Jacques Hachuel

JACQUES HACHUEL

Me gustaría asistir a mi propio funeral. Imagino que irían Fidel Castro, Gadafi, Sadam Husein…


Hospedó a Warhol y agitó los años de la Movida. Se codeó con Mario Conde en la era de la gomina y el pelotazo. Y a Almodóvar lo sacó de Telefónica para producir su cine ‘underground’. Mercader global, judío, coleccionista, magnate del petróleo que asesoró a Franco y al Che… A punto de cumplir los 80, este multimillonario ‘comunista’ concede, por vez primera, entrevista, y cita a Magazine en su guarida-museo de Madrid.

Por JUAN CARLOS RODRÍGUEZ. Fotografía de CHEMA CONESA

 

Busco a Jacques. Pero no al hombre del mítico anuncio de colonia por quien suspiraba una bella y escotada modelo, no, sino al enigmático Jacques Hachuel Moreno (Tánger, 4-11-1929), hijo de padre argentino y madre española, cuya caudalosa y apasionante biografía le avala como uno de esos personajes que los anglosajones califican “más grande que la vida”.

Busco a Jacques: el mercader cosmopolita de origen judío; el señor del petróleo (actual presidente de la compañía petrolera H-Oil); el infatigable coleccionista de arte contemporáneo; el mecenas cultural; el divertido anfitrión que, en los 80, mezclaba a financieros, intelectuales y artistas de la Movida madrileña; el multimillonario que invertía en medios de comunicación y en ladrillo; el miembro de la Fundación Guggenheim de Nueva York; el académico de honor de la Real Academia de San Fernando; el ‘capitalista rojo’ entusiasmado con su proyecto de microcréditos en África… Busco a Jacques: el hombre que fue asesor comercial del Che Guevara; negoció con Sadam Husein; hizo fortuna junto al magnate petrolero Marc Rich; se dejó cautivar por Mario Conde; alojó en su casa a Andy Warhol e incluso fue el productor (a través de Tesauro) de las primeras películas de Almodóvar, “a quien yo saqué de Telefónica”, recuerda sin soberbia. Busco a Jacques, insisto, porque su fulgurante vida de gran Gatsby desprende un perfume embriagador.

Comencé a buscarlo (con la intención de entrevistarle) tras leer una reseña de Luis María Anson en ‘Las cartas boca arriba’, la sección que publica los domingos en El Mundo. El autor daba cuenta de un evento cultural africano que Hachuel –”un hombre cabal, un judío generoso, un intelectual que ama la música y entiende como nadie de pintura”– celebró en su mansión madrileña de Puerta de Hierro. A la cena, organizada para presentar al artista angoleño Nástio Mosquito, acudió “el todo Madrid de la cultura, de la empresa, de las finanzas, de la política y de la vida social”.

De alguna forma, aquel eco de sociedad resucitaba a un personaje que siempre prefirió vivir a la sombra de la discreción. Afincado desde hace años en París –donde estudió Economía y Políticas con notas brillantes–, sus múltiples actividades le obligan a vivir prácticamente en un avión.

La víspera de nuestro encuentro había viajado hasta Madrid para reunirse en el monasterio de El Paular, en Rascafría, con un equipo de 25 asistentes que tiene desperdigados por el mundo. “Pero a Madrid vengo, esencialmente, a visitar a mi madre, a punto de cumplir 100 años, y por una serie de recuerdos ligados a la Movida madrileña”, especifica este hombre de continua diáspora, que nos cita en su lujosa casa de Puerta de Hierro.

Nada más traspasar la puerta de entrada, se adivina la pasión por los coches del propietario: entre las berlinas que descansan en el porche, destaca su última adquisición, un flamante Rolls Royce Phantom. Su fascinación por las cuatro ruedas se remonta a los tiempos en los que trabajaba como ayudante en el taller de automóviles que su familia tenía en Tánger.

