Entrevista a Julio Anguita

Julio Anguita luce una barba blanca que suaviza sus facciones.

Julio Anguita luce una barba blanca que suaviza sus facciones. ‘Tengo una pensión de 1.848 euros, un Seat León y un ordenador. ¿Para qué más?’

  • Está retirado de la primera fila de la política desde 1999

  • A sus 72 años hace deporte y juega al mus

  • También sigue con su activismo: escribe, da conferencias…

  • Combate con su Frente Cívico-Somos Mayoría

  • A lo largo de la conversación asoma ese Julio ferozmente humano

 

Las chicas de la editorial le propusieron ir a recogerle a la estación de Atocha, pero Julio Anguita (Fuengirola, Málaga, 21-11-1941) ha preferido hacer a pie el corto trayecto hasta el hotel. Le va bien a su delicado corazón. Vestido con un traje de pana azul, el viejo roble de la izquierda -érase un hombre a un programa pegado- arrastra su pequeña maleta por el Paseo del Prado, sortea el basural desperdigado por la calle y entra en el lobby con andar renqueante. A pesar de estar ya alejado de los focos, y de lucir una barba completamente blanca que resta fiereza a sus facciones morunas, la gente reconoce enseguida al viejo califa.

Retirado de la primera fila de la política desde que dejó Izquierda Unida en 1999 por culpa de su último infarto, sus mañanas de jubilado en Córdoba las dedica a ejercitarse en el gimnasio desde las 7.30, a hacer un kilómetro de natación y a jugar su partidita de mus. Pero, a sus 72 años recién cumplidos, el resto del tiempo sigue con su activismo entusiasta: escribe, da conferencias, publica libros o pone en pie de combate al personal con su Frente Cívico-Somos Mayoría, un “proyecto de sentido común” en el que ya militan unas 15.000 personas. Cualquier cosa con tal de luchar contra este “estado de excepción” en el que está sumida España.

Prueba de ese activismo tenaz es su nuevo libro, Contra la ceguera.Cuarenta años luchando por la utopía (La Esfera), una biografía política resultado de largas conversaciones con el periodista vasco Julio Flor. En sus páginas, Anguita repasa sus primeros años en Córdoba como primer alcalde comunista de España; su etapa como diputado andaluz y su lucha a contracorriente como líder de IU. Un camino de rosas y espinas en el que este profesor de escuela metido a político tuvo que enfrentarse a Carrillo, a Felipe González, a José María Aznar, al rey Juan Carlos e incluso a sus compañeros de partido. Hijo de un autoritario suboficial del Ejército y de una gobernanta de una residencia militar que le inculcó el arte de la resistencia, a lo largo de la entrevista asomará también ese otro Julio ferozmente humano. Un hombre tímido, sensible y afectuoso que admite haber sido un mal padre, que llora al recordar la muerte de su hijo en la guerra de Irak o que declara estar enamorado de su tercera mujer.

