Tengo 40 años y busco piso para compartir

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Ya no es una costumbre exclusiva de estudiantes. Pagar un alquiler en solitario se ha convertido en un lujo imposible para muchos españoles que están en la cuarentena. Se ven obligados a compartir los gastos entre dos o tres inquilinos, aunque hay casos como el de José Antonio, que convive, junto a su hijo, con cuatro inmigrantes. “Es vergonzante. Tienes la impresión de que no estás al nivel que la sociedad espera de ti”, denuncia un afectado.

Paul Howard. Británico de 46 años. Consultor financiero destinado en España. Paga 550 euros por vivir con un estudiante de Arquitectura, nieto de la dueña del piso.
Paul Howard. Británico de 46 años. Consultor financiero destinado en España. Paga 550 euros por vivir con un estudiante de Arquitectura, nieto de la dueña del piso.

 

María García. Zaragozana de "treintaymuchos". Licenciada en Turismo. Paga 355 euros por compartir piso con Carmen (29 años) y Luca (27).
María García. Zaragozana de “treintaymuchos”. Licenciada en Turismo. Paga 355 euros por compartir piso con Carmen (29 años) y Luca (27).

Por JUAN CARLOS RODRÍGUEZ
fotografías de RICARDO CASES

 

“Tengo 40 años y busco piso compartido para mí y para mi nene de 4 años. Por una larga temporada y con la posibilidad de empadronarnos para meter al crío en un cole cercano. Preferiblemente, con gente no fumadora”. El alicantino José Antonio Peces colgó este anuncio en el portal inmobiliario idealista.com hace seis meses. “En Alicante no tenía ni estabilidad laboral ni apoyo familiar. Me salió un trabajo de técnico informático en Madrid y no me lo pensé”, recuerda.

Divorciado desde hace un año, ganó la custodia de su hijo pese a haber sido acusado de malos tratos psicológicos por su ex mujer. Hoy, él y su pequeño comparten un piso de 45 metros cuadrados con una pareja de cameruneses treintañeros y un matrimonio de bolivianos que, además, son los propietarios de esta vivienda, situada en el barrio madrileño de Ciudad Lineal. En total, seis personas conviviendo bajo el mismo –y reducido– techo. Una familia numerosa de conveniencia que hace malabarismos para no tropezarse en la cocina y aguarda cola frente a un cuarto de baño de un metro cuadrado. Es lo que hay.

Tras cruzar el “salón” (un minúsculo recibidor equipado con un raído sofá, una pequeña mesa camilla y una silla de plástico) y mostrarnos una nota pegada en el frigorífico donde figuran los turnos de limpieza, José Antonio nos recibe en su cuarto alquilado, por el que abona 32o euros mensuales. Es su único reducto de intimidad; aquí duerme, come y ve la tele junto al crío.

Definitivamente, éste no parece el escenario amplio y colorista de la serie Friends: la cama de matrimonio y un armario “de la época de Jesucristo Superstar” apenas dejan un hueco libre. “Tengo que ser campeón del mundo de tetrix para aprovechar el espacio”, bromea mientras el pequeño Darío devora una pizza. Amable y extravertido, cuenta que ha trabajado en diversos empleos más o menos estables desde que colgó sus estudios en BUP: monitor de patinaje, pinchadiscos, técnico de iluminación y sonido, animador infantil, monologuista y, últimamente, informático. A su edad, se supone que debería estar económicamente establecido. Un tópico a revisar, porque con los tiempos que corren la realidad es bien distinta.

Como les ocurre a muchos separados en la era del boom inmobiliario, el desorbitado precio de la vivienda, un sueldo insuficiente (en su caso, ı.200 e al mes, a los que hay que restar 760 e de gastos mensuales) y, sobre todo, los costes añadidos que conlleva una separación matrimonial, le han conducido a una precariedad transitoria que amenaza con cronificarse. Nunca se imaginó ocupando una casa ajena ni comiendo a base de latas y bocadillos. “A mí me da igual, pero lo llevo mal por el nene. Me gustaría darle mejor calidad de vida”. Lamentablemente, no confía en que su situación mejore a corto o medio plazo: “Para poder comprar en Madrid un piso en solitario tienes que ser sobrino de Bill Gates. Ni siquiera se puede alquilar uno decente, y me refiero a un quinto sin ascensor con una sola habitación, por menos de 800 Euros”.

