Joaquín De Luz, director artístico de la Compañía Nacional de Danza, premio Fuera de Serie de Artes Escénicas

El bailarín, coreógrafo y director artístico madrileño, en la cafetería del Teatro de la Zarzuela. | FOTOGRAFÍAS DE JAVIER SALAS

Tras 25 años en EEUU, 15 de ellos como primer bailarín del New York City Ballet, volvió a España en 2019 para hacerse cargo de la Compañía Nacional de Danza. Acaba de estrenar su primer montaje, «Giselle», mientras los cuerpos de baile de medio mundo están parados por la pandemia.

Debajo de su camisa asoman varios tatuajes, «casi todos consecuencia de años de morriña», dice Joaquín De Luz (Madrid, 31 de marzo de 1976), hijo pródigo del ballet español. Tras 25 años expatriado en Estados Unidos, los últimos 15 como primer bailarín del New York City Ballet (NYCB), en septiembre de 2019 se estrenó como director artístico de la Compañía Nacional de Danza (CND) en sustitución de José Carlos Martínez.

Fue ese sentimiento de nostalgia el que le llevó a tatuarse un olivo (en recuerdo del olivar de su pueblo madrileño, San Fernando de Henares); la estatua de la Cibeles o un minotauro de Picasso. Declarado madridista, aficionado a los toros y seguidor del tenista Rafael Nadal, también lleva grabado en su piel el lema «Without struggle there is not strength» (sin agonía no hay fuerza) que, según él, ha marcado su vida. «Desde muy joven tuve que dejar mi país, mi familia, mis amigos… Pero al final todo ha merecido la pena», explica el artista de 44 años, formado junto a la «generación de oro» del ballet español en la Escuela de Víctor Ullate.

Desde que era niño «tuvo una luz, un aura», comentó Ullate tras su despedida en el Lincoln Center, sede del City Ballet. Con una sonrisa rutilante y una capacidad natural para llegar a la audiencia, su estilo se ha caracterizado por «una mezcla de ataque, extroversión y bravura», como reseñó al día siguiente en su crítica The New York Times. Su estatura menuda no le impidió brillar en los escenarios de todo el mundo. Ni ajustarse viejos trajes de sus admirados Barýshnikov y Nuréyev, pues le quedaban exactos de talla. Entre sus múltiples reconocimientos destacan la medalla de oro del concurso internacional Nuréyev, que ganó en 2006 y fue su pasaporte a EEUU; el Benois de la Danza (considerado como el Oscar de la profesión), que obtuvo en 2009, o el Premio Nacional de Danza a la interpretación en 2016.

Cuando aterrizó en la CND se marcó un objetivo: convertir esta institución en una compañía versátil que conjugue el repertorio clásico y contemporáneo, atraer talento y fomentar la identidad española. No lo tiene fácil. «El presupuesto que tengo para programar un año la Compañía Nacional equivale al que tiene el City Ballet para comprar zapatillas de punta», se lamenta De Luz, ganador del Premio Personaje Fuera de Serie 2020 en la categoría de Artes Escénicas.

Apenas llevaba seis meses en el cargo cuando el coronavirus paralizó todos los planes; incluidos los ensayos de Giselle, el ballet romántico por excelencia y su primer gran clásico desde que asumió la dirección de la compañía. Delgado, de rasgos afilados y flexible como un junco, nuestro protagonista recibe a FS en el Teatro de la Zarzuela en vísperas del estreno, que tuvo lugar el pasado 9 de diciembre. Su versión de la trágica historia de Giselle (la joven campesina que, tras morir de amor, perdona a quien la engañó), se inspira en el romanticismo español y, en concreto, en la poesía de Bécquer.

El director de la Compañía Nacional de Danza, Joaquín De Luz, 44 años, en los pasillos del Teatro de la Zarzuela.
El director de la Compañía Nacional de Danza, Joaquín De Luz, 44 años, en los pasillos del Teatro de la Zarzuela.

PREGUNTA. ¿Nervioso?