Y por fin encuentro a Jacques. Con aspecto de intelectual despistado, ágil, fibroso, vestido con juveniles vaqueros y con un reloj en cada muñeca (uno clásico y otro deportivo), no es el octogenario renqueante que uno espera hallar. “Lo importante es no echar tripa, ¿sabes? Creo que el envejecimiento empieza cuando comienzas a echar barriga”, señala quien se ha casado en tres ocasiones y es padre amantísimo de siete hijos (cuyas edades oscilan entre los 50 años del mayor y los 18 de sus gemelos) que le han dado seis nietos.

Su completo desayuno de 1.500 calorías, su entrenador personal, sus partidos de tenis, una Blackberry repleta de citas internacionales y, sobre todo, una “bulimia cultural” que no ha decaído con los años, le mantienen lucidísimo y “eternamente joven”. Así lo cree Luz de Châtillon, su secretaria desde hace 30 años, que define a su jefe como un «estratega de los negocios y un ‘gentleman’ divertido y fascinante».

La vivienda, repleta de cuadros, libros y pianos, es un zoco exquisito que refleja el alma de este Marco Polo posmoderno. De las paredes cuelgan cuadros de Andy Warhol, Keith Hering y Jean Michel Basquiat, entre otros. “Warhol vivió en esta casa un año antes de morir. Aquí pintó parte de su serie ‘Pistolas, Cuchillos, Cruces'”, revela.

Bajo el lucernario del vestíbulo, dos imponentes esculturas del artista cinético Jesús Soto. Tras dos horas de entrevista (la primera de carácter personal que concede), este “pianista frustrado” nos deleitará con unas csárdás (baile tradicional húngaro) de Vittorio Monti.

P. Borges escribió que «en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas». A usted le han ocurrido las suficientes como para concluir que su vida ha sido intensa y fructífera. ¿Suerte o empeño personal?

 

R. Primero, como dice la canción, “gracias a la vida que me ha dado tanto”. En mi vida se han cruzado personas y circunstancias extraordinarias. Me siento un privilegiado. Pero todo ha ocurrido por pura casualidad, lo que en filosofía se llama “encuentro de series”. Mis padres hubiesen querido ver en mí a un investigador, un pianista notorio, un hombre de reconocimiento internacional…, y en todo eso he sido un fracasado. Por el contrario, me convertí en un mercader.

P. En su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1992) se definió, efectivamente, como un marchante…

 

R. Antes de nada, déjeme decirle que, 500 años después de la expulsión de los judíos por los Reyes Católicos, fui el primer judío en ingresar en esta institución, con el reto de modernizar la bellísima Calcografía Nacional.

 

P. Enhorabuena. ¿Qué tiene Jacques Hachuel de Marco Polo?

 

R. Ja, ja, ja. Bueno, admiro a Marco Polo, y haber sido (y ser todavía) un mercader es lo fundamental de mi vida. En un mundo tan hostil, el comercio y la acción del mercader puede ser uno de los caminos para que los países vuelvan a encontrarse. Lo creo sinceramente.

P. ¿A qué se debe su frenética actividad en campos tan diversos como el coleccionismo de arte, el mecenazgo cultural o el comercio de petróleo?

 

R. Vivo con prisas desde que tomé conciencia de que no siempre seguiría vivo. La prisa es consecuencia de una especie de bulimia que me lleva a disfrutar de todo lo que ofrece la vida. De la familia, por encima de todo, pero también de las Artes, la música o la relación con la gente.

