Alfredo Landa

Alfredo Landa

Tras el bochorno de los Goya, mi familia me llevó al neurólogo


A sus 75 años, Landa se desnuda en una biografía de la que adelantamos varios capítulos. Y no deja nada en el tintero: habla tanto de su lucha contra el cáncer como de su «desencuentro», ya superado, con Garci. Además, felicita a Obama por su reciente triunfo.


La familia. Con su mujer y sus tres hijos.
La familia. Con su mujer y sus tres hijos.

Por JUAN CARLOS RODRÍGUEZ . Fotografía CHEMA CORNESA
Alfredo Landa Areta se cabrea muy bien –así en el cine como en la vida–, pero se disculpa con la misma desenvoltura. El día fijado para nuestro encuentro, que coincidió con el último atentado de ETA en la Universidad de Navarra, el actor brilló por su ausencia. Cosa extraña en este devoto de la formalidad. Avergonzado por este descuido, en la siguiente cita llega a la hora acordada, deshaciéndose en mil perdones. «¡Me cagüen, cuánto lo siento, fue un malentendido!», irrumpe con su potente vozarrón en el hotelito donde, cada sábado, oficia «misa de una» con su pandilla de amigos. Hijo único de guardia civil, nacido en Pamplona el 3 del 3 del 33 (el número 3 le persigue: debutó en el cine con Atraco a las 3 y vive en un tercer piso correspondiente al número 3 de una calle madrileña), Landa ha decidido desnudarse a sus 75 años. Y lo hace en Alfredo el Grande. Vida de un cómico (Aguilar), una excelente autobiografía redactada por Marcos Ordóñez. «El padrino de todo esto ha sido mi amigo Arturo Pérez Reverte, que fue quien me presentó a Marcos. Era la sexta vez que me ofrecían escribir mis memorias, pero hasta ahora siempre me había negado, porque no sé escribir y para expresar mis emociones tenía que ser yo», explica, visiblemente satisfecho con el resultado. Estructurado en tres «actos», el libro acaba con una caída de telón: su Goya de Honor como colofón a medio siglo de carrera y más de ı20 películas. Entre ellas, joyas del landismo como Cateto a babor, No desearás al vecino del quinto o Vente a Alemania, Pepe (comedias de sal gruesa en las que encarnó al macho hispánico especializado en perseguir a las suecas), pero también títulos «serios» como El crack, Los santos inocentes o El bosque animado. En aquella aciaga noche de los Goya (3 de febrero de 2008), el pequeño gran actor se quedó literalmente en blanco. De su boca no salieron más que inconexos balbuceos, hasta el punto de que su familia, asustada, le acompañó al neurólogo para que le escanearan el cerebro. ¿Diagnóstico? Gatillazo emocional como consecuencia de un año plagado de tensiones. Poco antes, su polémico desencuentro con José Luis Garci (felizmente zanjado) le llevó a anunciar su retirada «por falta de ilusión». Superado aquel «ridículo espantoso», ahora se dedica en cuerpo y alma «a no hacer nada». Su única obligación es pasear una hora al día y visitar periódicamente a su oncólogo para mantener a raya su cáncer de colon. Pero Alfredo Landa también sabe sacar tiempo para seguir la actualidad y dar su opinión, aunque sea por teléfono y días después de realizarse la entrevista, sobre la elección de Obama como presidente de EEUU.

P. ¿Qué le ha parecido el resultado de las elecciones americanas?

R. Hubiera preferido a McCain de presidente, era mi favorito. No sé… Me caía más simpático. Todavía estoy impactado con su discurso: ha perdido, pero sin resquemor, felicitando a Obama por su victoria y dándole su apoyo. Tomo ejemplo de su comportamiento. Por otra parte, me alegra que EEUU haya superado el problema racial eligiendo a un presidente negro. Por encima de todo, hay que calibrar el interior de cada persona.

P. Así que Alfredo El grande… El apelativo recuerda al rey inglés de Wessex (87ı-90ı), célebre por defender su reino contra los vikingos. ¿Qué reino defiende usted, contra quién lucha?

R. El reino que defiendo a ultranza es el Reino de Navarra. Soy navarro de pura cepa, como mi madre. El navarro es noble, leal, va de frente y es amigo de sus amigos… ¿Contra quién lucho? Contra la injusticia.

