Candela Cort: el arte de la ligereza

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Sus reconocibles sombreros, livianos pero rotundos, han brillado en bodas de la realeza -50 invitadas eligieron sus modelos para el enlace de los reyes de España-, han desfilado en las carreras de Ascot y en las pasarelas de Nueva York, se han expuesto en el Museo del Traje, el Museo Balenciaga o el Reina Sofía, e incluso han formado parte del vestuario de una ópera de Bob Wilson

Y, a pesar de ello, cuando se le pregunta si la sombrerería es alta artesanía, Candela Cort (Madrid, 1959) se encoge de hombros. “¿Sabes qué pasa? Es que yo no soy sombrerera. Me considero una artista transversal que, además de sombreros, hace broches, ornamentos, collage… Soy autodidacta y toco muchos palos”, aclara esta artesana/artista, habilidosa con las manos desde niña.

Frente a la sombrerería tradicional, donde se trabaja con hormas, aprestos y colas que dan rigidez a los sombreros de fieltro, cerrados y estructurados, ella usa patrones de costurera y se sirve de materiales blandos y transparentes. “Mis sombreros son dúctiles, ligeritos, no aprietan”. A veces parece que están a punto de echar el vuelo.

Nuestra cita tiene lugar en su luminoso estudio de Aravaca, un barrio residencial de Madrid. Es un piso bajo con vistas a una amplia terraza. Alta y delgada, recibe relajada y estiradísima tras su sesión de pilates. El taller tiene trazas de pequeño museo: más de un centenar de piezas de distintas épocas descansan en estanterías móviles o cuelgan del techo. “Este espacio es muy yo”, afirma. Su mesa de trabajo está repleta de materiales humildes y perecederos, en absoluto nobles. “Yo no trabajo con materiales excelentes, como la seda natural o la pura lana virgen. A mí me encanta elevar un trozo de mimbre o una media de mujer a algo más bello y sublime, aunque no tenga valor”, declara Cort, Premio Círculo Fortuny al Mejor Artesano de Vanguardia 2025.

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Casualmente, la noticia se la comunicaron por teléfono el día del “Gran Apagón”, un 25 de abril alrededor del mediodía. “La llamada se entrecortó y fue la última que recibí”, recuerda entre risas. El premio le llegó al alma: “Lo recibí con mucha ilusión y alegría. Ha sido un espaldarazo a mi carrera y un impulso para seguir”.

Materiales dúctiles low cost

Lleva más de cuatro décadas en el oficio y, desde sus comienzos, sigue utilizando el mismo lenguaje, “siempre a la búsqueda de nuevos materiales, ya sean radiografías, palillos de abanico o varillas de mimbre”. La inspiración procede de esa materia prima low cost y de su ductilidad: “Uno se presta a coser, otro a doblar, otro a ensamblar… Yo soy un vehículo de esos materiales, ellos son mi mayor inspiración. Siempre busco que sean moldeables, para que quien lleve el sombrero o el tocado pueda adaptarlo a su gusto”.

Como apunta la periodista Anatxu Zabalbeascoa en el libro que resume su trayectoria, editado por La Fábrica, sus creaciones son “insignificantes desde el punto de vista material -¿cuánto cuesta el alambre que transforma una tela?-, pero tienen la capacidad de transformar”.

¿Es Candela Cort tan flexible como las piezas que diseña? “Sí, creo que soy una persona tolerante. No soy radical en mis opiniones, huyo de las normas estrictas y tiendo a empatizar con todo el mundo. Me gusta más escuchar que hablar”, argumenta esta mujer “supertímida”, pero segura de sí misma cuando pisa el estudio.

Educada en el seno de una familia acomodada de Madrid, su abuela y su madre fueron sus mayores admiradoras. Ambas eran mujeres inquietas, viajeras y modernas para la época. “A las dos les atraía la moda y el arte contemporáneo. Mi abuela compró una escultura de Fernand Léger sin saber quién era, solo porque le gustaba, y recuerdo que mi madre me llevaba a comprar al taller de Francisco Leiro en Cambados”. Además del charme, ellas le contagiaron la ligereza como una forma de manejarse por la vida.