RESPUESTA. Tengo los nervios a flor de piel, como es natural. Llevar a cabo esta gran producción es cumplir un sueño personal que llevaba macerándose muchos años. Giselle es mi ballet favorito, aunque en mi opinión muchas cosas no se habían contado. Pero este nerviosismo se mezcla con una gratitud tremenda. Todavía no me creo que vayamos a estrenar esta obra en tiempos de pandemia, cuando miles de bailarines en todo el mundo siguen parados.

P. ¿Cómo encaja el mito del amor eterno en medio de una crisis sanitaria que nos obliga a guardar las distancias?

R. En estos tiempos de aislamiento y desconexión, reivindicar una historia en la que el amor puede con todo, incluso con la muerte, me parece todavía más relevante.

P. ¿Se imagina a Giselle y a su amante Albrecht ligando por Zoom?

R. [Risas]. Adoro la tecnología, pero lo negativo de esta pandemia es que nos está separando como sociedad. Yo soy un romántico, por eso veo tan necesario que volvamos a conectarnos… Nuestra labor como artistas es acompañar al público, intentar abstraerle de la realidad, emocionarlo. Uno de los grandes valores del arte es ofrecer esperanza a través de la belleza.

P. Si algo necesita un bailarín es espacio e interacción con sus compañeros. Supongo que durante el confinamiento se sintió como un pájaro enjaulado…

R. Para mí fue bastante duro, porque nunca había pasado tanto tiempo solo, y además acababa de llegar a la dirección de la compañía. Sentía mucha incertidumbre y frustración, pero poco a poco logré darle la vuelta gracias a la meditación y al trabajo físico. Cuando se levantó el estado de alarma fui a por todas y, gracias a Dios, mi equipo me siguió. Cuando los futbolistas pusieron un pie en el césped, yo llamé al Ministerio de Cultura y dije que mis bailarines tenían que volver al estudio.

P. Y así fue: el pasado 2 de junio regresaron a la barra.

R. Sí, aunque no todos los bailarines a la vez, sino divididos en cuatro grupos con horarios escalonados. Toda esa logística fue un dolor de cabeza. Pero, como institución pública, teníamos que dar los primeros pasos para restablecer la actividad escénica. Incluso creamos una pieza nueva con música de Juan Crisóstomo de Arriaga [el llamado «Mozart español», fallecido en 1886] que se estrenó en el Festival de Danza de Granada el pasado julio. Como decía Balanchine, it’s only now, solo tenemos el ahora.

P. Su abuelo materno, Albino, le inculcó la afición a los toros, pero usted prefirió el ballet, y a los 9 años entró en la Escuela de Víctor Ullate. ¿Qué le hizo cambiar el capote por las zapatillas de punta?

R. Mi madre tuvo mucho que ver. Era aficionada al ballet y siempre tuvo el sueño de ser bailarina, aunque venía de una familia humilde y tuvo que trabajar desde muy joven [primero en una joyería y luego llevando la publicidad de la empresa de mi padre, especializada en trofeos]. Ella nos apuntó a una escuela de ballet a mi hermana y a mí. Hoy, la Escuela Municipal de Música y Danza de mi pueblo lleva mi nombre.

P. ¿Qué valores le inculcaron en casa?

R. El respeto, el saber estar, el sacrificio, el rigor con uno mismo… Creo que los he cumplido a rajatabla.

P. Pertenece a la «generación de oro» del ballet español, integrada por figuras como Tamara Rojo, Ángel Corella, Lucía Lacarra o Igor Yebra… ¿Qué condiciones se dieron para obtener tan excelente cosecha?

R. Fue esencial la disposición y total entrega de Víctor Ullate en el estudio. Él era el cable conductor que sabía transmitir con su energía. Nos enseñaba por sensaciones, más que por técnica, que es como aprenden los niños.

P. Un día cayó en sus manos un vídeo de Mijaíl Barýshnikov…

R. Sí, alguien de la escuela tenía la cinta VHS del Don Quijote de Barýshnikov, me la llevé a casa y cuando la vi me quedé impresionado. Yo quería ir a Nueva York tras ver ese vídeo, él me inspiró para querer ser bailarín.