El suyo no es un caso aislado. La opción de compartir piso se ha convertido para un colectivo creciente de personas en la única posibilidad de independizarse. Entre los factores que explicarían el repunte de esta modalidad están el elevado precio de la vivienda, las subidas del alquiler muy por encima del IPC, el aumento del número de divorcios (ı26.952 en 2006, según el INE) y la inmigración. “La demanda del piso compartido ha subido de un 20% a un 30% en la última década”, estima la Asamblea de Comprarcasa, la red inmobiliaria de los Agentes de la Propiedad Inmobiliaria (API) en Barcelona. Según una encuesta de Arrenta, una asociación privada de fomento del alquiler, los colectivos que tienen más problemas para arrendar son los inmigrantes (65%), los jóvenes (43%), las familias monoparentales (37%), las parejas jóvenes (24%) y los trabajadores desplazados (5%). Son también los que se ven más obligados a vivir en comandita.

Y es que, como refleja un informe de idealista.com, compartir piso ha dejado de ser cosa de estudiantes. En 2006, esta web inauguró una sección específica de pisos compartidos y, desde entonces, se han anunciado más de ı3.000 habitaciones en arrendamiento y registrado 2,2 millones de búsquedas. “Hay personas que, con primer o segundo trabajo, siguen compartiendo piso como medio de vida”, explica el director, Jesús Encinar, que traza un retrato robot del alquiler compartido en nuestro país: “El usuario tipo tiene una edad media de 27-28 años (menos del 30% tiene menos de 26 años), suele compartirlo con otras dos personas, elige pisos en el centro de las capitales, paga aproximadamente 360 e por habitación y prefiere la cohabitación mixta, seguido de chicas solas y chicos solos. Como anécdota, se elige compartir con no fumadores y sin mascota”.

Precariedad crónica. Pero basta con echar un vistazo a los anuncios de los diversos portales especializados (idealista.com, segundamano.com, compartir-piso.com, easypiso.com, loquo.com) para constatar que el mencionado retrato robot se queda corto: entre los excluidos del mercado inmobiliario hay un número significativo de individuos que sobrepasan con creces la treintena. Inmigrantes, solteros, divorciados y, por lo general, mileuristas, son carne de cañón. “Hemos detectado un segmento de población por debajo de los 45 años, con nóminas inferiores a ı.500 e, incluso ı.000 e, que no puede afrontar pagos de hipoteca ni alquilar en solitario”, explica Myriam Fernández Nevado, especializada en sociología económica. “Asimismo, asistimos a la consolidación de una nueva pobreza sumergida: la nueva familia monoparental con escasos recursos económicos y asistenciales”.

El Ministerio de la Vivienda no dispone de datos sobre este colectivo en la sombra. Por el contrario, los usuarios de piso compartido que rondan la cuarentena empiezan a ser objeto de estudio de los portales inmobiliarios. “De las ı2.000 personas que se registraron en nuestra web, un ı5% aproximadamente tenía 40 o más años”, asegura el portavoz de easypiso.com. A las razones ya expuestas, añade otra más: “Cada vez hay más personas solas, los llamados singles: solteros, divorciados, separados que optan por la modalidad del piso compartido para ahorrar gastos y, de paso, conocer gente nueva”. Según el INE, en España hay cuatro millones de españoles que viven solos y sin hijos.

