Decir siempre la verdad por más que duela

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 Albert Boadella, escritor, actor y dramaturgo:
“La hipocresía es uno de los grandes avances de la civilización. Tiene que existir un equilibrio entre las cosas que te guardas y las que dices. Ser un honesto radical sería lo más parecido a un niño crónico, Resultaría patético”.

Haga la prueba. Intente registrar mentalmente las pequeñas mentiras que, casi inconscientemente, va soltando alegremente por ahí. O si lo prefiere, las medias verdades que utiliza para relacionarse con su madre, su pareja, sus hijos, sus amigos, sus compañeros de trabajo, su jefe, su portero, su ligue cibernético… y, por supuesto, consigo mismo. Comprobará que no es usted tan honesto como creía. Si le sirve de consuelo, no está solo. Resulta prácticamente imposible decir la verdad en todo momento…

La farsa mueve el mundo. Sin las mentiras, los matrimonios se resquebrajarían, los trabajadores irían al paro, los gobiernos se colapsarían y el ego de mucha gente terminaría hecho añicos. Las mentiras del día a día no son tan descomunales como las de Alicia Esteve Head, la catalana afincada en Nueva York que durante tres años se hizo pasar por una superviviente del ??-S e incluso presidió una asociación de víctimas. No somos mentirosos tan patológicos. Usamos mentiras piadosas, verdades disfrazadas, trolas de andar por casa. «No podré ir a cenar, me duele el estómago». «Nunca veo Aquí hay tomate». «Mañana sin falta entrego el reportaje». ¿Acaso no se pueden evitar? Complicado. Al menos el psicoterapeuta estadounidense Brad Blanton parece haber encontrado la solución. Y expone su doctrina en un libro titulado Honestidad radical. Según este gurú texano de 66 años afincado en Stanley (Virginia, Estados Unidos), «todos seríamos más felices si dejásemos de mentir». Esto ya resultaría suficientemente radical, un mundo sin mentirijillas.

Pero Blanton va más allá e incita a que nos deshagamos de esos filtros que existen entre nuestro cerebro y nuestra boca. «Si lo piensas, dilo». Confiésale a tu jefe que quieres fichar por la competencia. Si tienes fantasías sexuales con la hermana de tu mujer, no sólo debes decírselo a tu cuñada, sino también a tu esposa. Si tu amiga rechoncha te pregunta cómo le sienta su nuevo vestido, sácala de dudas: «Estás gorda». No te cortes. ¿Que no te dejan meter baza en una conversación? Haz como Umbral en aquel debate presentado por Mercedes Milá: «¡Yo he venido aquí a hablar de mi libro!». Si te hacen una pregunta impertinente, brama como hizo Fernando Fernán-Gómez a un reportero de Caiga quien caiga: «¡A la mierda!».

Mentir lo justo. Blanton considera que la honestidad radical es el único camino hacia una relación auténtica con los demás, hacia la verdadera comunicación. «Yo abogo por no mentir nunca en las relaciones personales. Pero si Ana Frank está escondida en el ático y los nazis llaman a tu puerta… miente. Yo miento en la declaración de Hacienda. También miento en el golf y en el póquer», explica este profeta de la verdad, que se ha casado en cinco ocasiones (su última mujer es una azafata sueca 26 años más joven) e imparte talleres de honestidad radical a 2.800 dólares (?.900 euros) la semana, que implican un día de desnudez total: sus alumnos se exponen a escuchar sus eructos y sus pedos.