P. Como Marco Polo, usted ha traído también «paños finos» de Oriente…

 

R. Sí, desde 1987 presido la petrolera H-Oil, una compañía privada de exploración y producción de petróleo, gas y minerales, con base en Angola. Pero mi mayor satisfacción es compartir con mi familia ese gusto por la vida…

De repente, como una ninfa salida del jardín de las delicias, aparece su hija Leticia –la quinta de su prole– y se incorpora a la charla. Guapa, cultivada y cosmopolita, es el ojito derecho de papá. Tiene 22 años, acaba de licenciarse en Matemáticas y Estadística por la London School of Economics, habla seis idiomas y disfruta acompañando a su padre en sus viajes por medio mundo. «He aprendido más pegada a papá en estos últimos meses que en todos mis años de estudio», afirma, orgullosa de trabajar en diversas áreas de negocio del grupo petrolero.

P. Su secretaria, Luz, me comentó que siempre está imaginando nuevos negocios, que ve oportunidades donde otros ni las huelen… ¿Visionario?

 

R. Más que visionario, creo firmemente en dos lemas que procuro llevar a la práctica. El primero es “Sal de tu zona de confort”: la persona que acumula experiencias y se instala en un camino determinado, en mi opinión, se equivoca. Cuando ya está instalada, tiene que salir de esa posición de confort y dar un salto al vacío, aunque sea para darse la torta. El segundo es: “Identifica lo que va a ocurrir y anticípate”.

P. Se ha definido como un “capitalista rojo que siempre creyó en su perfil de ganador dentro del capitalismo”. ¿Lleva el gen tiburón en su ADN?

 

R. Así me llaman en África. No soy ningún empresario, ni mucho menos un tiburón. No soy un hombre rico.

P. Pues lo parece…

 

R. Vivo como un rico, nada más.

P. Bien rodeado, por cierto, de ‘picassos’, ‘bacons’ y ‘mirós’… ¿Es cierto que la Colección Hachuel de arte contemporáneo es la primera de España y la tercera del mundo?

 

R. Eso era antes; ya no. Digamos que estuvo entre las mejores del mundo.

P. ¿Qué criterio sigue para colgar un cuadro en su casa?

 

R. Es complicado. Hay cuadros que llegan y no pueden convivir con el entorno. Tuvimos un greco y no hubo forma de encajarlo, aunque a mi mujer le encanta El Greco. Estuvo tirado en el suelo, junto a nuestra cama, y al final se lo vendimos al Banco de España.

P. Sus padres le inculcaron su pasión por las Bellas Artes…

 

R. Sin duda. De niño recuerdo a mi padre tirando de mí, llevándome a galerías o museos, tanto en Tánger como en las ciudades donde se celebraba el salón del automóvil de turno, porque mi familia tenía un negocio de coches. Mi primer empleo fue de ayudante en el taller, revisando motores, y más tarde empecé a vender autos, primero en Tánger y luego en España, donde contribuí a la instalación de Citroën en Vigo. ¡Mi primer coche fue un 2 CV!

P. ¿Cómo recuerda su niñez en la “ciudad internacional” de Tánger (administrada desde 1923 hasta 1956 por varios países, hasta su reincorporación al reino de Marruecos), al abrigo de la Guerra Civil?

 

R. Con problemas permanentes de adaptación, porque mis padres me metieron en una escuela con 2 años y medio y siempre iba descolgado respecto a mis compañeros. No podía compartir juegos ni aficiones con los mayores.

P. No sé si su madre sigue riñéndole por aporrear el piano…

 

R. Ja, ja. Siempre dijo que tocaba el piano de forma ruidosa. Eso sí, cuando me fui a estudiar a París me escribía todo el tiempo para decirme que necesitaba ese martilleo insoportable. A sus 99 años, mamá [Estrella Moreno, hija de españoles asentados en Tetuán] sigue siendo una persona de orden.

P. ¿Cómo le marcó el París de Sartre y Simone de Beauvoir, la ciudad donde estudió Comercio y Políticas?

 

R. Me sentía como un africano ignorante que se encuentra ante las maravillas del mundo y quiere empaparse de todo: jazz, teatro, conciertos… Ya por entonces, padecía esa bulimia cultural. Como las chicas no me hacían mucho caso (por pequeño y por feo, supongo), tenía mucho tiempo disponible y me metía en cualquier manifestación y en cualquier círculo intelectual. Fui delegado de una asociación comunista franco-rusa y abrí el centro judío, sin demasiados correligionarios.

