendí que en el mundo de la antigua Grecia el hombre estaba involucrado con la naturaleza y es parte del cosmos. Este descubrimiento fue fundamental. Confluyeron los recuerdos de mi infancia en Ronda con el descubrimiento intelectual del jardín. Todo quedó transformado desde ese momento, ya nada sería igual para mí.
Sobre una de las chimeneas del pensadero destaca un cuadro de su proyecto de fin de curso, un jardín inspirado en un cuadro de Chagall. Le suspendieron. “Me proponían una realidad y yo entregué un sueño”. Pese a todo, no se desanimó: “Necesitaba comprobar que yo valía para esto”.
Con 21 años hizo su primer jardín, un encargo de su tío Pedro para su casa de Aravaca, diseñada por Richard Neutra. Talento precoz, dos años después su trabajo fue publicado en la edición francesa de la revista Vogue Decoración.
P. ¿Cuál es su idea de jardín?
R. Un lugar de transformación al lado de la naturaleza donde el ser humano puede renacer y donde la esperanza vuelve a estar presente. El lugar donde encontrarse a uno mismo. El jardín es el lugar, el templo donde el mundo de las ideas toma realidad, se hacen presentes, se corporeizan con el concurso de la mente del hombre y a través de los elementos de la naturaleza, estableciendo cada vez un orden nuevo y cambiante que está entre el ser y el no ser de las cosas, entre lo finito concreto y la eternidad. El no ser de las cosas (el caos, la irracionalidad, el abandono, la desilusión) está entreverado con el ser de las cosas (la belleza, el orden, el entusiasmo).
P. ¿Y es en el jardín donde se explicita esta batalla de la que habla?
R. En efecto, por eso nos sentimos en su devenir totalmente identificados con él. Por la gracia del amor, fuerza creadora del mundo, palabra anterior al ser y al no ser de las cosas, el jardín existe entre la fragilidad del mundo. El jardín es el faro en el templo entre el oleaje del no ser de las cosas. Toda obra de arte es una reflexión sobre la realidad, una manera de tratar de apresarla. Pero cuando te das cuenta estás abrazando a una escultura de piedra o bronce, o adorando a una imagen constituida por una finísima capa de pigmento. Podría asimilarse a la música, algo vivo que ocurre en el momento. Pero en el jardín esa obra de arte trasciende a algo mucho más importante, trasciende a la vida. En cada uno de sus elementos pulsa el milagro irrepetible de vivir, y por eso el jardín siempre estuvo considerado en el mundo antiguo la gran ópera, aquella que une lo del cielo con la tierra y al hombre con los ideales sagrados de la vida.
P. ¿Por qué prefiere que le llamen jardinero en vez de paisajista?
R. La palabra jardinero es una palabra muy antigua, mientras que el término paisajista o landscape architect me parece grandilocuente. Además, nosotros trabajamos a una escala muy pequeña: el jardín más grande que he hecho tiene una extensión de 200 hectáreas, un proyecto en Marrakech con la cordillera del Atlas como telón de fondo. Hay que tener un poco más de humildad. La etimología lo dice todo (de humus, tierra), y de ahí sus derivadas: humanidad y humildad. Nada puede existir en el jardín sin esa sagrada humildad.
P. Frente a su estilo sobrio y atemporal, últimamente se tiende a los jardines en movimiento, más florales, cambiantes y efímeros, una corriente que abanderan paisajistas como Tom Stuart-Smith y Peter Wirtz. ¿Se considera un jardinero a contracorriente?
R. Trato de poner mi intuición al servicio del espíritu del lugar. No soy impositivo, aunque pueda parecerlo, porque mis jardines son geométricos, estructurados, estables y están compuestos por pocos elementos. ¿Por qué? Primero pienso que en la simplicidad está la belleza, y segundo por- que sé que esa construcción artística que es el jardín es también frágil y vulnerable, y hay que trabajar con el mínimo de elementos posibles sabiendo así que son capaces de atravesar las vicisitudes del tiempo para que ese jardín permanezca. Esa es realmente mi obsesión.
P. Llama la atención su austeridad con las flores.
R. Sí, soy austero porque considero que la flor es el elemento más expresivo del jardín y por eso mismo le concedo el lugar de preferencia. No hay mayor esplendor que la rosa, el jazmín, el azahar o el perfume del Osmanthus o el Makassar. Solo su perfume te traslada a una antigua memoria de paraísos perdidos.