Su madre se llamaba Concha Lantero. Combinaba trajes de Miyake, Max Mara y Balenciaga con simples trapillos, hacía yoga, era vegetariana… y lloraba cada vez que su hija hacía un broche que le gustaba. “Cuando murió, hace veintitantos años, dejó una cajita fuerte donde guardaba obras mías de mis comienzos, como un broche hecho con una castaña pilonga y un hilito plateado. Ella se lo ponía todo y lo regalaba a sus amigas”, cuenta emocionada Candela, que empezó haciendo pulseras, collares y horquillas casi por instinto. Sus primeros materiales fueron palos y conchas que recogía en la playa de Galicia. En su casa había costurera, pero de niña se recuerda haciendo sencillos vestidos con una Singer a pedal. Siempre fue curiosa y decidida.

Iba para pedagoga, pero acabó estudiando Bellas Artes casi por azar y se especializó en fotografía. Muchos rollos de película acabaron transformados en tocados. Segunda de cinco hermanos, heredó el sótano que su hermano mayor forró de corcho para escuchar música. “Ahí empecé a clavar mis primeras fotos y luego mis collares”.

Tocados realizados con medias de mujer

Su primer sombrero surgió por casualidad. “Introduje un alambre en una media de señora y se quedó atrapado formando un círculo rígido, pero flexible. Empecé a moverlo, a ponerlo de visera por delante y por detrás… Y a partir de ahí desarrollé otras formas. Muchas medias mías han ido a bodas reales”, dice a modo de reivindicación punki. Tras las medias llegaron los papeles de arroz, el papel japonés, las redes de pesca…

Llevaba años vendiendo sombreros, pero seguía sintiéndose una intrusa. Para quitarse esa espina, decidió hacer un curso de sombrerería tradicional en la London School of Fashion. “Estaba embarazada de Manuela y me dije: ahora o nunca”. Al acabar, le enseñó sus piezas a la directora y ésta alucinó: “¿Pero qué haces aquí si tenías que estar enseñando?”. Tímida pero osada, viajó a París con más de cien sombreros y allí jugaron con ellos Miyake, Jean-Paul Gaultier y Claude Montana.

A lo largo de su carrera ha participado en exposiciones junto al pintor Eduardo Arroyo, la diseñadora de moda Elena Benarroch o el diseñador industrial Álvaro Catalán de Ocón. “Me encanta colaborar con otros artistas”. Su mayor reto fue un encargo para la ópera O corvo branco, de Bob Wilson, con música de Philip Glass. “Era un sombrero de cuerpo entero con forma de monstruo marino. Lo hice en tiempo récord con un trozo de moqueta sucia que vi tirada en el teatro. Wilson se quedó flipado”.

Le pregunto si le gustaría recibir un encargo de la reina Letizia. “Pues no especialmente, pero se lo haría encantada. Puestos a elegir, me divertiría más hacérselo a Camila Parker o a Máxima Zorreguieta”, responde quien entiende la excelencia como “una aspiración, una actitud de superación, de hacer las cosas mejor”. Esa excelencia se aprecia también en sus retratos “re-tocados”, obras de Durero, Piero della Francesca o Juan de Flandes a las que superpone un sombrero. A La dama del armiño de Leonardo da Vinci, su pieza favorita, le añadió un tocado de plumas, un tul y un broche.

¿Nunca ha hecho sombreros de caballero? “No, empecé a hacerlos para mí por puro narcisismo, porque me sentaban bien. Yo soy mi mejor modelo; mi horma es mi cabeza”, razona.

Entre sus próximos proyectos figuran una colaboración con el Madrid Design Festival y una exposición en Pekín y Shanghái patrocinada por el Instituto Cervantes. “Me ilusiona crear piezas nuevas, quiero probar a hacer algunas en 3D”, dice. Y se despide con una performance: frente a su espejo de tres caras, se coloca un sombrero de veinte formas distintas. Sombreros que vuelan y alteran el pensamiento.

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FORMAS Y VOLÚMENES INÉDITOS

Siempre a la búsqueda de combinaciones en apariencia imposibles, Candela Cort se atreve, como en este tocado, a unir tejido de crin con alambre bordado y pétalos de porcelana.

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