Me propongo el reto de emular a Jim Carrey en Mentiroso compulsivo (?997), aquella comedia en la que un abogado lenguaraz y patrañero se ve obligado a decir siempre la verdad por expreso deseo de su hijo. Una llamada de mi ex jefe, ahora director de El Mundo en Baleares, me brinda la ocasión perfecta para poner a prueba mi experimento. Antes de ocupar su nuevo cargo organizó una cena de despedida con la gente de redacción a la que no fui invitado. Aunque trabajo como colaborador externo, me sentí ninguneado, porque al fin y al cabo formo parte del equipo y manteníamos una antigua y cordial relación profesional, o eso prefiero creer. Estaba a punto de restregarle el asunto, pero en el transcurso de la conversación le invadió la nostalgia: «Cuando vuelva por Madrid me gustaría hacerme una foto de recuerdo con todos vosotros». Estuve a punto de soltarle: «¡A la mierda!». Pero lo que salió por mi boca fue: «Supongo que trasladarte de repente a Mallorca tiene que haber sido un caos, incluido el coñazo de buscar colegio para tus hijos».

¡Auxilio! ¡Soy más diplomático de lo que yo pensaba! Para soltar verdades como puños nadie mejor que el doctor House en su serie de televisión, capaz de espetarle a un paciente condenado a muerte: «Tengo que dejarlo nuevecito para que el Estado se lo cepille». Otra opción es hacerse amigo de Risto Mejide, el «jurado borde de Operación Triunfo». Risto, creativo publicitario de 32 años, saltó a la fama gracias a los comentarios radicalmente honestos que dedicaba a los triunfitos. Recordemos algunas ristadas… «Eres como un consolador: perfecta en la ejecución, pero tremendamente fría en el sentimiento» (a Lorena, a la postre ganadora del concurso). «Te veo como un producto que no compraría nadie. Esto no es Operación ‘Cachas’, esto es OT»… «Has sacado el Gollum [odioso y feo personaje de El señor de los anillos] que llevas dentro»… «Sólo falta que los de estilismo hagan algo para que nuestros bellos concursantes luzcan más y no las vistan a ellas como putas y a ellos como payasos» (lindeza para los estilistas).

En los encendidos foros de Internet le acabaron rebautizando Risto Mejode, y muchos jóvenes vieron en él a un nuevo héroe borde. Cada vez que aparecía en pantalla, la audiencia del programa se multiplicaba por dos: del 22% al 44% de share. Conscientes de que el «factor Risto» enganchaba a los telespectadores, otros reality shows como Factor X o Supermodelo han seguido su estilo.

A solas con Risto. Pero, ¿sería Risto Mejide tan honestamente radical como aparentaba? Le envío un correo electrónico proponiéndole aparecer en el reportaje e intento buscar su complicidad diciéndole que «no debe ser fácil ser Risto el de la tele las 24 horas del día». ¿Su respuesta? «Si quieres aparezco en tu reportaje, pero yo no te preguntaré si te resulta muy difícil trabajar para Pedro J., y tú no tratarás de descubrir a ese Risto sensible y bonachón que crees que llevo dentro». ¿Acaso me habrá tomado por un lameculos? ¡Menudo gilipollas!, pienso. Pero no se lo digo, claro, porque no se prodiga en los medios («mejor que saber estar es saber no estar»).

Después de arrodillarme a los pies de Risto (a la vuelta de vacaciones ya no quería participar) y confesarle que podría ser el personaje de portada, decide que mi honestidad merece «el beneficio de la duda» y me cita en el hotel Urban de Madrid. Mi «gurú» saluda con distante amabilidad. Viste camiseta negra con el lema «Y espérate» (que «vale tanto para si las cosas van bien como mal») de su recién creada agencia de publicidad, Aftershare, y luce sus características gafas de sol graduadas. Ni rastro de su melena.

A Risto, decir lo primero que a uno se le pasa por la cabeza le parece «una inconsciencia». Por el contrario, Blanton no tiene inconveniente en dar detalles sobre su vida sexual si le preguntan por ello: «Me he acostado con más de 500 mujeres y con media docena de hombres. También he practicado sexo con animales y he hecho tríos. En uno de ellos había una prostituta hermafrodita». Le digo a Risto si sería capaz de confesar algo parecido. «Si la ocasión lo requiriese, no me importaría. ¿Pero sabes a qué me suena todo esto? Al niño que dice pedo, caca, culo, pis… A ganas de escandalizar, y yo no tengo necesidad de ello».

