David Delfín: «Para mucha gente sigo siendo ‘el de las capuchas’»

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Trabajó en una óptica en la Marbella de la era Gil y Gil y quiso ser cabaretero, pero encontró la vocación en los dedales. Irrumpió en las pasarelas en 2002 con un desfile de burkas y horcas al cuello. Desde entonces, considera «un piropo» el sambenito de enfant terrible de la moda española. Bajo la advocación de su musa Bimba Bosé, el inquieto diseñador malagueño se ha hecho mayor. ¿Su hazaña reciente? Que la Semana de la Moda de Nueva York elogiara Revelations, su última colección. 

Por Juan Carlos Rodríguez. Fotografía de Chema Conesa

Al diseñador David Delfín (Ronda, 1970) siempre le ha funcionado su caprichoso instinto. Tras dos años fantaseando con hacer las Américas, el pasado 13 de febrero debutó por todo lo alto en la Semana de la Moda de Nueva York. Fantasía cumplida: su última colección, Revelations, fue un soplo de aire fresco en la alicaída pasarela neoyorquina. Una auténtica revelación. «Hemos despertado el interés y la curiosidad que buscábamos», asegura tras la feliz resaca el diseñador malagueño, al frente de la factoría Davidelfin. Nos recibe, risueño y relajado, en el despacho de su tienda-taller, situada en el barrio de Salamanca de Madrid. Un maniquí gigante recostado en un sofá, un dispensador de caramelos Pez de su propia colección y un surtido de pinchos morunos de casquería humana (surrealista obra de Rosalía Banet) forman parte de la teatral decoración.1237377660_0 (1)

El pasador de la puerta de entrada tiene forma de soga, objeto-fetiche que el enfant terrible de la moda española utilizó en su primer desfile en Cibeles, año 2002, escandalizando con sus modelos encapuchadas y sus trajes-horca. Han trascurrido siete años entre aquel ruidoso debut madrileño y este sosegado desembarco neoyorquino, pero Diego David Domínguez González, alias El delfín, sigue manteniendo la ilusión del principiante. Eso sí, tras una sonrisa adolescente alicatada de brackets metálicos (se le antojó colocarse la ortodoncia para separarse las paletas) se esconde el agresivo tiburón que lleva dentro. Trabajador incansable, es capaz de diseñar desde el vestuario de Hamlet (versión de Tomaz Pandur protagonizada por Blanca Portillo) a un envase de vino, pasando por el disco de The Cabriolets.

Nuestro modisto viste vaqueros holgados, botas Dr. Martins granates y una camiseta a cuadros de Martin Margiela, uno de sus diseñadores favoritos. Su cuerpo es un lienzo de piercings y tatuajes. El último reza «muestra tu herida» en alemán, aunque él, un chico tímido, pasional, empático y cómodo en la ambigüedad, asegura que no tiene muchas que enseñar. Al término de la entrevista, mostrará un anillo de Cartier en forma de leopardo. Jura que no es de compromiso: «Me lo regaló mi novio Gorka por mi 38 cumpleaños».

P. ¿Qué ha significado para usted cumplir la «fantasía» de debutar en la Semana de la Moda de Nueva York? ¿Era obligado satisfacerla?

R. Yo entiendo que no todas las fantasías tienen que hacerse realidad, pero ésta sí convenía llevarla a cabo. Era un deseo que tenía que ver con mi necesidad de crecimiento a nivel personal y profesional. Aquí en España ya nos conocen, y el siguiente paso era dar el salto internacional. Desfilar en Nueva York, una ciudad donde siempre me he sentido cómodo, suponía un plus de repercusión mediática. Y, con vistas al negocio, el mercado americano puede abrirnos puertas en países de Asia o Latinoamérica.

P. ¿Regresa con ínfulas de conquistador?

R. Noooo. Esto sólo ha sido un primer paso. La idea es presentar al menos tres colecciones más. De momento, estamos en Style.com, la web más importante en el mundo de la moda, hemos tenido buenas críticas en el Women’s Wear Daily… En tiempos de crisis, con un ambiente deprimido, hemos despertado interés y curiosidad. Ahora el reto es mantenerse.

P. El diseñador mallorquín Miguel Adrover triunfó en la Gran Manzana, pero su estrella se apagó tras el 11-S y se vio obligado a regresar a casa. ¿Ha tenido en cuenta su experiencia?

R. Lo suyo fue un caso de mala suerte. Somos amigos, es uno de mis diseñadores preferidos y procuramos vernos cuando pasa por Madrid, pero no tuve ni tiempo de llamarle, porque la preparación de la colección coincidió con el diseño del vestuario para Hamlet: la obra de Tomaz Pandur que se estrenó el 12 de diciembre, y el desfile en Nueva York fue el 13.

P. Tras la resaca, a veces uno se desinfla. ¿Ha sido su caso?

R. Qué va, sigo con las pilas puestas, trabajando para la próxima colección y con ganas de que llegue septiembre para exhibirla.

P. Leonor Pérez Pita, directora de la pasarela madrileña Cibeles, le ha comparado con «un hijo que se emancipa, pero sigue llevando su apellido con orgullo».

