Lorenzo Castillo, uno de los interioristas españoles más aclamados a nivel internacional

El diseñador Lorenzo Castillo, 51 años, posa en el comedor de su vivienda de Lavapiés, taller y refugio madrileño. Un edificio que acaba de actualizar y anteriormente fue convento, palacio y almacén de disfraces. | FOTOGRAFÍA DE ÁLVARO FELGUEROSO

Premio Fuera de Serie de Interiorismo 2019, Lorenzo Castillo tiene un estilo reconocible que le ha encumbrado como uno de los decoradores más prestigiosos del mundo. Defiende el buen hacer por encima de modas y tendencias, rechazaría trabajar para Donald Trump y asegura no tener a quien votar.

Varias cajas aún por desembalar se agolpan en la cochera de la casa-taller de Lorenzo Castillo (Madrid, 20 de julio de 1968), un antiguo palacete del siglo XIX que reformó hace 10 años en pleno corazón del barrio de Lavapiés. «Todo esto va para Hong Kong; ahora mismo estamos trabajando en 30 casas por todo el mundo», asegura el propietario, que empezó su carrera como anticuario antes de convertirse en uno de los interioristas españoles más aclamados a nivel internacional. Desde que la revista Architectural Digest (la biblia del interiorismo) incluyera su nombre en su lista anual de los 100 mejores decoradores y arquitectos del mundo, no se ha bajado del Olimpo. Pionero de las mezclas, con un estilo exportable y reconocible, sus proyectos abarcan desde un palacio en el Lago Como hasta una peluquería en el barrio de Salamanca: «Será la más bonita de Madrid».

Son las 10 y pico de la mañana y acaba de salir de su clase de gimnasia. Se presenta en pantalón corto y deportivas tras despedirse de su entrenador personal. «¿Café o té?», ofrece nada más saludarnos. El mayordomo acude raudo con la bandeja de plata mientras él acaricia a Tana, su perrita Teckel. A sus 51 años se reconoce «burguesito«, y hasta se diría que lleva media vida trabajado duro para alcanzar este estatus.

El recorrido por su palacete de 900 m2 -que en el siglo XVII fue convento y, en el XVIII, la vivienda del conde de Torrijos- comienza por la cochera, reconvertida en un patio ajardinado donde se alza una estatua de Lorenzo de Médici El Magnífico. «Perteneció a las Capillas Mediceas de Florencia y la compré en una subasta de París», apunta el Lorenzo de carne y hueso, consciente de que conocer el origen y el rastro de cada pieza aumenta su valor.

Desde este pulmón verde, repleto de geranios y caracolas gigantes, parte una escalera de mármol blanco «muy madrileña» que decoró profusamente con grabados ingleses y bustos de academia del siglo XVIII. Para acceder a las estancias principales hay que atravesar una galería que Castillo está transformando en jardín de invierno. Las paredes están tapizadas con una tela india en color esmeralda, la primera colección que diseñó para Gastón y Daniela, marca pionera en alta decoración textil. «En estos momentos estoy con la séptima colección, inspirada en las mujeres, aunque eso no significa que predominen las flores y el color rosa», dice junto a un cuadro de Iturralde de los años 70, mientras la luz entra a raudales por los altos ventanales. «El arquitecto Ventura Rodríguez, que reformó este palacete en el siglo XVIII, decía que por estos miradores debía caber un caballero a lomos de su caballo».

Tras cruzar el antecomedor pasamos al comedor propiamente dicho, alicatado con espejos años 60 e iluminado con lámparas de Maison Baguès. En torno a la mesa suele organizar exclusivos cenáculos, «aunque cada vez tengo menos tiempo», resopla. ¿Su regla de oro como anfitrión? «Mezclar bien a los invitados; a Pablo Casado con Alaska, por ejemplo. No puedo con las cenas endogámicas», comenta antes de entrar en su despacho, abarrotado de planos, libros y telas. «Esto ya no es un showroom, sino una casa donde se trabaja», advierte. Justo al lado está la joya de la corona: el espléndido salón de 120 metros cuadrados que asombró por su tamaño al mismísimo Duarte Pinto Coelho, el mítico decorador portugués. Lorenzo Castillo lo cita como uno de sus referentes junto al español Paco Muñoz, el italiano Renzo Mongiardino, o grandes maestros estadounidenses del siglo XX como Billy Baldwin, Albert Hadley o Rose Cumming.