–¿Entonces, no se considera honestamente radical? –Si tengo que decirte que me gusta tu camisa, porque te vas a sentir mejor, te lo diré, no tengo ningún problema. Eso no es educación, sino civismo. Pero si tú tienes que salir en televisión, me preocupo por ti y te digo: «No salgas con esa camisa, porque la gente te la va a criticar».

–Mira que comparar a Lorena con un consolador… –Yo decía las cosas de la manera más notoria posible, como se hace en publicidad. Buscaba notoriedad en el mensaje y foco en la reacción.

–¿Un creativo publicitario miente más que habla? –La mentira es inferior a la verdad porque no dura, del mismo modo que la belleza es inferior a la fealdad porque tarde o temprano perece. Nosotros jugamos con la seducción, que tiene que estar basada en la verdad. Normalmente, el que seduce detecta la necesidad del otro.

–¿Cuál sería la verdad que nunca te gustaría escuchar sobre ti? –[Se lo piensa durante siete segundos]. Me gustaría escucharlas todas.

Cuando la grabadora se apaga le confieso que la entrevista me ha parecido tensa. Tengo la sensación de haber entrevistado a un ‘producto’, a la marca Risto. Tras la sesión de fotos, le comenta a un amigo que un día se cruzó en este mismo hotel con Darek, el novio de la Obregón. «El tío es impresionante. Estoy pensando en hacerme gay». Aunque off the record, quizá sea la única declaración honestamente radical que me llevo de él.

Alejandro Navas, profesor de Sociología de la Universidad de Navarra, entiende que la doctrina de Blanton es una respuesta contra la tiranía de lo políticamente correcto y obedece a un viejo afán por escapar de las normas. «Pero el ser humano es cultural por naturaleza; la pura espontaneidad es imposible», argumenta. En su opinión, no decir lo que se piensa no equivale a impedir la comunicación. «La alternativa no es completa transparencia o completa falsedad; lo normal es que seamos veraces, pero sin decir todo lo que pensamos, porque de lo contrario la convivencia sería nociva y perjudicial. La gente valora a alguien que habla claro sin insultar ni ser grosero. Paralelamente, que haya gente que diga verdades incómodas, que la mayoría no se atreve a decir, puede ser muy beneficioso. En las cortes medievales, el bufón tenía bula para decir esas verdades que nadie se atrevía a formular por miedo a contrariar al Rey».

Crítico y mordaz con el poder establecido, Albert Boadella, actor y director de la compañía teatral Els Joglars desde hace 42 años, bien podría ser la encarnación del bufón contemporáneo (que se lo digan a Jordi Pujol). Pero cree que «la hipocresía es uno de los grandes avances de la civilización». En las relaciones con los demás apuesta por la contención: «Tiene que existir un equilibrio entre las cosas que te guardas y las que dices». Para este cómico, una persona honestamente radical no es necesariamente auténtica; «sería lo más parecido a un niño crónico, con muchas posibilidades de resultar patético».

Honestidad como arma. Boadella, autor de Adiós Cataluña, último Premio Espasa de Ensayo, contribuyó a fundar la plataforma Ciutadans de Catalunya para luchar contra un nacionalismo catalán que considera excluyente. «Y entonces la honestidad radical se convierte en un arma: las cosas que dices se convierten en puñales porque estás dispuesto a que el otro reciba la puñalada». ¿Consecuencias personales? «La muerte civil en Cataluña, silencio total sobre mi trabajo y la sensación ante la ciudadanía de que soy una persona ‘non grata’». No hace mucho, el Ayuntamiento de Bellpuig (Lérida) le otorgó el Premio Boira (niebla) que castiga a los «enemigos de Cataluña». Boadella respondió con una carta al alcalde donde empleó su honestidad radical para desahogarse: «Váyase concretamente a la mierda, usted, sus premios y la Cataluña que nos quieren imponer», finalizaba la misiva.