Llega a Madrid a bordo del AVE, refulgente símbolo de progreso y modernidad, y aterriza en un Madrid maloliente como consecuencia de la huelga de limpieza (que concluyó el pasado 17 de noviembre). ¿Metáfora de esta España que se ha ido definitivamente a la mierda?
Verá usted (agita nervioso la pierna izquierda). De esa España que está en una situación extrema hay muchos responsables. No es cuestión de imputárselo al gobierno actual ni al anterior, que también, sino, sobre todo, a esa espacie de rapto bobalicón que significó Europa: el proyecto concreto de Maastrich y de la moneda única, causantes de la actual situación.
Me consta que no usa Facebook ni Tuitter pero, ¿me podría resumir esta crítica situación en 140 caracteres?
Estamos en un estado de excepción desde el punto de vista económico, social, político, moral e ideológico que puede conllevar una quiebra del propio Estado.
¿Y esto se arregla con “programa, programa, programa”?
(Sonríe). Sí, sí, sí. Pero depende de qué programa. Hay que discutir si el modelo europeo actual es el que nos sirve. Los gobiernos nacionales ya no deciden nada, sólo acatan las imposiciones de la troika (como se conoce popularmente al triunvirato formado por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional). Y que no me digan que vienen inversiones, porque eso es un cuento chino.
Pero si hasta Bill Gates acaba de comprar el 6% de FCC…
Eso es un juego de élites; gente que gana dinero, invierte, compra y saquea un país. Pretenden hacernos creer que esto también redundará en nuestro beneficio, pero es radicalmente mentira.
Dice que su libro Contra la ceguera. Cuarenta años luchando por la utopía, “es un grito”. ¿Por qué necesitaba clamar? ¿Y por qué ahora?
El libro refleja mi deseo impenitente de explicar, quizá por ese afán de maestro de escuela. Los hechos no son así porque han caído del cielo, sino porque tienen sus causas. Cuando la gente habla de la crisis, lo hace con el fatalismo con que los pueblos primitivos hablaban de la fuerza del volcán. Pero hay que recordarle a la población -a la que quiera pensar, a la que quiera leer- que de aquellos polvos de Maastrich vienen estos lodos.
Con 13 años leyó el devocionario de los hermanos trinitarios de Córdoba, donde leyó que El Paraíso prometido era “un foco purísimo de saber” para entender el mundo, y eso le marcó de por vida. ¿Su necesidad de saber se mantiene intacta a sus 72 años?
Yo fui creyente hasta los 16 o 17 años. De aquella primitiva fe, que ha desaparecido por completo (soy ateo, no agnóstico) queda un impulso por buscar el absoluto, las últimas causas. De hecho, una parte importante de mi modesta biblioteca está dedicada a la física cuántica. ¿Por qué? Porque quiero encontrar de una vez que alguien me explique dónde estamos y de dónde venimos. Sé que es un acto de soberbia, pero qué le vamos a hacer…
¿Es cierto que nunca ha anhelado el poder, sino la sabiduría?
Si he querido el poder, porque nunca le he hecho ascos, ha sido para hacer cosas. El poder por el poder es lo más aburrido que conozco.
Cuarenta años combatiendo la ceguera. ¿No se cansa?
Dentro de lo que me permite mi salud, que tengo que cuidarla muchísimo, escribo, doy conferencias, he impulsado plataformas como el colectivo Prometeo o el Frente Cívico “Somos Mayoría”… Ahora estoy involucrado hasta en 12 asociaciones, porque lo que a uno le pide el cuerpo es ayudar. Esto es un mal de la izquierda: intentar suplir con un esfuerzo titánico y a veces suicida lo que no hace la mayoría de la población.
Cuando usted tenía 11 o 12 años, su padre, suboficial del Ejército, advertía a las visitas: “No dejarle que hable, no dejarle que hable, porque nos convence”. ¿Siempre tuvo el don de la palabra?
Ja, ja. Mi padre decía eso no porque fuera buen orador, sino porque siempre procuraba armarme de razones antes de hablar. El secreto está en el trabajo. Pero cuando oigo hablar a algunos diputados pienso: este no se ha preparado en absoluto. En el fondo esta gente desprecia a la ciudadanía. Y a un político le pagan para que piense, no para que hable mucho.