La entrevista tiene lugar en este exquisito salón repleto de piezas únicas: una colección de jarrones de porcelana japonesa de la dinastía Meiji -«Valentino me los quiso comprar cuando celebró aquí su cumpleaños, pero me negué»-; un mueble de Napoleón III procedente de Las Tullerías, dos cómodas milanesas del siglo XVI; un mapa de Aranjuez del XVIII, o unas mesas de Jean-Henri Jansen, «el decorador de los condes de Windsor, que se arruinó tras hacer la fiesta del 2.500 aniversario del Imperio Persa en 1971, porque el Sha de Irán nunca le pagó». Cada pieza tiene una historia detrás y la cuenta con delectación. Conocido por sus mezclas inverosímiles, Castillo es, sin embargo, «domesticador de lo excéntrico. En manos de otro, su código estético sería un cúmulo de despropósitos, pero en sus interiores fluye con calidad, teatralidad y elegancia», explica Enric Pastor, director de la revista AD (edición española) y coeditor de un libro sobre los 25 años de trayectoria de Lorenzo El Magnífico.

Pregunta. ¿De niño destacaba por una especial sensibilidad hacia la belleza?

Respuesta. A mí ya se me veía venir. Cuando tenía 4 años, mi madrina, Borita Casas, creadora del personaje de Antoñita la Fantástica, me regaló un libro de arte con esta dedicatoria: «Para el embrión de futuro artista». Todavía lo tengo, está en mi casa de campo.

Durante su infancia tuvo dos grandes influencias: «Por un lado, la de mi abuela Pepa, una activista de la decoración a la que yo acompañaba al Rastro en busca de antigüedades. Era viuda de militar, y su casa de la calle del Conde de Aranda (Madrid) respiraba modernidad. Solía regalarme ejemplares de la edición americana del Architectural Digest, de los años 70, que aún conservo. Por su parte, mi madre tenía un don especial para mezclar piezas y telas, y acostumbraba a tirar tabiques o cambiar los colores del salón en nuestro piso de la Castellana». Además, su abuelo paterno, médico de profesión, tenía una colección de pintura del XIX y él se embelesaba contemplando esos cuadros. «Lo absorbía todo como una esponja», recuerda. Tras acabar la carrera de Historia del Arte, en 1994, su padre, cirujano maxilofacial, le ayudó con la compra de su primer local de antigüedades, que regentó junto a su hermano mayor, Santiago.

P. ¿Cómo saltó del mundo de las antigüedades al diseño de interiores?

R. A los ocho años de abrir la tienda yo ya estaba con proyectos de decoración, aunque en la prensa siempre aparecía como «el capitán de los nuevos anticuarios». El gran salto lo di con la tienda de Loewe y el hotel Santo Mauro de Madrid, que tuvieron mucha repercusión.

P. Los expertos coinciden en que ha sabido crear un lenguaje propio. ¿Qué le distingue de la competencia?

R. Mi formación en artes decorativas. Sé perfectamente si a tal espacio le va un mueble italiano, un mueble español Carlos IV o uno contemporáneo de Jean Michel Frank. Un interiorista español normalmente hace toda la obra de interiorismo y deja la parte de decoración para el final. Yo lo concibo como un todo, y ese todo está desde el principio. Además, mis casas se distinguen porque parece que están muy vividas.

P. ¿En qué consiste el buen interiorismo?

R. Yo lo asocio con el buen hacer, con la maestría en saber ejecutar las cosas, más allá de modas y tendencias. Tiene más que ver con la parte técnica de ejecución que con la estética. Está por encima de los gustos.

P. ¿Su oficio debe moverse entre la realidad y la ficción?

R. Tiene que moverse en la realidad. Una casa tiene que ser cómoda, y esa comodidad no tiene que estar reñida con la belleza. La fantasía, la magia y la imaginación serían las licencias artísticas del decorador. Y ponerlas en práctica conlleva una pequeña lucha con el cliente, porque le tienes que convencer. Llevándolo a la moda, no es lo mismo diseñar un vestido de lino color chocolate que bordarlo entero de lentejuelas plateadas.

P. ¿Está de acuerdo con su colega Pascua Ortega en que «la misión última del interiorista es mejorar la calidad de vida de las personas»?