Una vida de honestidad radical está llena de enfrentamientos diarios. Y la escritora Lucía Etxebarría («sagitario con ascendente sagitario, el signo menos diplomático de todo el zodiaco») los ha sufrido desde que tenía uso de razón. Dice que no sabe mentir. A los ?6 años entró en su casa de madrugada y se encontró a su madre (católica a más no poder, además de franquísima) apuntándole a la frente con una pregunta:

–¿Has estado en la cama con un hombre? –Sí.

Un «sí» como una ducha fría. «Casi le da un infarto. Ahora que tengo 40 años y soy madre de una niña, creo que fui una inconsciente. Podría haberle ahorrado el disgusto», reflexiona. En diferentes etapas de su vida, Lucía ha perdido su trabajo por tachar a su empresa de «xenófoba»; ha sido condenada al ostracismo por una editorial tras pelearse a muerte con un crítico literario y hasta ha perdido a un amigo escritor por decirle a la cara que no le gustaba su libro. «Como la he practicado mucho, doy fe de que la honestidad radical es un sistema que no funciona», afirma, dando un corte de mangas a míster Blanton. Su madurez le ha enseñado a «economizar la verdad»: «Si pienso que a mi amiga Puri le queda fatal su vestido nuevo que le ha costado el sueldo de un mes, no se me ocurre decírselo. Y si mi amigo Pepito me enseña una escultura nueva que le ha costado seis meses crear, nunca diré que me parece un churro, sino que tiene una influencia de Giacometti».

Sólo se atreve a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad si cree que eso no causará sufrimiento. «Si una señora me dice que su marido es fiel y yo sé que no, me callo. Pero si la cornuda es amiga mía y me pide que le hace falta saber la verdad, se la digo». Para la escritora, las medias verdades piadosas acaban haciendo daño a la larga: «Cuando se le murió el pajarito a mi hija se lo expliqué con tacto, pero no le dije que se había ido a una granja. También agradecí mucho al médico que no me ocultase la gravedad de una operación. Y cuando una pareja me ha sido infiel, me ha jodido mucho que mis amigos me lo ocultasen para no hacerme daño».

Carlos Boyero, prestigioso crítico de cine, a quien el desaparecido escritor Manuel Vázquez Montalbán comparó con el Sulfatán (una vieja marca de lejía) por sus corrosivos comentarios, me cita en su casa. ¿La honestidad radical nos hará más felices?, pregunto. «No lo creo. La verdad descarnada haría el mundo bastante más incivilizado de lo que es. Creo que hay que callarse determinadas cosas para no ofender innecesariamente. Pero si un fulano me parece un hijo de puta en su comportamiento cotidiano y encima tiene poder, entonces digo lo que pienso si me lo preguntan». ¿Qué le parece Risto? «Si yo fuera un triunfito le hubiera echado un lapo a la cara». A lo largo de sus 30 años de carrera reconoce que a veces se ha equivocado en sus juicios, «pero como escribo en primera persona nunca digo ‘la verdad es ésta’, sino ‘mi verdad es ésta’», dice.

Boyero, que cita a John Ford, Luis Buñuel, Fernando Fernán-Gómez y Javier Bardem entre sus honestos preferidos, no oculta sus mentirijillas: «He pasado por cinco clínicas de desintoxicación; soy alcohólico, entre otras cosas, y a veces me emborracho y desconecto el teléfono, o me invento cualquier excusa para quedarme en casa con mi alcohol y mis ensoñaciones. Pero a mis 54 años creo que estoy vivo porque he tenido la lucidez o la honestidad conmigo mismo de no mentirme nunca… Se me caería el mundo encima si un día descubro que soy un impostor».