Claro que una cosa es compartir por gusto y otra por necesidad. Muchos afectados lo viven como un fracaso personal. “Es una situación un tanto vergonzante. Tienes la impresión de no estar al nivel que la sociedad exige de ti”, certifica Diego (nombre ficticio), músico profesional de 4ı años. Como tantas personas contactadas para este reportaje (entre ellas, cinco amigos divorciados que comparten piso en San Sebastián) ofrece su testimonio pero rechaza ser fotografiado. El artista llevaba tres años viviendo en A Coruña con su chica; cuando la relación se rompió regresó a Madrid para buscarse la vida. Dice que compartió piso hasta los 28 años, pero que volver a hacerlo por necesidad está afectando a su autoestima: “Me gustaría vivir solo, a ser posible en el centro, pero todo está carísimo, un escándalo. En el banco me piden aval bancario, y para mí esto es ciencia ficción: nunca sé lo que voy a cobrar a fin de mes”. No le asusta compartir “siempre que haya el mínimo respeto”, pero, “¿y si me encuentro con un marciano?”. Lo malo es que empieza a sentirse discriminado por su edad. Una especie de edadismo inmobiliario que sufre desde varios frentes: “No recibo ninguna ayuda para el alquiler por parte del Gobierno; los propietarios prefieren inquilinos menores de 30 años porque así evitan pagar impuestos, y muchos potenciales compañeros te ven demasiado mayor. Tengo un rollo yayo que no veas”. Paradójicamente, el marciano es él.

Que una persona de 40 o más años se vea obligada a compartir piso es percibido por la sociedad “como un síntoma de que las cosas no van bien, pues se trata de la población económicamente más activa”, explica la socióloga Myriam Fernández Nevado. “En esta franja de edad se consolida supuestamente la economía personal, se intentan llevar a la práctica los proyectos personales y se proyectan las necesidades futuras. En nuestra sociedad, la vivienda en propiedad es sinónimo de seguro de vida, por lo que compartir un espacio personal e íntimo, con las limitaciones físicas y las implicaciones emocionales que conlleva, aún no se contempla como algo que reporte beneficios”.

Sueldo insuficiente. En este sentido, parece incompatible vivir en comandita con formar un hogar. Que se lo digan a María García, zaragozana de “treintaymuchos”, mileurista y con un “máster en convivencia” tras haber compartido piso la mitad de su vida en distintas ciudades de España, con más de 30 personas. “Nunca me planteé si a los 40 seguiría compartiendo piso, ni si iba a estar casada o con hijos… No me gusta hacer planes a largo plazo; si se ha dado así es pura casualidad”, explica. Licenciada en Información y Turismo –ha trabajado como recepcionista de hotel– y en Arte Dramático –”de los castings no se come”– actualmente trabaja como azafata de tierra en Air France. Sufre horarios desquiciantes y un “sueldo de mierda” (ı.000 euros mensuales) que al menos le da para pagar los 355 de alquiler. Sus últimos compañeros son Carmen (licenciada en Historia y actriz) y Luca (informático italiano), de 29 y 27 años, respectivamente, con quienes comparte piso de 70 m2 en la calle Toledo de Madrid. En la pared del salón, junto a un póster dePulp Fiction, han pegado una fotocopia de una cajetilla de Fortuna con un inquietante aviso: “Alquilar un piso puede producir pobreza crónica”. “Si alquilara un piso para mí sola, me fundiría todo el sueldo”, se desespera María. Asegura que se ha acostumbrado a este tipo de vida, “pero preferiría ganar mucho más y tener un apartamento para mí sola, con pareja o sin pareja”.

¿Ventajas de compartir piso? “Compartes gastos, tienes compañía y, si congenias con la gente, acabas creando tu pequeña familia”. ¿Desventajas? “La falta de intimidad. A veces salgo machacada del trabajo, con ganas de tirarme en el sofá y ver una peli mientras ceno… y me encuentro a varios amigos de Luca viendo un partido, fumando y tomando cervezas”. Para María, compartir con gente más joven no es ningún inconveniente; “no es una cuestión de edad, sino de mentalidad y estilo de vida”, puntualiza.

Su compañera Carmen Sánchez, natural de Trujillo (Cáceres) es también su amiga. A falta de un empleo acorde con su formación, esta historiadora extremeña compagina su trabajo de locutora en el programa Dancepertador (de la cadena Evolution FM) con el rodaje de Alquilados, una serie piloto que está colgada en You Tube. “Cuenta la historia de dos chicos que comparten piso con un casero insoportable que les extorsiona”, explica esta actriz vocacional. Su currículo de alquilada también proporciona jugosos guiones: “Yo vivía antes en un ático precioso, con el contrato de alquiler a mi nombre. Mis amigas se independizaron y entró a vivir el ex novio de mi hermana, que al poco tiempo se trajo a su nueva chica. Quise largarme para rescindir el contrato, pero se atrincheraron. Aquí, la extorsionada era la casera”.