Habrá ligado mucho gracias a su pico de oro…
Noooo. Permíteme que le cuente una anécdota. En 1986 yo estaba recorriendo los pueblos andaluces para explicar el proyecto “Convocatoria por Andalucía” (germen de IU) y en un momento dado el partido me puso un conductor, el camarada Francisquín. Al cabo de año y medio, éste me confesó: “¿Sabes por qué fui contigo? Porque pensé: con este tío se tiene que ligar mucho, y yo pillaría algo de rebote, pero luego vi que no”.
Insisto: ¿la palabra ha sido su mejor arma en el terreno amoroso?
Mire, es un terreno del que yo nunca hablo. Mantengo que los políticos no tenemos vida privada (en el sentido de que el ciudadano tiene que saber qué dinero tenemos o si somos unos maltratadores), pero sí vida íntima.
¿Julio Anguita es comunista por la gracia de Dios?
Yo dejé de creer en Dios a los 16 o 17 años porque la religión no me daba las respuestas que sí me ofrecía el PCE, aunque siga teniendo un temperamento religioso en el sentido de religare, que significa la búsqueda de un absoluto, de las causas últimas. Me hice del PCE por dos razones: porque era el partido más importante en la lucha contra Franco y porque ofrecía una teoría en torno a la liberación de los trabajadores y a la construcción de un mundo alternativo. Mi apuesta sigue siendo válida.
En 1979 deja sus clases en el colegio Los Califas y forma parte de la candidatura del PCE. ¿Cómo recuerda su primer mitin electoral?
Fue en Castro del Río (Córdoba). Empecé hablando muy bajito y la gente me miraba muy perpleja. Pronto me di cuenta de que había captado su atención. De los mítines me satisfacía poder seducir y trasladar el conocimiento que lleva a la reflexión, como el maestro que se realiza cuando ha trasvasado el saber con acierto.
¿Le engancharon los aplausos?
Cuando doy una conferencia me pone nervioso que la gente empiece a aplaudir. Soy un gran tímido, como muchos actores.
Usted fue un alcalde de tiza y pizarra. ¿Falta pedagogía en la política actual?
El político tiene que hacer como Prometeo: robar el saber y dárselo a la gente. Pero a veces la gente no quiere saber.
En 1988 le eligen secretario general de PCE contra su voluntad, con la excusa de “salvar el proyecto”. ¿Cómo vivió ese desgarro?
En el 88 el partido estaba muy mal y hubo gente que lanzó la consigna de que yo tenía que ser el Secretario General del PCE. Se lo confesé a Felipe Alcaraz tomando un café: hay gente del partido que me está empujando a rastras a Madrid y voy a tener un encontronazo. Ellos pensaron que yo era un chico que daba votos, dúctil y maleable, y se equivocaron conmigo. Soy blando en las formas, pero duro en el fondo.
Aquellos primeros años en Madrid se sintió muy solo…
Tremendamente solo. Hubo momentos en los que añoraba Córdoba con tanta angustia que salía temprano desde Madrid, me hacía 403 kilómetros sin autovía, estaba un rato en mi ciudad, comía, y regresaba esa misma tarde. Pero a veces, esa gran soledad también era buscada. No me gustaba alternar con los compañeros de partido; nunca fui a “las lentejas de Mona” (el popular cenáculo de la vida política en los años de la Transición).
¿Hubo o no hubo pinza?
Fue una fabulación a la que dio pábulo el grupo PRISA. Una vez José María Aznar se me acercó en el Congreso y me planteó que hiciésemos una moción de censura a Felipe González. Le pedí que me lo explicara por carta y lo hizo. Todavía la conservo. Estamos hablando de las horas más bajas del PSOE, cuando era sinónimo de corrupción y de crímenes de estado. El caso es que planteé la moción a IU y acordamos que no. Pero si hubiésemos aceptado hubiésemos echado a Felipe de la Moncloa.
¿Cuál ha sido la mayor aportación de IU a nuestra historia política?
La elaboración colectiva. Políticos que estudian una idea, con el apoyo de unos técnicos, para defender un criterio propio de forma coherente.
¿Y el legado de Julio Anguita?