R. Yo no aspiro a tanto, y lo que tengo clarísimo es que la decoración no te da la felicidad. Te la dan los psiquiatras y los medicamentos [bromea].

P. Si convenimos que una casa refleja el alma de quien la habita, ¿hasta qué punto este palacete refleja su mundo interior?

R. Cuando tienes muchas casas como yo, que tengo cinco, no eres la misma persona ni te comportas de la misma manera en todos esos sitios. Esta casa de Madrid es superyó, pero la de Menorca, que es más fresca, refleja más mi yo veraniego. En cuanto a la de Ribadesella [Asturias], es una casa con la que me equivoqué. De hecho, la estoy redecorando…

P. ¿Y eso?

R. Yo me equivoco todo el rato, lo reconozco. Y como soy hiperexigente conmigo mismo, no es que mi flagele, pero… Cuando la reformé, hace cuatro o cinco años, la decoré con colores grises y verdes pensando que sería mi retiro invernal. Pero empecé a ir en verano y la encontraba tristona. Ahora es más alegre, sin perder la esencia asturiana.

P. ¿Es usted tan excesivo e intenso como lo son sus puestas en escena?

R. El interiorismo de mis casas no tiene que ver con el de mis clientes. Nosotros hacemos trajes a medida y tenemos que ajustarnos a cada situación: una familia con cinco hijos, un matrimonio sin niños, un tío soltero… Lo importante es conocer el estilo de vida del propietario, para que la decoración sea real y acorde con su personalidad.

P. ¿Qué pasa cuando el cliente lleva un interiorista dentro?

R. Eso es terrible. El sueño de un interiorista es tener un cliente que delegue, que tenga confianza máxima. Y la mayoría de mis clientes me la dan, tengo esa suerte. Es algo que me he ganado durante todos estos años: «Lorenzo, lo que tú digas».

P. ¿Cómo ha conseguido ser el decorador de cabecera de la aristocracia y las grandes fortunas?

R. Yo no trabajo solo para grandes fortunas, es un sambenito que me han colgado. Trabajo para una clase media muy amplia que incluye la burguesía. A ver, partimos de la base de que la decoración es un lujo totalmente prescindible e inaccesible para el 90% de la población. Por eso digo que la felicidad no llega a través de la decoración.

P. Por cierto, ¿se considera a sí mismo un burgués?

R. Sí, un burgués contemporáneo. Un burguesito. [Risas]. Para ser aristócrata me faltaría la corona, pero es que no la tengo.

P. Le gusta jugar en el límite del gusto, rozar ese punto de locura donde la audacia puede desembocar en éxito o fracaso. ¿Nunca ha tenido miedo a caer en el ridículo?

R. No; además, si cayera, no pasaría nada. Me lo puedo permitir. Creo que mi forma de ser lleva ya cierta contención. Esas mezclas locas que hago de colores, de texturas y antigüedades -el drama, como lo llaman los americanos- nunca sobrepasa la línea de lo estrambótico. No soy Tony Duquette, no estoy en esa línea. Me considero mucho más clásico, aunque Michael Boodro, exdirector de Elle Decor América, afirma que yo soy el más americano de los decoradores europeos.

P. Imagine que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, le encarga decorar el Despacho Oval.

R. En este momento no le haría nada a Donald Trump, es el ser más detestable del mundo. Y menos después de los aranceles que ha puesto a productos españoles como el vino o el aceite. ¡Nada me daría más gusto que decirle que no! Pero ni a Trump ni a ningún político español. Estoy viviendo un momento de rechazo absoluto. No tengo ni a quién votar.

P. ¿Sueña con un encargo especial?

R. Me gustaría trabajar en alguna película histórica, en un desfile o en una producción operística. Y desde que hice unos pinitos en Masters de la reforma [programa de Antena 3], me di cuenta de que lo bordaba. ¡Yo me crezco detrás de la cámara! Pero mi futuro pasa por el diseño. No solo me fascinan las colecciones de telas que hago para Gastón y Daniela, sino todos esos muebles (cabinets, librerías, vestidores) hechos a mano por nuestros artesanos que yo dibujo y diseño previamente. Tengo los conocimientos técnicos y conozco los estilos decorativos a lo largo de la Historia, y eso es lo que me diferencia a la hora de ejecutar un proyecto. Como decía Picasso, no se puede ser moderno si antes no has sido clásico.

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