P. Hablando de injusticias: ETA ha vuelto a atentar en Pamplona, su ciudad natal. Estos «vikingos» imponen su ley colocando coches bomba…

R. ¡Bah! Para expresar lo que siento tendría que emplear palabras groseras… ¡Son una pandilla de hijos de puta!

P. ¿Hasta qué punto se ha desnudado en sus memorias?

R. He hecho un destape total. Y encantado de la vida.

P.Ni siquiera oculta el bochorno de los Goya.

R. Fue un momento espantoso. Mi familia me llevó al neurólogo pero, tras hacerme todo tipo de análisis, sólo me diagnosticó un «choque emocional transitorio».

P. Vamos, un gatillazo emocional…

R. Exacto. Y mira que tenía todo el discurso preparado, pausas incluidas, pero se me fue todo de cabeza… Lo pasé fatal, eh, ¡fatal!, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Pero bueno, después he tenido que dar la cara, cuando me concedieron la Medalla de Oro de Madrid y el Premio Príncipe de Viana, y no me ha vuelto a ocurrir.

P.Su desencuentro con Garci tuvo mucho que ver con aquel gatillazo. Al menos ha hecho las paces con su director fetiche, ¿no?

R. Sí, un día pensé: «¿Voy a tirar por la borda 40 años de amistad tan profunda con José?». Y en julio le llamé por teléfono para pedirle perdón.

P. ¿Cuál es su versión de ese desencuentro?

R. A mí me llama la presidenta de la Academia de Cine, Ángeles González Sinde, para decirme que me iban a dar el Goya de Honor. Querían que me lo entregara José Luis y que el escenario recordara a la oficina de El crack, la película que rodé con él. Me pareció maravilloso. Pero a los cuatro días me vuelve a llamar y me informa de que José Luis le ha contestado «despectivamente» –el adverbio se me quedó grabado–, que ni hablar. Así que cuando él me llamó a casa para disculparse, le colgué el teléfono.

P. Usted mismo reconoce que sus mayores defectos son la intolerancia y la falta de flexibilidad.

R. Sí, yo tengo un pronto que mecagüen la leche… Muchas veces tengo que recular, porque el pronto me puede.

P. Alfredo Landa, «bravo y manso a la vez».

R.Claro, por eso le llamé para pedirle perdón. Hace un par de semanas cenamos juntos durante cuatro horas y me llevé una gran alegría. Recuperé un amigo. Nos despelotamos los dos y desde entonces soy más feliz.

P. Se vive mal con el rencor…

R. ¡Muy mal! No se vive.

P. Antes de recibir el Goya honorífico había anunciado su retirada. ¿Cómo es su nueva vida?

R. Cojonuda. ¿Sabes lo que más me gusta de este mundo? No hacer nada. Me acuesto tarde y no me levanto antes de las ı2. Luego, por recomendación del neurólogo, me voy a dar una vueltica de una hora y media por el barrio, porque los años son los años y conviene caminar. ¡Y yo ya tengo 75 años y ocho meses! El paseo me aburre, pero me encanta sentarme en un banco y recordar nostalgias. O ir al cine: suelo ir tres veces por semana. Y lo que no me pierdo nunca es la «misa de una» de los sábados: la tertulia con una decena de viejos amigos en este mismo hotel.

P. Desvela que no pudo hacer Ninette ni Elsa y Fred porque un cáncer de colon se cruzó en el camino. ¿Por qué se negó a la quimioterapia?

R. Después de que me extirparan los tumores, le pregunté al oncólogo si la quimio era obligatoria. «No, aunque es mejor prevenir», me dijo. Preferí no sufrir el trance, porque te jode vivo. Sólo sigo un tratamiento preventivo anual: análisis de sangre, escáneres, ecografías… Mi próxima revisión es el 20 de noviembre y ya he dicho que es la última colonoscopia que me hago, porque llevo seis y es una cabronada. ¡Si tengo que morirme, me muero!

P. Entonces, ¿ahora está completamente recuperado?

R. Perfecto. Gracias a Dios, mi mujer también se recuperó de su peritonitis y de su cáncer de pulmón. Llegó a estar muerta, pero ahora está estupenda.

P. Llevan media vida juntos. Sin Maite, dice, «hubiera sido un gilipollas».

R. Seguro. El 23 de septiembre celebramos nuestro 48 aniversario de boda.

P. Supongo que ahora tiene más tiempo para hablar con Pepe (su ángel de la guarda) y con Manolo (así llama a Dios). ¿No se hacen los suecos?

R. Hablo con ellos todos los días. Muchas veces, cuando reparo en las injusticias que veo a mi alrededor, me cabreo con Manolo y le digo: «¡Oye, Manolo, estoy hasta los cojones! Eres sapientísimo, misericordioso, buenísimo… ¡Echa una mano, joder!».

