Objetivo salvar vidas

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Esteban Hernando entrevista invitado

Devoto de la tecnología, Esteban Hernando ha hecho de la innovación su modo de vida. Una pérdida familiar llevó a este antiguo hacker a fundar empresas en campos tan diversos como la transformación digital, la comunicación, la IA y la sanidad. Hoy, al frente de Verlife, impulsa una red de desfibriladores móviles que puede salvar miles de vidas.

La muerte de su padre como consecuencia de un paro cardíaco a los 54 años marcó un antes y un después en la vida de Esteban Hernando. “El infarto ocurrió en nuestra casa y fue muy dramático. Mi hermano y yo intentamos reanimarlo, después llegó la ambulancia y solo pudieron certificar su muerte. Yo tuve que cerrarle los ojos”, recuerda este empresario madrileño (Fuenlabrada, 8 de mayo de 1977), que se presenta en Linkedin como “emprendedor, tozudo, dinámico, comprometido…, y gordito”. Tenía 20 años, y a raíz de aquella desgracia perdió la fe en Dios que le habían inculcado en casa. No obstante, ganó una convicción inamovible: si la tecnología se usa bien, puede salvar vidas y hacer el mundo más justo.

Chips NVIDIA
La granja de inteligencia virtual se apoya en chips NVIDIA, capaces de asumir el enorme volumen de cálculo que exige la inteligencia artificial.

Veinticinco años después, esa certeza ha devenido en método. Hernando ha construido un ecosistema propio donde la infraestructura tecnológica, los medios de comunicación y la automatización con inteligencia artificial confluyen en una iniciativa de impacto sanitario llamada Verlife. El objetivo de esta plataforma de lifesharing es que un desfibrilador llegue antes de cinco minutos a cualquier parada cardíaca. “En un país con decenas de miles de paros extrahospitalarios al año, este margen de tiempo es la frontera entre una tragedia y una segunda oportunidad”, asegura.

Hijo de panadero y trabajadora del hogar, en el colegio le llamaban MacGyver por su ingenio para arreglar aparatos. A los 13 años creó su primer virus informático. “Mis dos hermanos y yo teníamos inteligencias raras. Éramos los típicos frikis de la clase”, recuerda quien pasó una temporada en “el lado oscuro” de la ciberseguridad —“hace 30 años era todo muy poroso”, admite— y acabó canalizando esa curiosidad hacia proyectos más acordes con su vocación. Estudió Magisterio en la Universidad La Salle, aunque aclara que hubiera preferido estudiar Telecomunicaciones. Casi por casualidad, se convirtió en el responsable de mantenimiento informático del centro. “Yo pagaba 100.000 pesetas por estudiar y ellos me pagaban 300.000 pesetas por atenderles la informática”.

Era más listo que el hambre. De adolescente, reparaba las teles y vídeos del barrio y montaba el sonido y la iluminación de las discotecas del municipio. “Entraba gratis y me invitaban a cocacola”, recuerda divertido.

La mezcla de capacidad técnica y vocación de servicio es una constante de su biografía. Tras perder a su padre redirigió su brújula particular. Sin padrinos y con solo 20 años, en 1998 fundó junto a sus hermanos la empresa de electrónica Edetronik S.A., que acabó especializándose en transformación digital para empresas, ciberseguridad y realidad virtual. Fue su primer gran laboratorio.

Homologaron una antena que vendieron a Telefónica, desplegaron cientos de redes wifi municipales cuando España todavía aprendía a pronunciar “banda ancha” y hasta montaron radioenlaces en campanarios de pueblos perdidos. Poco a poco empezaron a contratarlos clientes de peso como LaLiga, Hasbro, Disney o el Real Madrid, lo que cimentó la reputación de los hermanos Hernando —Esteban, Diego, Cres y Ana— como solucionadores. Esteban describe el núcleo familiar como una colmena: “Mi fuerza no reside en mi inteligencia, sino que se distribuye entre las altas capacidades de los cuatro. El resultado es mucho más poderoso que la simple suma”.

Ese espíritu colectivo —arriesgar, construir y aprender con otros— será el hilo conductor del resto de sus aventuras. Cuando Telefónica fue sustituyendo radioenlaces por fibra óptica en muchos municipios, una parte del negocio de Esteban dejó de tener sentido. Lejos de lamentarse, halló una oportunidad: lanzar un periódico gratuito que conectara el papel con lo digital sin pedir permiso a las grandes plataformas, usando las propias redes que ya había labrado en su época de Telefónica.