R. Sí, desde hace unos cuatro años nuestra marca es Davidelfin Madrid; me siento orgulloso de nuestro apellido, que sirve para hablar de moda española y para proyectar la ciudad de Madrid a través de nuestro trabajo. En principio, desfilar en Nueva York iba a ser como un salto mortal sin red, pero luego nos hemos sentido muy arropados por organismos como la Madrid Fashion Week o la Asociación de Creadores de Moda.

P. Declaró que necesitaba ir a un lugar donde no le conocieran, donde le juzgaran con una nueva mirada. ¿Tan prejuzgado se sentía?

R. Aquí, en España, tengo una imagen de transgresor, para mucha gente sigo siendo «el de las capuchas». Por eso, ser observado por otros ojos, superar ese examen, me parecía importantísimo.

P. ¿La etiqueta de enfant terrible de la moda española se ha quedado antigua?

R. Para mí, esa etiqueta es un piropo. Empecé a trabajar en moda en 2001, así que todavía estoy gateando. Me queda mucho para convertirme en clásico, aunque estoy en ello (risas).

P. Han transcurrido siete años desde que puso Cibeles patas arriba con sus modelos encapuchadas. ¿En Nueva York prefirió evitar la polémica?

R. Cuando hago una colección no pienso ni en crear polémica ni en deshacerla. La colección que hice para Nueva York, inspirada en el trabajo de la fotógrafa americana Diane Arbus, es la que tenía que ser. Aquí dominaron los colores sobrios, con algunos guiños a mi Andalucía natal.

P. ¿Y no se le pasó por la cabeza presentar una colección dominada por el color naranja butano y cadenones de presidio para celebrar la orden de Obama de cerrar la prisión de Guantánamo?

R. (Risas). Yo me siento libre para poder utilizar cualquier influencia, pero tampoco me interesa mucho reivindicar injusticias. Para eso ya están las ONG.

P. Por cierto, ¿qué diferencias observa en la forma de vestir de Bush y de Obama?

R. En la forma de gobernar las diferencias son abismales, pero su indumentaria es parecida. Lo que da el valor a la forma de vestir es la persona, porque un traje por sí solo no es elegante o sexy. Obviamente, Obama tiene un carisma alucinante y es tan elegante en traje como en chándal.

P. ¿Michelle Obama tiene madera de Jackeline Kennedy negra?

R. Me encanta Michelle; tanto ella como su marido tienen una percha y un estilazo increíbles. Si me encargaran un traje se lo haría con mucho gusto; están las cosas como para rechazar pedidos…

P. ¿Tras saltar el charco, el tímido Davidelfin mutará en agresivo Davidtiburón?

R. (Despliegue de brackets). Yo ya soy un poco tiburón, tengo esa especie de contradicción, pero la agresividad sólo la aplico al trabajo.

P. ¿Qué queda de aquel chico de Ronda, un tal Diego David Domínguez González, apodado El Delfín, que llegó a Madrid con 18 años para buscarse la vida?

R. A mí, todo me cambia, la autenticidad no me interesa. Me dejo transformar por el cine, la literatura o la fotografía, pero la esencia de uno siempre está ahí. Sigo siendo igual de inquieto e igual de pasional.

P. Supongo que sus padres le animaron a salir de Marbella. Ellos tuvieron que emigrar para sacar adelante a sus cinco hijos…

R. No te creas. Por entonces tenía 18 años y un trabajo fijo en MultiÓpticas, donde empecé de niño de los recados, así que intentaron sujetarme un poco. Pero mi idea era ser actor y trabajar en una compañía de cabaré en Madrid. Mi madre era un poquito más tolerante y me dejó vía libre, pero a mi padre le sentó peor. De hecho, no me despedí de él cuando me fui. Con la distancia, aprendimos a respetarnos y a querernos. Murió el año pasado.

P. ¿Fue el raro de la familia?

R. Mi hermana mayor y yo, que soy el pequeño, somos los más rarillos. Y Rosa y Lola son enfermeras. Luego tengo dos hermanos; uno es pastelero y el otro dirige un albergue. Todos trabajan en Marbella.

P. Pintor, actor, modelo fotográfico, gogó… ¡Sólo le ha faltado ser chico Almodóvar!

R. Ja, ja. Bueno, hice de travesti en Todos a la cárcel, de Berlanga, fui figurante en Perdona bonita, pero Lucas me quería a mí… Y justo cuando dejé de pensar en Pedro, me ofreció un pequeño papel en Los abrazos rotos. En el montaje final cortaron la escena en la que yo hacía de camarero, pero la experiencia de estar en el rodaje no me la quita nadie.

P. ¿Tardó mucho en encontrar su verdadera vocación?

R. Tardé en llegar a la moda, pero era como si el camino ya estuviese escrito de antemano. Cuando hacía teatro, me encargaba del vestuario; cuando pintaba, lo hacía sobre ropa militar. Así que, a través del teatro y de la pintura, llegué a la moda, que contamina todo lo que a mí me interesaba: la teatralidad de los desfiles, la fotografía, el vídeo, la arquitectura…

P. O sea, que usted no eligió la moda, sino que la moda lo eligió a usted.

R. Exacto. Tras exponer mis prendas militares pintadas en una galería, un día me propusieron hacer un desfile. Y como soy tan kamikaze, dije: «Bueno, vale, lo pruebo». Ése fue el detonante.

