LOS PRESTAMISTAS DEL SIGLO XXI

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Empeñados en salir de la crisis

Los montes de piedad, las casas de empeño o las tiendas de segunda mano han cobrado un nuevo auge con la actual crisis económica. Para muchos ciudadanos, este tipo de negocios es la solución más rápida para obtener dinero en efectivo. Una joya heredada, una cama hinchable o un taladro pueden convertirse en efímeros salvavidas.

Por Juan Carlos Rodríguez. Fotografías de Dani Luna

 

Colas, colas y más colas… El aumento del desempleo, el encarecimiento de los precios, la subida de los intereses y la restricción del crédito están provocando que muchas familias españolas tengan serias dificultades para llegar a fin de mes. Ante la falta de liquidez, cada vez más ciudadanos acuden a los montes de piedad, las casas de empeño o las tiendas de compraventa de objetos de segunda mano, establecimientos caracterizados por ofrecer dinero contante y sonante a cambio de bienes como aval de pago. Beneficiados por la crisis, los nuevos prestamistas del siglo XXI no dan abasto.

La explosión de la burbuja inmobiliaria explica, entre otras cosas, que Fernando Romero (nombre ficticio) esté guardando cola, un mediodía de invierno, en la madrileña calle Misericordia número 1, sede del Monte de Piedad de Caja Madrid. Ex propietario de una inmobiliaria, viene a empeñar un reloj de oro que le costó 3.000 euros. «Espero que me lo valoren en 500 para pagar las facturas de teléfono que debo», dice mientras espera su turno, el 335. En la sala de espera, rumian su incertidumbre amas de casa, gitanos, jubilados, inmigrantes…

No es la primera vez que este inmobiliario en crisis de 35 años, casado y con un hijo, acude al monte: hace un año empeñó una gargantilla que le regaló a su mujer por el aniversario de boda. Cuenta que su negocio funcionó muy bien hasta 2005. Pero la burbuja explotó, subieron los tipos y se paró la venta. «En 2005 alquile mis dos locales, por los que hoy estoy pagando 2.400 euros, 400 más que al principio».

Asediados por la crisis. No ha llegado a esta situación por manirroto: «En cinco años se ahorra mucho, pero en dos se gasta más», se lamenta. Ahora se gana la vida como comercial de Orange, pero sus ingresos no dan para cubrir sus gastos. A la salida se muestra decepcionado con la tasación de su reloj, 400 euros (el porcentaje prestado sobre el valor de tasación es de un 71%) y se va sin empeñarlo. Como ocurre con la mayoría de los entrevistados para este reportaje, rechaza ser fotografiado. «Aún vendo pisos por libre, y no me apetece que mis clientes vean que estoy tieso».

Fernando es uno de los 171.569 ciudadanos que utilizan cada año los 21 montes de piedad españoles, pertenecientes a otras tantas cajas de ahorro. Según los últimos datos disponibles (febrero de 2008), los 391.000 préstamos en vigor arrojaron un saldo de 188,23 millones de euros, casi un 14% más respecto al año pasado. Desde los años 60, la actividad de los montes decreció paulatinamente, pero en los últimos cinco años la irrupción de los inmigrantes (un 20% de la clientela) ha roto la tendencia. «Los empeños han prosperado siempre en épocas de miseria económica, como la Guerra Civil», señala Antonio Claret García, presidente de Caja Granada y del Comité Nacional de Montes de Piedad. Aunque el auge de este tipo de negocios «es un síntoma de que la actual crisis está afectando a la economía real», la socióloga Cristina Santamaría advierte de que no hay que generalizar: «Está golpeando más duramente a sectores concretos, como la construcción». Y distingue «entre los que empeñan para pagar facturas y los que lo hacían para comer. Desde los años 70 no se cambian empeños por comida. Ahora se hace más bien para pagar servicios, como la factura del dentista».

Todos los estilos. Entre las personas que aguardan su turno sobresale una atractiva mujer de mediana edad. Titina Meyer, diseñadora de complementos de moda, ha acudido al rescate de tres joyones: dos brillantes (uno con incrustaciones de zafiro y otro con piedra lunar) y una sortija gallonada con platino. Afirma que suele empeñar en el monte «por seguridad, para evitar que me roben cuando salgo de vacaciones», pero a nadie le amarga un dulce: por el lote obtuvo 3.000 euros, previo pago de intereses. «Tengo pocas joyas, pero buenas. La mayoría fueron de mi madre y tienen gran valor sentimental. Si se entera de que las estoy empeñando, le da un infarto».