No obstante, inquilino y casero no tienen por qué llevarse a matar. Incluso viviendo juntos. El inglés Paul Howard, un consultor financiero destinado en España, de 46 años, casado y con dos hijos de 20 y ı8 años, no tiene ninguna queja de Luis Felipe García, estudiante de Arquitectura de 27 y soltero. Paul paga 550 e por un piso con dos habitaciones en el barrio de Tetuán (Madrid), propiedad de la abuela de Luis, quien, a cambio de emanciparse, corre con los gastos de luz, gas y comunidad. “Hemos congeniado muy bien. Ambos somos respetuosos y ordenados, tenemos pasión por el fútbol. Soy del Newscastle y entreno allí un equipo amateur, pero mi segundo equipo es el Real Madrid. Y además compartimos una gran afición por el póquer. ¡Apostamos un euro por partida todas las noches!”, afirma este ejecutivo de la empresa DeVere and Partners, que rechazó vivir en un hotel porque era más caro e impersonal. “Él me enseña conocimientos de Bolsa, cómo gestionar el dinero, mientras yo le introduzco en la cultura española. En Navidades le enseñé a hacer una tortilla de patatas. Y también le ayudo a traducir artículos relacionados con su trabajo”, interviene Luis Felipe, que ha decorado el piso con sus propios cuadros. Para el expatriado inglés, compartir a los 46 no es ningún demérito, sino una experiencia provechosa de la que sentirse orgulloso. “Es mi elección”, dice mientras coloca el tapete verde.

Por el contrario, a la dominicana Clara Alcántara no le ha quedado otra opción que dividir el salón de su vivienda por la mitad. “¡Bienvenido a la república independiente de mi casa!”, bromea con el eslogan de Ikea para explicar su libre albedrío a la hora de ganar espacio. Tiene 40 años, cuatro hijos y dos empleos en hostelería que no le alcanzan para pagar el alquiler de un piso de 80 metros en Quintana (Madrid). La solución pasó por realquilárselo a dos chicos de 22 y 30 años, que tienen habitación con derecho a comedor y cocina. Una práctica al margen de la ley, pues el verdadero dueño ni siquiera está al tanto del subarriendo. “Sí, estamos apretados, y los niños se quejan porque los inquilinos han invadido su espacio”. Es lo que hay.

Ayudas y pisos para singles

El Ministerio de Vivienda presentó a finales de abril sus líneas generales para la próxima legislatura, en la que destaca una apuesta clara por la Vivienda de Protección Oficial y el alquiler.

Así, la Renta Básica de Emancipación (RBE), una ayuda al alquiler en principio destinada a jóvenes de 22 a 30 años con ingresos inferiores a 22.000 euros, podría extenderse a otros colectivos que la necesitasen, como los “singles” o independientes (solteros, separados y divorciados).

“La vivienda para una persona sola es la más buscada”, comenta Carlos García, presidente de Civilia, una fundación de derechos civiles que gestiona alquileres, media en conflictos entre caseros e inquilinos y asesora sobre vivienda en 25 ciudades españolas.

Algunas promotoras vislumbraron hace años este apetecible hueco de mercado. Maxin, radicada en Fuenterrabía, a 7 km de San Sebastián, acaba de construir viviendas orientadas a solteros y divorciados de entre 35 y 45 años. Son bloques de 415 m2 divididos en 10 habitaciones de 35 m2 útiles, con terraza independiente y cocina compartida.

Cada piso sale por 500 €. “Ya hay 200 personas en lista de espera”, asegura el director de Maxin, Mikel Picabea.

Entre los futuros inquilinos, tres hermanos de 36, 38 y 41 años que aún viven en casa de sus padres. “La madre está encantada de que puedan independizarse de una vez”.

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