Así, en 2014 nació Soy de Fuenla y poco después, con la expansión a decenas de municipios, Soy de Madrid. A la edición impresa le añadió un gesto mínimo y decisivo: titulares muy breves y un código QR que llevaba a los lectores a una zona digital propia, un entorno profundamente privado que no depende del sistema de métricas de Google ni de las lógicas publicitarias de Meta. “La idea es tan simple como radical: reconectar el circuito entre medio de difusión y lector sin depender de terceros”.

Con el tiempo, esa filosofía se ha convertido en un entorno digital que incluye base de datos de lectores, contenidos OTT, televisión digital por internet y una inteligencia artificial desarrollada internamente que segmenta y envía información por WhatsApp, Telegram, SMS o papel a audiencias hiperfocales. Según datos de la empresa, Soyde distribuye su papel a más de 50 municipios de la Comunidad de Madrid y ha llegado a rozar tiradas masivas de un millón de ejemplares con algunas portadas de gran impacto, aunque este medio no está auditado por la OJD ni existe cifra pública de tirada.

Tras la puesta en marcha de Soy de Navarra y Televisión Digital de Navarra, continuarán con Cantabria y Asturias, con el objetivo de cubrir todas las comunidades bajo el paraguas de Televisión Digital Española y Soy de España.

De manera paralela, los estudios de realidad virtual que los Hernando han desplegado en su sede de Fuenlabrada permiten producir informativos y entrevistas con equipos mínimos y mantener un ritmo de hasta 2.500 noticias mensuales en Madrid, de las cuales más de la mitad son propias: crónicas, reportajes, entrevistas y opinión. “Esto no es una guerra contra las plataformas: es una apuesta por la soberanía de la atención”, enfatiza. De paso, multiplican exponencialmente la audiencia general.

De un periódico gratuito a una granja de IA

El CEO de Edetronik nos cita en la sede de su empresa matriz. En una repisa de la recepción descansa su primer ordenador: un Amstrad PC color beige que empezó a usar a mediados de los años 80. Al final del pasillo están los estudios de Soy de Madrid. Y en una sala azulada que parece sacada de Matrix se encuentra su centro de proceso de datos: bastidores brillantes, ventilación controlada y decenas de GPU de alto rendimiento para entrenar modelos. Allí, Hernando experimenta con inteligencia artificial generativa y aplicada que sostiene tanto su actividad de medios como sus proyectos de automatización para otras empresas.

Entre sus ídolos tecnológicos está Jensen Huang, CEO de NVIDIA, por haber convertido su invento en la palanca de la computación moderna, y Satoshi Nakamoto, creador del bitcoin, por “hackear la codicia humana”. Su curiosidad se alimenta de viajes como el que realizó a China para visitar la fábrica de automóviles BYD o la sede central de Huawei en Shenzhen. En ellos vislumbra un futuro marcado por “la abolición del trabajo y el renacer de la vocación”.

Con la llegada de la pandemia, volvió a sacar su lado más pragmático. En 2020 fundó Productos Sanitarios Europeos, con una capacidad de producción de 16 millones de mascarillas al mes, aunque hoy esta producción está parada.

Edetronik. Pablo Hernando
José Brujó, CEO de Verlife, conversa con Hernando en la sala de IA de Edetronik, el núcleo del grupo empresarial.

El detonante para crear Verlife S.A. en 2018 y la Fundación Llevamos Vida fue la lectura, años después de perder a su padre, de una noticia que lo removió por dentro. Se trataba de una mujer que había muerto por paro cardíaco en plena calle. “A solo diez metros, bajando las escaleras, había un desfibrilador, pero nadie hizo nada”, lamenta. “No basta con que existan desfibriladores; deben ser accesibles, utilizables, operativos en el minuto crítico y, por supuesto, debe haber un héroe que sepa usarlo”, minuto crítico y, por supuesto, debe haber un héroe que sepa usarlo”, enfatiza Hernando en presencia de su socio José Brujó, un respetado asesor financiero que en la actualidad ejerce como CEO y director general de Verlife. Donde Esteban empuja, José encuadra. Él es la cabeza fría que aporta gobernanza, métricas y lenguaje inversor a una iniciativa de fuerte impulso social. “Vi el amor en su alma”, recuerda Hernando. A los 50, Brujó fue padre de su cuarto hijo, Pío, un niño con síndrome de Down que le enseñó a valorar lo esencial: la vida. Tras superar graves problemas médicos, Pío salió adelante gracias a la cardiología y a la tenacidad de sus progenitores.