P. La figura de su madre (Emilia) recorre todo el libro; el cariño entre ambos es evidente. Sin embargo, con su padre (Alfredo), un teniente de la guardia civil que se une al bando nacional, apenas tuvo relación…

R. Sí, la relación con él fue más distante, aunque con los años me di cuenta de que era un hombre como había pocos. En ı945 le nombraron jefe de un pelotón de fusilamiento, pero sé negó a matar a nadie, y como castigo le encerraron seis meses en un castillo. Nunca me pegó.

P. Su madre murió sin asistir a ninguno de sus estrenos. ¿Aún le duele esa espina?

R.. No se dieron las circunstancias. Claro que a Manolo le he dicho: «Sabes la ilusión que me hacía, yo era su único hijo… Y te la llevaste antes».

P. A doña Emilia no le hizo mucha gracia que su único hijo se dedicara a la farándula…

R.. Tardé tres años en convencerla, quería que siguiera estudiando Derecho. ¿Sabes lo que le dije? «Si a los 40 años yo no soy feliz, te echaré la culpa a ti». Y ella, navarra de pura cepa, me miró y me dijo: «Vete». A los ocho días ya estaba en Madrid.

P. Sí, con 7.000 pesetas en el bolsillo y una carta de recomendación que no le sirvió para nada. Pero, en el fondo, usted sabía que era buen actor.

R.. ¡Y lo sigo sabiendo! En el TEU (Teatro Español Universitario) de San Sebastián, donde estrené 40 obras en cinco años, la gente iba a ver a El porras. Allí todavía me conocen por este apodo: tengo una nariz hermosa.

P. ¿Cómo saltó del teatro al cine?

R. Un día, en ı962, el productor Pedro Masó y el director José María Forqué se pasaron por el teatro María Guerrero, mi gran escuela durante cinco años, donde yo hacía Eloísa está debajo de un almendro. A la salida, Masó le recomendó a Forqué que me fichara para hacer al Castrillo de Atraco a las 3. «De dinero no vamos a hablar», me dijo Masó cuando entré en su despacho, «porque le ofrezco entrar en el cine por la puerta grande».

P. Y pasito a pasito, con películas como Amor a la española, se especializa en perseguir a las suecas. ¿Cómo vivía aquellos rodajes?

R. Maravillosamente bien. No me comía una rosca, pero me lo pasaba muy bien. ¡Yo era el rey del calzoncillo!

P. Pero algunos críticos fueron muy duros con Landa y el landismo.

R. Sin duda. Una vez me encontré a mi madre llorando después de leer los recortes de la agencia Camarasa. «En el Faro de Vigo piden tu expulsión del país», me dijo. «Con lo buen hijo y buen marido que eres». Lo que no sabía es que en esta vida hay mucho hijo de puta…

P. No se muerde la lengua al hablar de algunos compañeros de viaje: desde el «robapapeles» López Vázquez hasta el «timador» José Luis Dibildos.

R. Dibildos me embaucó para que firmara un contrato leonino por tres años: a cambio de pagarme 90.000 pesetas al mes, él se quedaba con el beneficio de todas las películas que rodara en ese periodo. La culpa la tuve yo; ¡por tonto, por gilipollas, por no mirar la letra pequeña! Como no había forma de romper ese acuerdo, una noche pensé en acabar con él. «Hay que matar a Dibildos», me dije.

P. ¿Se sintió más reconocido cuando se pasó al cine serio?

R. El llamado cine serio simplemente era un cine mejor hecho, mejor escrito y considerado. En ese sentido, El puente, de Juan Antonio Bardem, supuso para mí un punto de inflexión.

P. En Los santos inocentes, de Mario Camus, usted interpreta a Paco El bajo, el ayudante del señorito. ¿Ha sido el papel de su vida?

R. No, porque hacer Paco El bajo es fácil. Es tan maravillosa la novela, el papel, la dirección de Camus… Estoy más orgulloso de mi interpretación en Las verdes praderas, que para mí es la mejor película de Garci. Ahí estoy mejor que en El bosque animado y La marrana, mis dos Goyas.

P. Alcanzó gran popularidad en televisión con la serie Lleno por favor, donde interpretaba a un hombre conservador y moralista que regentaba una gasolinera. ¿En qué se parece Don Alfredo a Don Pepe?

R.. Yo también soy derechas. Y como él, vivo en la calle Comandante Franco.