P. ¿Qué conserva de ese espíritu comunista?

 

R. Soy, básicamente, un hombre de izquierdas…, que está casado con una burgalesa católica y más bien de derechas, ja, ja, ja. El caso es que mis convicciones políticas me llevaron a Cuba para conocer ese comunismo.

Jacques Hachuel desembarcó en la isla en diciembre del 59, casi un año después de que Fidel Castro tomara el poder. Tenía 30 años y estaba harto de vender coches. Por casualidad o “encuentro de series”, acabó asociándose con Cofinanco, un grupo español de comercio exterior, contribuyendo a reanudar el comercio entre España y Cuba. “Franco me convocó varias veces para ayudar a los 400.000 inmigrantes españoles. Básicamente, Cuba entregaba tabaco, azúcar y ron, y recibía machetes de cortar caña y equipamiento agrícola, además de vino, turrón y muñecas por Navidades. Más adelante suministramos a la isla toda su flota pesquera, incluidos algunos cargueros construidos en astilleros españoles”, recuerda. A través de la mediación del magnate Jorge Antonio Chibenian, dueño del concesionario de Mercedes en Argentina y amigo del Che Guevara, Hachuel conoció al líder revolucionario y fue su asesor de comercio exterior durante cinco años.

P. ¿El Che que usted conoció estaba a la altura del personaje histórico?

 

R. Me divertía. Sufría de insomnio por culpa del asma y eso daba tiempos largos de charleta. Pero muchos de sus proyectos fracasaron. Cuando estuvo en el Instituto de Reforma Agraria inventó una máquina fantasmagórica de cortar caña que nunca llegó a funcionar. No le conocí ningún éxito, salvo con las mujeres, aunque físicamente no era ese Jesucristo de los posters…

P. En 1973, empieza a trabajar en Phibro (entonces primera compañía mundial de materias primas, minerales y metales) de la mano del magnate Marc Rich, con quien fundaría Marc Rich & Co., actual Glencore. ¿Es en esa etapa cuando empieza a labrar su fortuna?

 

R. Aquella fue una época de exitazo y aluvión dinerario, por las variaciones del precio del petróleo. Pero nunca he medido mi fortuna…

P. ¿Sigue teniendo relación con su socio histórico Marc Rich? (antecedente del estafador Bernard Madoff), Rich estaba considerado “el evasor de impuestos más importante en la historia de EEUU”.

 

R. No tengo ninguna relación con Rich, pero sigo manteniendo buenas relaciones con Glencore, que acabó en manos de los trabajadores.

P. ¿A los petroleros como usted les afecta la crisis?

 

R. No, nuestro campo de actividad es ajeno a la actual crisis financiera. El precio del petróleo seguirá subiendo, pero está en niveles aceptables.

P. ¿Vamos hacia una refundación del capitalismo, como dice Sarkozy?

 

R. Creo que sí. Como ocurrió con el comunismo, el capitalismo liberal es también un fracaso indudable. Los gobiernos han delegado en la iniciativa privada una serie de responsabilidades que a ésta no le incumbían. Debemos ir a otro tipo de capitalismo, con mayor intervención estatal.

P. En los 80, tras vender su participación en Marc Rich & Co., y coincidiendo con la victoria del PSOE de Felipe González, hace fuertes inversiones en nuestro país: compra los grandes almacenes Celso García, la inmobiliaria Urbis, periódicos como ‘El Independiente’… ¿Dinero llama a dinero?

 

R. Sí, indudablemente, porque el dinero da capacidad de financiación y acceso al poder. Por otra parte, hay gente que se acerca a ti por el brillo; muchas de estas personas te adulan y te proponen todo tipo de negocios, pero por lo general son incapaces de saber si de verdad tienes o no dinero.