A primera vista, su situación económica es acomodada, impresión que se confirma cuando nos recibe en su piso de 250 metros cuadrados con vistas a la calle Princesa de Madrid. «Lo heredé de mi abuelo», aclara Titina, de 52 años, cuyo padre era fabricante de máquinas contadoras de dinero. Extrovertida y de un gusto decididamente barroco, a ella le encantaría tener muchos billetes que contar, «pero no tengo un euro en el banco; vivo completamente al día».

Aunque sus collares y bolsos customizados tienen aceptación en países asiáticos, hace dos años empezó a notar un descenso en las ventas. Por si fuera poco, su marido, propietario de una fábrica de bordados, cada vez tiene más impagados. ¿Cómo se adapta a la crisis? «Antes tenía dos empleadas de hogar y ahora me las apaño con una, y he alquilado tres habitaciones a estudiantes. Lo que obtengo por las joyas me sirve para comprar materiales para la nueva temporada, pagar facturas domésticas y hacer obras de caridad. Hay mucha gente que me viene a pedir, y yo soy muy católica», dice en presencia de una virgen blanca.

Sin joyas que empeñar, Encarnación Pérez Lucenc, de 53 años, hace cola en Cash Converters para vender dos camas hinchables. «Tenía una y me regalaron otra, pero mi casa sólo tiene 35 metros…». Desde hace tres años es clienta habitual de esta franquicia de origen australiano especializada en la compraventa de artículos de segunda mano.

A pesar del regateo, recibe 30 euros por las dos camas. «Es injusto. En Teletienda las venden a 50 euros la unidad, pero el negocio lo hacen ellos», explica resignada. Sacar provecho a sus utensilios domésticos (ha vendido desde una cuna hasta un aspirador) es la forma de aliviar la precaria economía familiar. Su marido, enfermo de cáncer, recibe una pensión de 800 euros, y ella aporta 300 limpiando portales. Al menos, con el dinero obtenido le puede comprar una videoconsola de segunda mano a su hijo.

Este comercio suele ofrecer menos del valor del producto. Si se trata de un empeño, el propietario tiene un mes de plazo para recuperarlo, con un 20% de interés. Además de joyería, en esta tienda de Bravo Murillo (una de las 44 repartidas por toda España) aceptan ordenadores, material deportivo, instrumentos musicales, herramientas de bricolage, pequeños electrodomésticos…

«El otro día llamó una chica preguntando si podía vender los apuntes de oposición a notaría. Eso no lo aceptamos. Pero en la tienda de Tenerife tenemos un batiscafo de la marina canadiense», relata el director de marketing de Cash Converters, Álex de Reguero, para quien «el consumismo desaforado de los últimos años ha dado lugar a un exceso de bienes». Entre los artículos de exposición es posible encontrar un cortacesped por 40 euros, una bolsa de palos de golf por 6… y hasta una guitarra de 800 firmada por el cantante Antonio Vega, cliente habitual de este comercio.

En plena crisis, y tras 12 años de existencia en España, Cash Converters prevé abrir nuevas franquicias. «Hemos aumentado significativamente el número de transacciones», asegura el director de marketing sin dar cifras de negocio. La mitad de la clientela está formada por inmigrantes que vende por desesperación. Como Julián Alejandro Vergaray, un albañil peruano de 54 años. Después de tirarse cinco inviernos en el andamio, la constructora en la que trabajaba echó el cierre el pasado noviembre. Ahora hace cola para vender sus herramientas. «Las compré aquí mismo con mucho sacrificio. Recuerdo que en su momento le dije a un amigo: ‘Algún día volveremos acá para venderlas’. ‘¡Qué va!’, dijo. Pero nunca se deber escupir al cielo», relata con aflicción.