P. ¿Nostálgico del franquismo?

R. No, no, no. ¿Reaccionario yo? Noooo. Eso sí, escucho todas las mañanas a Federico Jiménez Losantos.

P. Es ideal para salir cabreado de casa.

R. Es que el cabreo es vital. ¡El que no se cabrea no siente, no vive, no nada!

ALFREDO EL GRANDE. VIDA DE UN CÓMICO
Extractamos los capítulos de su biografía en los que Landa habla de su cáncer de colon y de la noche en la que recibió el Goya de honor a su carrera y se quedó sin habla, para susto de todos.
Por MARCOS ORDÓÑEZ
Todo esto pasaba a principios de 2004. Me llamaron de Argentina para hacer un guión muy bonito, que se rodaría en Madrid y Roma: Elsa y Fred, la historia de un viudo amargado y maniático que conocía a una señora de su quinta, pero loquísima y maravillosa, y le cambiaba la vida. Ella iba a ser, y fue, la gran China Zorrilla, un monstruo de la escena porteña.Me las prometía yo muy felices. Primero haría el papel de Monsieur Pierre, el personaje de Somoza, en Ninette, con Garci. Luego rodaría Elsa y Fred. El rodaje de Ninette se retrasó porque Jose quiso que casi toda la película se hiciera en plató y hubo que construir, claro está, todos los decorados. En octubre se estrenó Tiovivo, que fue regular de taquilla: 226.000 espectadores. En noviembre empezamos los ensayos de Ninette.

De repente agarré lo que parecía ser una gripe. Una gripe que no se iba y no se iba y no se iba. Con fiebre, fiebre alta, todas las noches. Yo me decía: “Esto es un trancazo como la copa de un pino”. Rodé cuatro días, pero no podía con mi alma. No me tenía en pie, iba dando bandazos. Jose se portó maravillosamente. “Nada, chico, cambio los planes de rodaje. Aplazaré tus secuencias unas semana, a ver si te pones bien”.

Una noche empecé a sentir un dolor sordo pero muy intenso en el vientre. Fui al médico. No lo veía claro. Me hicieron una colonoscopia. “Hay algo raro en el intestino grueso. Habrá que abrir y echar un vistazo”. Era el médico de mi mutua. Añadió: “Si quieres, te operamos en una de nuestras clínicas, pero yo te recomiendo el Ramón y Cajal, porque tienen lo mejor para estos casos”.

–¿Te refieres a…?

–Podría ser un tumor, sí. Yo tengo ahí un amigo, el doctor García Villanueva. Si te parece, le voy a llamar para que te atienda él.

Naturalmente, se fueron a hacer puñetas Ninette y Elsa y Fred. Me sustituyeron dos actores estupendos. En la primera, Fernando Delgado, que llevaba muchísimo tiempo sin pisar un plató. Mi papel en la segunda fue a parar a Manolito Alexandre, que consiguió el primer protagonista de su carrera: estuvo espléndido y le llovieron muy merecidas felicitaciones.

Mi diagnóstico se confirmó: cáncer de colon. Manolo se portó, porque García Villanueva era un cirujano extraordinario. Siempre he tenido mucha suerte con los médicos. Me fui para el Ramón y Cajal y a los ocho días me operaban. No, no tuve miedo, curiosamente. “Si hay que morirse”, me decía, “pues se muere uno, que ya he vivido lo mío. Mi vida ha sido cojonuda. En algún momento tiene que acabar”. La única pega gorda, pensaba, es el dolor que puedes causar a la gente que te quiere. El dolor físico me daba y me da igual: para eso está la morfina.

El tumor estaba encapsulado, localizadísimo. El tajo, eso sí, fue de alivio: cuarenta puntos. Luego, el oncólogo me dijo que había que hacer quimioterapia. Maite y yo nos miramos. No nos hizo falta hablar. “No”, le dije al oncólogo. “Lo que me quede de vida quiero vivirlo bien. Si esto vuelve, que espero que no, ya torearemos”. “Como médico”, me contestó, “mi obligación es decirle que hace usted mal. Como persona, aplaudo su decisión”.

Salí del trago. Cuando empezaba a remontar, vino lo de Maite. Lo de Maite sí que fue un verdadero milagro de Manolo. El mismo proceso: empezó a encontrarse mal y la causa no estaba clara. Una tarde vinieron a verla unas amigas. De las muchas que tiene, dio la casualidad de que las tres eran médicas. La examinaron. “Vámonos para urgencias ahora mismo”. Fuimos a urgencias. Radiografía va, radiografía viene. “Con razón se encontraba usted pachucha. Mire, mire”. Tres tumores en un pulmón. Se los sacaron y ahí la tienes, yendo a nadar cada día a la playa de Ondarreta, en invierno y en verano. Hasta nevando va a nadar. Y también ha pasado cojonudamente la ITV, como yo (…).