P. ¿El día que conoció a Bimba Bosé se le apareció la virgen?

R. Por lo que me cuenta Bimba, más bien fui yo quien se le apareció a ella. Yo estaba trabajando de camarero en el Corazón Negro –un bar de su tía Paola, ya desaparecido–, y se quedó flipada al verme: iba de hare krishna, todo vestido de blanco, con las cejas depiladas y flores en la cabeza. A mí también me fascinó ella, y poco a poco nos hicimos amigos. Empezamos en la moda prácticamente al mismo tiempo: mientras yo estaba con mis prendas militares, ella pegaba el petardazo en EEUU, abriendo desfiles y haciendo campañas para Gucci. En plan muy amateur, los dos colaboramos como modelos fotográficos para los diseñadores Locking Shoking.

P. ¿Bimba es el hombre que usted siempre quiso ser?

R. (Se ríe) La ambigüedad siempre ha sido un nexo entre ambos, siempre nos ha interesado. La androginia siempre puede despertar tu imaginario, como ocurre con ese Hamlet que interpreta Blanca Portillo.

P. Tras la marca Davidelfin se esconde un equipo formado por cinco personas. ¿Qué cometido tiene cada uno de sus socios?

R. Bimba sigue siendo la imagen de la firma. Débora llevaba el departamento de comunicación de la empresa y, aunque ahora está menos involucrada porque ha sido madre, sigue estando presente. Diego, el marido de Bimba [ambos integran el grupo The Cabriolets] hace vídeos para exposiciones y presentaciones de la marca. Gorka es arquitecto, se encarga de la puesta en escena y comparte conmigo la dirección de arte.

P. ¿Y no teme que el equipo se disuelva por desavenencias internas, como a veces ocurre con los grupos musicales?

R. Nunca he pensado en eso. Es más, tengo la seguridad de que pasarán 20 años y Bimba seguirá abriendo nuestros desfiles. Me gustaría que, con los años, nuestro proyecto fuera madurando a través de ella.

P. Patricio Bertelli, el marido de la diseñadora Miuccia Prada, prevé que con la crisis «se volverá a unas relaciones menos histéricas y más humanas». ¿El circo de la moda necesitaba una cura de humildad?

R. El circo y la humildad están ahí. Por una parte hay ostentación y brillo; por otra, humildad y compromiso. Depende de dónde pongas el foco.

P. Si las cosas vienen mal dadas, ¿volvería a bailar de gogó?

R. No sé si tengo edad… Allí no trabajaba exactamente de gogó, más bien hacia performances. Aunque hace poco hice un par de numeritos de cabaré en Mónaco, con motivo del Baile de la Rosa dedicado a La Movida. Todavía me siento con energía.

P. Veo que está lleno de tatuajes: ¿Cuál es el más reciente?

R. «Zeige Deine Wunde», una frase del artista Joseph Beuys que significa «muéstrame tu herida». La he sobrescrito también en algunas camisetas.

P. ¿Cuál es su herida más profunda, la que le causa más dolor?

R. Si tienes una herida y quieres sanarla, lo primero es reconocer que la tienes. En ese sentido, yo no tengo heridas, porque no me cuesta expresar mi dolor. Lo que uno calla puede ser más peligroso que lo que dice.

P. Perdone si me meto en su vida privada… ¿Su matrimonio con Gorka era como imaginaba?

R. ¿Matrimonio? No estoy casado.

P. Leí en una crónica rosa que sí lo estaban. Y un experto en moda me lo confirmó.

R. En agosto cumplimos 10 años juntos, pero de momento no hemos pensado en boda.

P. Imagine: ¿cómo iría vestido?

R. Ja, ja. Pues supongo que con un pantalón vaquero y una camiseta.

P. ¿Contemplan la adopción?

R. De momento, no (más risas). No pienso ni en casarme ni en adoptar.



  

ALARDEAR DE DENTADURA… SEPARADALejos de disimular su ortodoncia, David Delfín exhibe con orgullo sus aparatosos brackets en forma de corazón. Pura frivolidad. “De pequeño siempre quise tener un aparato metálico en los dientes, así que hace un año y medio decidí ponérmelo, aún sin necesitarlo. Durante ese tiempo decidí darle alguna utilidad más allá de la estética, y empecé a separarme las paletas. En el Sur dicen que es de mentirosos, y en Italia, de felices. A veces miento, a veces soy feliz”, explica. Esa pequeña separación entre los incisivos superiores que lucen famosos como Madonna, Ronaldo o Elton John se denomina diastema. Y fue precisamente así como bautizó a su última colección en la pasarela madrileña. La palabra adquirió para él un sentido metafórico: “Mientras preparaba ese desfile, viví varias separaciones físicas y emocionales, incluida la muerte de mi padre”. Resulta que todo lo que le “toca” acaba incorporándose a su trabajo.
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