P. ¿Cómo saltó de Madrid a Estados Unidos?

R. No tenía dinero para ir a EEUU, pero un amigo me dijo que había un concurso de ballet en Hungría, el de Nuréyev, y que el primer premio tenía una jugosa dotación económica. Me presenté, gané el concurso, y ese fue mi pasaporte a Nueva York.

P. En 1996 fue contratado por el Ballet de Pennsylvania (Filadelfia). ¿Fue duro empezar una nueva vida en Estados Unidos?

R. Al principio lo pasas mal. Fui solo, tenía 18 años y no sabía ni papa de inglés. Ni siquiera sabía dónde estaba Pennsylvania: ¡a mi madre le dije que me habían ofrecido un contrato en la ciudad de Drácula [risas]! Fue una decisión muy dura, porque tuve que dejar atrás a mi familia, abandonar mis estudios… Casi tripito primero de bachillerato, porque a los 15 o 16 años ya estaba viajando con la compañía y era inviable compaginar ambas cosas.

P. ¿Cómo recuerda su primera audición en el New York City Ballet?

R. Fue gracioso, porque estaban Peter Martins, Jerome Robbins y Edward Villella viendo la prueba, vamos, como si te examinaran Picasso, Velázquez y Dalí, y de repente entra a dar la clase Barýshnikov. ¡Imagínese! Peter, que era el director del NYCB, fue muy honesto conmigo. Me dijo que le encantaba mi trabajo, pero que tenía la temporada hecha y me iba a aburrir un poco. Por eso me aconsejó que me fuera al American Ballet Theatre, y le hice caso. Al año me nombraron bailarín solista. Siete años más tarde crucé la plaza: pasé del Metropolitan al Lincoln Center.

P. Ha bailado en grandes escenarios del mundo como el Bolshoi o la Ópera de París. ¿Le fastidiaba no ser profeta en su tierra?

R. Cuando, en 2019, me presentaron aquí dije que mi sueño era montar la compañía que me hubiera hecho quedarme aquí. Si España hubiera retenido el talento, si hubiera dado el valor y la visibilidad a los bailarines que nos fuimos, hoy tendríamos la mejor compañía del mundo.

P. El New York City Ballet atesora el legado de Balanchine, entre cuyas obras maestras está «El hijo pródigo». ¿Se sintió así cuando regresó a España como nuevo director del CND?

R. Sí, con una diferencia: yo no me quería ir como hijo pródigo. Me tuve que ir para tener una gran carrera. No me fui por rebeldía, me fui por necesidad… Yo he estado dando clase en conservatorio y a los alumnos les digo que les preparan para irse de España. Es la triste realidad.

P. ¿La danza en España es la «cenicienta» de las artes escénicas?

R. Sí, aunque las cosas están mejorando. Los presupuestos son bajos, pero gracias al apoyo del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, las dos compañías nacionales y multitud de compañías privadas reciben ayudas que nos han permitido, por ejemplo, sobrevivir en tiempos de pandemia. Lo cierto es que la danza llena teatros y el público está ávido de más funciones. Los programadores, los festivales y, por supuesto, las instituciones tienen que seguir apostando por ella. No solo proporciona cultura, es una industria.

Una Giselle inspirada en Bécquer

La foto que ilustra el cartel de «Giselle» se realizó en el Moncayo aragonés, con el aullido de los lobos de fondo. Es en este paraje (y no en un valle del Rin, como en el libreto original) donde se ambienta la historia de la bella campesina que enloquece y muere de amor tras sentirse traicionada por Albrecht, aunque su vínculo amoroso trascenderá la muerte. La versión de Joaquín De Luz, responsable de la coreografía y la dirección escénica, se inspira en el romanticismo español de la primera mitad del siglo XIX. «Le pasé al dramaturgo Borja Ortiz de Gondra la patata caliente de conectar ‘Giselle’ con la poesía de Bécquer», comenta el director de la Compañía Nacional de Danza, quien tras el confinamiento retomó su primera gran producción con los bailarines divididos en cuatro grupos y bajo estrictos protocolos sanitarios. «Giselle» se representó en el Teatro de la Zarzuela en diciembre con algunas funciones canceladas por el coronavirus. A partir de enero se prevé su gira por varias provincias españolas.

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