Lo tomas o lo dejas. Hace seis meses que no envía dinero a la familia, cuando antes el sueldo le daba para mandar de 300 a 400 euros. «Mi mujer y mis hijos (de 23 y 8 años de edad) piensan que me he echado otra pareja. «¡Pero si no tengo ni para comer!». Apenas le queda un mes de paro y no sabe si podrá seguir pagando la habitación de alquiler de 300 euros que comparte con su primo. De momento, hace chapuzas para ir tirando. No le queda otra que aceptar el dinero que le dan por sus utensilios: 5 euros por las botas, 10 por la radial y 8 por el taladro. Un miseria, sí, «pero o lo tomas o lo dejas. Con esto compraré alimentos básicos». Tras la sesión fotográfica, se despide con una pregunta: «¿En El Mundo no necesitan a alguien para repartir periódicos?».

Los prestamistas del siglo XXI han lavado la imagen de las casas de empeño. Atienden a pie de calle y sus oficinas no distan mucho de las de un banco. Super-Efectivo sólo trabaja con joyas. «Máxima tasación», prometen. Dependiendo de la cotización de las alhajas, conceden entre 8 y 10 euros por gramo de oro. En el vestíbulo pueden coincidir un ama de casa que viene a empeñar un Rolex para visitar al hijo que estudia en Londres; un jubilado que deja en depósito una funda de oro arrancada a su dentadura postiza, o una inmigrante ecuatoriana que, con lágrimas, empeña un anillo.

La pieza empeñada se recupera devolviendo lo prestado más un interés del 12% anual, más un 6% anual por la custodia de la alhaja. «No queremos que la gente pierda sus joyas, nos conviene que vengan a recuperarlas», asegura el propietario de Super-Efectivo, Francisco Montoya. Desde 2007, el volumen de negocio ha aumentado un 10%.

Negocio para algunos. «Para nosotros la crisis es una oportunidad para crecer», reconoce Rosa Rioja, portavoz de Prestamitos. Creada en 2007, con seis tiendas repartidas por toda España y un plan de expansión mediante franquicias (estiman una facturación media de 162.000 euros al año), ofrecen todo lo que una persona acosada por las deudas puede soñar: préstamos bancarios, créditos puente, bajas en el Registro de Impagados, cancelación de embargos… Y, por supuesto, facilitan cash a cambio de cualquier material, excepto ropa.

«En la tienda de Palma de Mallorca un señor dejó su barco en depósito para hacer frente al embargo de su casa», continúa Rioja, que observa un aumento en el valor de los objetos. «Antes, el inmigrante traía el típico anillo de oro muy fino y ahora vemos Rolex de oro, ositos de Tous, y hasta coches de autónomos que necesitan liquidez».

En Prestamitos dan un mes de plazo para retirar el objeto y el interés que cobran está en función de la tasación. «A mi cliente le han cobrado un 47% por unas joyas con valor de empeño de 100 euros. Eso al año es una burrada. Con la crisis también vuelve la usura», se queja Federico Álvarez, propietario de la consultoría Euroinvest. Su trabajo consiste en poner en contacto a inversionistas con gente necesitada de liquidez. «No preguntamos si el dinero viene manchado de sangre o de armas», afirma ante el asombro del periodista. Sus transacciones han aumentado «un 300%» en los dos últimos años, y entre su cartera de clientes hay casos en la frontera de lo esperpéntico. « Hasta un cura de una aldea de Orense que ha traído el cáliz de su Iglesia. Los pocos fieles que tiene sólo aportan unos céntimos al cepillo, y con los 4.000 euros que le dieron ha podido instalar la calefacción». Menos suerte ha tenido Víctor Rodríguez, un uruguayo español que, tras perder su empleo de cocinero, debe 15.000 euros. Cliente primerizo de Cash Converters, su idea era obtener 400 euros por su videocámara y sus dos teléfonos móviles, carísimos y seminuevos. «Recurro a esto para no tener que robar, aunque me duela desprenderme de mis cosas», se lamentaba. Pero tras el regateo, sólo obtiene 300 euros y rechaza el trato. Casado y con dos hijas, su ínfimo salario en un salón de apuestas (680 euros) apenas le da para cubrir las necesidades de la familia, aunque su mujer aporta otros 300 trabajando como limpiadora. «Mi cabeza va a estallar, parezco un matemático, todo el día cuadrando números. Paso el día encerrado en casa, y no me animo a llamar a mi país para no agobiar a mi familia». La venta frustrada de sus objetos le ha hundido más en su evidente depresión. «Con eso pensaba pagar la habitación de alquiler». Hoy, en el salón de juegos, ha visto a un tipo apostar 1.400 euros de una tacada. «He sentido rabia».

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