(…) Ahora hay que hablar de la famosa noche de los Goya, claro. La noche del 3 de febrero de 2008. Yo entré muy sobrado, sobradísimo. Le dije a un periodista que me iba a llevar los dos premios, el de Honor y el Goya al Mejor Actor. ¿Que por qué digo yo estas cosas en vez de quedarme calladito, que estoy más guapo? Pues porque así lo creía. Estaba convencido, ya ves.

–“¿No es usted un poco fanfarrón?”, me dijo.

–“No. Se equivoca. Soy muy fanfarrón”.

Sí, así entré en la gala. Luego… ya sabes como son estas cosas, o te lo imaginas. Piensas que tu trabajo es el mejor y al minuto siguiente piensas lo contrario. Porque mi principal competidor era Alberto Sanjuán. Yo le tengo mucho respeto a Alberto, y así se lo manifesté un año antes, cuando le dieron el premio en el Festival de Málaga por Bajo las estrellas. También era consciente de que Alberto Sanjuán, como integrante del grupo Animalario, contaba con muchísimas simpatías en la Academia desde el año del “No a la Guerra”. Y había un último motivo, elemental, para convencerme de que no me iban a dar el Goya al Mejor Actor: que dos premios en una noche no podía ser. Así que tan pronto creía una cosa como creía la otra.

Mentalmente iba repasando mi discurso de agradecimiento. “Queridos compañeros, yo soy un privilegiado, porque no he tenido otra afición en la vida que la de ser actor. Y he podido dedicarme a lo que más me apasionaba. Eso ha sido para mí ser cómico: un privilegio, una afición y una pasión. Quiero dar, ante todo, las gracias a Pedro Masó, mi primer productor, el hombre que me ofreció entrar en la profesión por la puerta grande. Y ahora esta profesión, todos vosotros, me permitís salir también por la puerta grande de los Goya”. Ése era, en esencia, el meollo del asunto. Luego tenía pensado llamar a mi familia, a mi Maite, mi Alfredico, mi Idoia y mi Ainhoa, para abrazarles y darles también las gracias a ellos. Yo había soñado con esa imagen: arriba, mi familia y yo. Abajo, mis compañeros. Lo tenía así pensado, casi sílaba a sílaba. Pero está visto que no lo quiso Manolo.

El presentador, José Corbacho, dijo mi nombre. Me levanté. En la pantalla empezó a desfilar toda mi vida, todas mis películas. Salieron a recibirme Pepe Sacristán y Miguel Ángel Rellán, aplaudiendo. Tragué saliva. Y al darme la vuelta vi a 3.000 personas puestas en pie, aplaudiendo también. Y perdí el control de mis nervios. No, no me había tomado ningún tranquilizante. Eso fue lo que dijeron algunos periódicos. Nada de nada: nunca he echado mano de pastillas para los momentos de, digamos, tensión. Lo que me pasó allá arriba no me había pasado jamás. No me venían las palabras. Bueno, me venían pero en absoluto desorden, como si quisiera decirlo todo a la vez y se me atascaran en la garganta.

Lo terrible del asunto es que yo era consciente de todo lo que me estaba pasando. Pero no podía hablar, no acertaba. Estaba completamente bloqueado. Perdí el control pero no perdí la conciencia. Tú no sabes el sufrimiento que supone querer decir algo y no poder, no poder, y darse cuenta de que estás haciendo un ridículo espantoso. Yo no soy precisamente un hombre con dificultad de palabra, qué te voy a decir. Ni con miedo al escenario. Algo me traicionó. Lo que se emitió en televisión duraba tres minutos, pero me dijeron que yo estuve ı0 balbuceando. Espantoso, espantoso, no lo he pasado peor en la vida.

Pepe y Miguel Ángel no sabían qué hacer. Tenían sus discursos preparados y no les di tiempo a decir ni mu. No podía hablar pero tampoco podía irme de allí. Quería hacerme entender y me iba embarullando cada vez más. Era como un blanco, un blanco teatral, pero lleno de palabras entrecortadas. Me había metido en un jardín, y luego en otro y en otro. Ahora bien, fíjate, yo notaba el cariño de la gente. Percibía ese cariño, esa complicidad, en todos mis compañeros, en las tres mil personas. Pensaba: “Estoy totalmente ido y esta gente me sigue mirando con afecto”.