Poco legado. Yo lo que he sido es un hombre muy tesonero. Mi mensaje a los políticos es que estudien, que sean coherentes, y si hay algo que no vale, que lo digan. Para mí lo importante es el proyecto: qué quiero hacer.
Ayer le comenté a un cuñado militar, del PP, que le iba a entrevistar y me respondió: “Para ser comunista era bastante coherente”. ¿Se siente un referente, incluso para las personas más insospechadas?
No niego que hay sectores de la derecha a los cuales caigo bien, quizá porque siempre he hablado con claridad, he predicado con el ejemplo y he vivido con modestia.
¿Cuáles son sus pertenencias?
Mi nómina de jubilado (1.848 euros en 14 pagas, más unos ingresos esporádicos que pueden estar en torno a los 500 euros mensuales), un Seat León que compré hace 13 años y un ordenador… Con esto vivo muy bien, ¿para qué más?
En el libro se adivina un hombre más sensible de lo que a simple vista parece…
Me considero una persona incluso afectiva, lo que pasa es que soy tímido y no doy mis afectos a cualquiera.
¿Cuándo fue la última vez que lloró?
Cuando un periodista llamado Julio Anguita Parrado murió en la guerra de Irak. Estuve mucho tiempo guardando la compostura, pero una noche los diques se rompieron (se emociona).
Dice que ya no ve la muerte con angustia: “Me curó de eso mi hijo Julio en 2003”
Sí, puede sonar contradictorio, porque yo no creo que haya un más allá. En cierta medida, donde él haya ido, iré yo. Sé que no me lo voy a encontrar, pero es un consuelo.
¿Ha echado de menos el consuelo de aquella fe que tuvo de niño?
No, no sirve, porque entre otras razones la fe te dice: “es la voluntad de Dios”. A mí eso no me vale, yo quiero discutir con ese Dios, que me cuente a mí si aquello fue justo.
Yo hice prácticas en El Mundo con su hijo. Hoy tendría 42 años…
Sí, los hubiera cumplido el 3 de enero…
Habiéndolo conocido, estoy convencido de que hoy sería muy beligerante con la precariedad que afecta al periodismo, ¿no cree?
Seguro. Mire, yo he visto a grandes estrellas de la comunicación con sueldos astronómicos tratar a patadas a sus compañeros, cuando está claro que no harían nada sin el trabajo de los jornaleros de la información. Lo del “cuarto poder” se lo han creído los que viven de él, pero en el fondo obedecen al poder y se asimilan a él. Este es el drama de los medios de comunicación y de los profesionales que trabajan en ellos.
Se le tiene por una persona íntegra. ¿Ha sido buen padre?
Yo quiero muchísimo a mis hijos, pero no he sido un buen padre. Ni bueno ni malo. No los he maltratado, y he velado porque tuvieran cubiertas sus necesidades, pero no he estado en casa lo suficiente por razones políticas y personales. Estas son contradicciones que hay que asumir.
La política le apartó de su meta verdadera meta: ser profesor de Historia contemporánea. ¿Aún tiene esa espina clavada?
Mi gran frustración es no haber dado clase en la universidad. He intentado en dos ocasiones terminar la tesis doctoral y por dos veces la puñetera política me lo ha impedido. La primera, cuando me eligieron alcalde de Córdoba, y la segunda cuando surgió el Frente Cívico.
En 2007 se casó en segundas nupcias con su tercera mujer, María Agustina, una profesora de inglés experta en nuevas tecnologías. ¿Le ha introducido ya en las redes sociales?
Está empeñada en que me ponga el whatsApp , pero me niego. No tengo Facebook (aunque quiero denunciar que hay una persona que está utilizando mi nombre y no soy yo), ni Twitter, y utilizo lo justo el ordenador. Que no, que no, que yo no me dejo arrastrar por todo esto.
En el amor, ¿hasta que el programa los separe?
Creo que sí, al menos ahora es mi posición racional y vital. Quiero decir que estoy enamorado, y ojalá que esto dure para siempre. Si no fuera así y entrara en la decrepitud, me conformaría con tener una habitación, un ordenador para sacar documentos y salir de vez en cuando a la calle a tomar el aire. Soy una persona que puede vivir con poco. Y eso es mucho.
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