Se me olvidó decir que Brad Blanton, el autor de Honestidad radical, se ha presentado en dos ocasiones al Congreso con la original promesa de ser radicalmente honesto. En su distrito de Virginia obtuvo un 25% de los votos presentándose como independiente. Me cuesta imaginar un político español a su altura. Una experta periodista en política nacional me saca de dudas: «Sólo conozco a una: Esperanza Aguirre». La presidenta de la Comunidad de Madrid montó un pollo importante con la publicación de su biografía autorizada, Yo, presidenta. En el libro afirma que Gallardón es un «joven chapado a la antigua» y que con su sueldo muchas veces no llega a fin de mes. ¿La honestidad, bien gestionada, es un valor en alza en política? Aguirre recoge el guante: «El ciudadano prefiere que le hablen claro, y en ese sentido yo interpreto mis excelentes resultados electorales». Más que honestamente radical, se considera honesta a secas. «No voy por ahí diciendo antipatiqueces a la cara. Nunca le diría a mi suegra: ‘Me caes fatal, no puedo verte’; ni le diría a un compañero: ‘Oye, qué mal estuviste en el discurso de ayer’, aunque si no me ha gustado no le digo que ha estado fantássstico, como hacen muchos». Yo me muestro tal como soy. No oculto nada, pero tampoco es cuestión de ir confesando mis defectos; para eso ya estáis los periodistas».

–Sería muy honesto por su parte aparecer en un cartel electoral a cara lavada, sin maquillaje ni photoshop… –Pues no, yo aparezco con un montón de maquillaje y una iluminación fantástica. Mi honestidad radical no está reñida con maquillarme ni con aparecer en las fotos lo mejor que pueda.

–¿Qué no confesaría, si se lo preguntasen? –Yo no confieso nunca nada que no me convenga.

–¿Se haría una lipo? –Sueño con hacérmela, pero me da un miedo que me mata, ja, ja.

–Ahora en serio: ¿le cuesta llegar a fin de mes? –Vamos a ver. Esto se publicó en un momento en que yo estaba pagando el máster de un hijo mío. No dije nunca que me costara llegar a fin de mes, sino que a veces se me había acabado el dinero. Será porque soy gastosa o porque no ahorro…

Antes de entregar el reportaje me entra cargo de conciencia. ¿Cómo se sentirá mi ex jefe cuando lea esto y compruebe que me sentí ninguneado tras no haberme invitado a su cena de despedida? Creo que le debo una explicación, así que le llamo para leerle el párrafo que le atañe y –tras decirme que me teme «más que a un nublao»– contesta: «No me importa que me pongas a parir públicamente. Lo malo es que yo no organicé la cena, sino que me la organizaron. Ni yo mismo sabía qué gente acudiría. Por cierto, te eché en falta». ¡Bien, nos estamos comunicando!

Para rematar el artículo le envío un correo a Brad Blanton con algunas dudas y preguntas, y de paso le pido el favor de que me elabore un test que llevaría por título «¿Cómo ser honestamente radical?». Su respuesta: «Querido Juan Carlos, no tengo tiempo para esta mierda. Haz tus jodidos deberes y no me pidas que los haga por ti respondiendo a tus superficiales preguntas; no intentes ser majo y entregado. Lee la página web (www.radicalhonesty.com), los extractos de los libros, las respuestas a las preguntas más comunes y, sobre todo, el jodido libro que supuestamente estás revisando. Cuando acabes tu cagada de artículo envíamelo y manda copia a mi publicista, que quizá tenga la paciencia de ayudarte en la confección del test. De lo contrario, bésame el culo».

Mi réplica: «Querido Brad: Tengo poco tiempo para cerrar el reportaje, y menos aún para besarte el culo. No puedo entretenerme demasiado en contestar tu correo, porque de lo contrario nunca acabaría este artículo y mi jefe se pondría más nervioso de lo que ya está. Honestamente, estoy de la honestidad radical hasta los mismísimos huevos, y no me pagan lo suficiente como para escribir una tesis sobre tu doctrina. Por cierto, en España no tienen éxito los telepredicadores como tú. Gracias de todas formas por haberme inspirado esta respuesta».

Ha pasado una semana y Brad no da señales de vida. Doy por finalizada esta mierda. A partir de ahora seguiré mintiendo.

+Más información sobre el libro y las tesis de Brad Blanton en www.radicalhonesty.com

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