Un glovo en el corazón

Con una brillante trayectoria internacional como vicepresidente en Credit Suisse y Merrill Lynch, Brujó explica así el funcionamiento de Verlife: “Una red nacional de desfibriladores móviles apoyada por conductores voluntarios –taxistas, VTC y otros– formados en RCP (reanimación cardiopulmonar) y uso de DEA (desfibrilador externo automático). Una app con botón de emergencia conecta con un call center que valida el aviso, geoposiciona al vehículo más cercano y coordina la respuesta con los servicios de emergencia”. Esta especie de Glovo del corazón, que se apoya en la figura de los street heroes (héroes callejeros), podría salvar 7.000 vidas al año y reducir las secuelas de los afectados, con lo que supone de ahorro sanitario. ¿Hay algo que debe llegar más rápido que salvar una vida? ¿De quién es responsabilidad? La respuesta es muy sencilla, “de todos y cada uno de nosotros, de ti también”. Según Hernando, “Verlife es un antídoto social: pone a prueba lo peor de nosotros y potencia lo mejor. Necesitamos muchas iniciativas así”. “No pretendemos cargar su coste al erario público”, añade el alma mater del proyecto, sino que diseña varias vías de ingresos: formación RCP/DEA a empresas; suscripciones de ‘empresas héroe’ que apadrinan kits y zonas; acuerdos con aseguradoras interesadas en reducir costes por secuelas…, y cuando tenga recorrido, acuerdos con administraciones locales.

La moneda de cambio del proyecto es triple: vidas recuperadas, reputación para quienes apoyan la iniciativa y eficiencia del sistema sanitario.

En paralelo, la red de medios de Soyde sirve de motor de captación de voluntarios, de empresas y de donantes. También es altavoz para las historias de rescates (siempre con consentimiento y rigor). Nada de esto exime un trabajo fino de cumplimiento: protección de datos (la app gestiona datos sensibles), seguros de responsabilidad civil, protocolos clínicos, coordinación con el 112 y mantenimiento preventivo de los equipos. El empresario madrileño destaca el apoyo que su iniciativa está recibiendo de la SEC (Sociedad Española de Cardiología) y en concreto de su presidente, Ignacio Fernández Lozano, gran defensor de lo público, entre otros prestigiosos cardiólogos nacionales.

La fuerza del equipo

Hernando se confiesa adicto al trabajo, pero habla de liderazgo sin solemnidad. “Ser buen líder quizá es dejar que los demás piensen y aceptar sus ideas como válidas”. Reconoce que no le resulta fácil: “A veces soy demasiado clarividente, rozando la prepotencia”, pero se impone una regla: si no deja que la gente se equivoque, acabará rodeado de bots obedientes. “Y eso mata cualquier empresa”. No se define por el beneficio máximo a corto plazo (“tengo un lado altruista”) sino por impacto y continuidad. Defiende la inteligencia distribuida y confía en su familia, amigos y equipos. Cuando se le pregunta por su idea del lujo, nuestro anfitrión, poco dado a los oropeles, responde: “Quitando los excesos, al final es tiempo, independencia y maestría. Es llegar a tiempo para salvar una vida”. También se refiere al “lujo de la autonomía informativa y de la vida preservada; en nuestro caso, no depender de jardines digitales ajenos”.

Lleva 25 años trabajando para que la tecnología esté al servicio de las personas: ha tejido redes físicas y digitales que devuelven a los ciudadanos su capacidad crítica, al margen de algoritmos ajenos; ha desarrollado herramientas para producir información contrastada y a bajo coste, y un sistema eficaz para salvar vidas. A sus 48 años, se muestra como un padre orgulloso de sus tres hijos. “No he querido saber qué cociente intelectual tienen, pero los tres me han salido raritos”, bromea. El mayor estudia ciberseguridad, el mediano IA y el pequeño demostró habilidades innatas para las matemáticas. “Les he dedicado mucho tiempo y, al final, los he metido en mi mundo”. Y añade: “Sin mi mujer, Mariola, nada de esto habría tenido sentido. Ella es el combustible que me hace volar como si fuera un F18”.

¿Y qué hay de su crisis de fe? Sobre Dios mantiene una intuición tecnológica: “Cada ser humano sería una pequeña e insignificante CPU conectada a un superordenador (llámese como se llame) por un módem invisible. Es una imagen que suena a física cuántica más que a catecismo, pero que condensa mi manera de ver el mundo: sistemas interconectados donde información y propósito circulan”, explica el crack de Fuenlabrada, que en 25 años ha pasado de manejar un ordenador Amstrad PC a alimentar su propia granja de IA.

Antes de despedirse, el antiguo hacker que encontró su propósito reafirma su fe en la tecnología y en la inteligencia artificial, siempre que se utilicen con buenos fines. “Basta llegar un minuto antes para que todo cambie”.

Fotos: Javier Salas

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