P. Durante la Movida, su casa de Puerta de Hierro se convirtió en punto de reunión de la ‘beautiful people’. ¿Le gustaba su papel de anfitrión?

 

R. A mí siempre me ha gustado hablar con gente y que la gente hable entre sí. Por entonces, invitábamos a financieros, al cura de Vallecas, a grupos como Alaska y los Pegamoides o a cineastas como Pedro Almodóvar. En cierta ocasión, a mi burgalesa [así llama a Marta, su mujer] le dolió que un desalmado apagara su colilla en un ‘kandinsky’.

P. A través de su productora cinematográfica, Tesauro, produjo buena parte de las películas de Almodóvar. ¿En qué circunstancias se conocieron?

 

R. Almodóvar solía mostrar sus películas de 35 mm en la cafetería de la Torre Madrid, edificio que albergaba las oficinas de Cofinanco donde yo trabajaba. Era la época en que a mí me interesaba el cine ‘underground’ americano. Me atrajo su frescura y le propuse financiar una película. La primera fue ‘Pepi, Luci, Bom…'[1980] Se podría decir que yo le saqué de Telefónica. Por entonces, fundé Tesauro, a través de la cual produje todo su cine posterior, hasta que él montó su propia productora, El Deseo.

P. ¿Cómo juzga la evolución de Almodóvar como cineasta?

 

R. Le voy a decir sólo una cosa: no he ido a ver su última película.

P. Almodóvar podría haberse inspirado en usted para retratar al malvado productor de cine de ‘Los abrazos rotos’, un multimillonario posesivo enamorado de una bella actriz. ¿Se siente retratado? ¿Acaso Almodóvar le tiene una especial inquina?

 

R. No, no me siento retratado, pero hay una cosa extraña… Lo normal, cuando dos personas han hecho un camino de iniciación juntos, es que se cree alguna relación de amistad. Pero por alguna razón, él no quiso mantener ese nexo. Quizá prefirió permanecer aséptico ante su productor. La química entre él y yo no funcionó, y tampoco llegó a conectar con mi ex mujer. Admiro toda su trayectoria profesional, pero a nivel personal no hubo nunca ningún calor.

P. ¿Qué significó su ‘encontronazo’ con Mario Conde (fue condenado a cuatro años por el ‘caso Banesto’, en la llamada ‘operación Carburos Metálicos’, aunque sólo pasó 53 días en la enfermería de Alcalá Meco, en septiembre de 2002)?

 

R. Primero, su perfil me sedujo mucho desde el principio. Y seducido por Conde me metí en la aventura de Banesto. Ese asunto fue mal, hubo un juicio y estuvimos ante los tribunales. Respecto a esto, sólo puedo decir que el Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas, en julio de 2007, condenó a España por las irregularidades judiciales.

P. ¿Cómo le marcó Alcalá Meco?

 

R. Fue una excursión que no me marcó para nada.

P. Treinta años después de la Movida, ¿ha cambiado mucho el percal?

 

R. No he sido capaz de identificar algo parecido a la Movida, en que la gente esté muy viva y proteste y proponga. Puede que España esté culturalmente más asentada, pero echo de menos aquella chispa.

P. En unos días cumplirá 80 años y, en su finitud, aún no le han ocurrido todas las cosas. ¿Cuáles desearía que le ocurrieran?

 

R. (Sonríe) Tengo un sueño imposible: me gustaría asistir a mi propio funeral y escuchar los comentarios de unos y de otros. Me imagino quiénes asistirían: Fidel Castro, Gadafi, Sadam Husein.. Toda esa gente con la que he tenido algún contacto. Asistir en ese cortejo sería enormemente cachondo. Si el Rey le dijo a Chávez: “¿Por qué no te callas?”, a mí me diría: “¿Por qué no hablas?”.

 

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