P. Le han presentado como un jardinero que dialoga con el tiempo y el color, pero este apenas se percibe.
R. Si hay algo que pretendo en cada proyecto es que haya una armonía entre todos los elementos que lo componen, incluida, lógicamente, la arquitectura. Hay que encontrar el punto de equilibrio entre un ciprés y el blanco de una fachada, entre una masa de arbustos y la grava rastrillada que está a su pie, entre el cielo y el resto de los componentes del jardín, porque es la bóveda del cielo y su luz lo que da escala al proyecto. El jardín tiene que tener en cuenta el contexto. La luz y el color en toda el área mediterránea son siempre muy fuertes y saber controlar ambos es fundamental para dar a su conjunto una buena vibración de luz. Lo que llamaríamos el equilibrio.
P. ¿Dónde radica la importancia de la luz?
R. Es el reactivo, intelectual y mental, que pone de acuerdo la proporción entre elementos minerales, vegetales y el agua. Si la luz no los pone en relación, si entre ellos no se genera ese juego de equilibrios, toda la composición se queda en nada. Un jardín puede tener todos sus componentes propios. Pero si no está guiado, si su objetivo no es conseguir esa vibración lumínica, el jardín no termina de ser, y al contrario, unos pequeños argumentos en un jardín se convierten en una inagotable fuente de vida. La luz hace que la belleza vuelva a ser posible.
P. Los griegos le descubrieron el lenguaje de la geometría como un camino de conocimiento, pero tardó años en descifrar el círculo.
R. El camino de la geometría es un largo camino de conocimiento que hasta hoy me ha llevado 44 años de recorrido. La geometría es un lenguaje intelectual pero también espiritual, un estado de conciencia que conviene no banalizar, y utilizarla solo como expresión del espíritu del lugar. Si no es así, solo se hacen espacios falsos. Si no se utiliza con honestidad, puede volverse en tu contra.
P. ¿Cuál es su jardín soñado?
R. El que la realidad me propone cada día. Como decía Jorge Guillén, toda realidad propone un sueño. Pero puestos a soñar, me hubiera encantado trabajar con el jardinero que soñó la Alhambra; el jardín como opera magna de la Historia del Hombre, la unión perfecta entre naturaleza, paisaje y Humanidad.
P. ¿Cómo ha evolucionado su estilo propio con el paso del tiempo?
R. La edad lo que te da es mucha libertad y capacidad de riesgo. Cada vez me arriesgo más, y eso me interesa mucho: trasciendo visiones de espacio donde antes no me atrevía a ir más allá. Con los años te das cuenta de que hay jardines en prosa, en verso, racionalistas, románticos… Pero sobre todo hay jardines que quieren contar una historia, la historia de la relación del hombre y los dioses. También lo podrías ver como una narración de Las mil y una noches. Sheerezade le cuenta al sultán una historia para que este al final pueda encontrar el sueño, la paz interior que necesita, y así comprender una noche más que el mundo se hace presente entre la luz y la oscuridad, el dolor y la felicidad, es un milagro, una pura maravilla.
Del proyecto al jardín, el proceso es un ejercicio de paciencia y amor por la naturaleza y sus tiempos. Primero surge la idea, que se plasma mediante bocetos en papel, luego se realizan maquetas de madera y otros materiales y solo después se llevan al terreno.
Entre los últimos proyectos de Fernando Caruncho están un penthouse en Nueva York, ya concluido, y los jardines para el Instituto Ellison (EITM), un centro para investigación sobre el cáncer que construirá Norman Foster en Oxford. “El jardín es terapéutico. Y ese lado terapéutico es una de las cosas que se ha olvidado en nuestra cultura occidental”, reflexiona este jardinero trascendente, para quien su mayor éxito profesional es “que mi hijo Pedro y yo trabajemos juntos y continúe este largo e increíble peregrinaje. Son ya siete maravillosos años”.
Tanto Pedro como su hermano Fernando se criaron en el mundo del jardín de casa y han recibido la transfusión de ideas del jardín desde su más tierna infancia. Es verdad que el discípulo aprende de la experiencia del maestro. Pero es verdad también que el maestro aprende de las intuiciones y reflexiones del joven y brillante jardinero que es su hijo. “Esta relación genera un estado de conexión permanente y es como una red que se va extendiendo no solo por la mente sino también por el espíritu, y genera una escala de valores y emociones que son el fundamento, junto a la infancia, de una patria común”.
Para finalizar la entrevista, le preguntamos por su idea de la felicidad. Esta es su respuesta: “Tiene que ver con el contentamiento, con reconocer la magia de la vida en cada día, en cada pequeño detalle; en lo más insignificante hay una manifestación de la belleza”.
Aficionado a montar a caballo, él la puede encontrar jugando con sus nietos, releyendo La vida retirada de Fray Luis de León o escuchando las Variaciones Goldberg de Bach. Teniendo siempre presente que «todo en la vida es belleza, disciplina y trabajo”.
Fotos: Javier Salas y cortesía de Fernando Caruncho.