Subieron Maite y mis hijos, que si les pinchan no les sacan sangre, y entre todos se me llevaron casi en volandas. Fue salir del escenario y tan pimpante, como si no hubiera pasado nada. Decía: “Tranquilos, tranquilos, que estoy bien”. No sé si se lo creyeron, pero volvimos a la platea. Y cuando anunciaron el premio al Mejor Actor recé, te lo juro, para que no me lo dieran. No quería volver a pisar aquel escenario por nada del mundo. No hizo falta, porque se lo llevó Sanjuán.

Luego había un cóctel, pero malditas las ganas que yo tenía. Lo único que quería era volver a casa cuanto antes. Y lo único que querían mis hijos era llevarme a urgencias. “Que no, que no es cosa de urgencias, que estoy bien, estoy normal. ¿No me veis normal? Pues ya está, hombre, ya pasó”.

Me miraron con cara de “ahora vete a dormir y mañana ya veremos”. Al día siguiente ya no pude escaparme. Me hicieron un montón de pruebas. Escáneres, radiografías, electros, de todo. Para ver si había sido un problema de riego sanguíneo o una cosa neurológica, un ictus… No encontraron nada de nada. Uno de los médicos me dijo que habían sido demasiadas emociones en muy poco tiempo. Mi amigo Luisito Alegre dijo lo mismo pero a su manera: “Tú has tenido un gatillazo emocional, Alfredo”.

Tenían razón. Eché la vista atrás y analicé las posibles causas. Había sido un año muy duro, muy cargado. El tenso rodaje de Luz de domingo, la negativa de Garci, la nula promoción de la película, la ruptura… Durante todo ese tiempo había ido acumulando emociones y guardándomelas para mí, sin permitir que apenas salieran al exterior.

Como tantas otras veces, me lo fui echando a la espalda y aguanté el tipo y me hice el duro, pero esas cosas te van minando. Hubo la breve descarga de la famosa rueda de prensa, y a los cuatro días llegó la emoción del premio. También me di cuenta, analizando todo aquello, de que el Goya había sido mucho más que un premio: fue la despedida real de mi profesión, de lo que había sido mi vida. Lo del Festival de Málaga fue, por así decirlo, el ensayo general. Pero la función “con público” tuvo lugar durante la ceremonia de los Goya. Allí fue donde se despidió el duelo, donde dije adiós y me dijeron adiós.

Unos días después encontré la hoja donde había apuntado el esquema de lo que iba a ser mi discurso. Mira, fíjate en la primera palabra: “Desbordado”. Así quería yo empezar. Así es como yo me sentía. Y así fue como me encontré allá arriba.

Durante unos días pensé seriamente en no pisar la calle, convencido de que la gente me iba a abuchear. Pero no. Todo lo contrario. Recordé las palabras de Tomás Gómez Ortiz en el pub Clarence: “Tú eres un hombre de suerte, Alfredo. Tú tienes estrella”. Sí, tenía razón, porque hasta los malos momentos revierten en mi favor.

Lo del Goya le pasa a otro y se hunde en la miseria. A mí me sirvió para que me inundaran de afecto. Nunca he recibido tantas llamadas, tantas enhorabuenas. La gente me paraba por la calle, me abrazaba, me felicitaba. “Están emocionados por tu emoción”, me dijo Maite. Mi amigo Domingo Solano añadió: “Diste una imagen nueva. Siempre te habían visto seguro, pisando fuerte y, de repente, vieron fragilidad, humanidad. Vieron a la persona, al tío normal. Y lo agradecieron. Lo que te pasó les habría podido pasar a ellos”.

Me llamó Corbacho, el presentador, al día siguiente, para interesarse por mi estado. Me llamaron los compañeros, me llamaron amigos de los que hacía siglos que no sabía nada. Entre tantas muestras de aprecio hay una impresionante, y simpatiquísima. Un telegrama del presidente Zapatero, un largo telegrama, que iba acompañado de una caja de botellas de whisky. Irlandés, Jameson. Y lo simpático es que ordenó que cambiaran las etiquetas, de modo que en cada botella se lee Landason.

El Goya abrió la espita de los premios. Desde el mes de febrero esto ha sido el no parar. “O me ven fatal o realmente me quieren mucho”, pensaba yo. Del montón de premios que me han dado hay dos que me llegaron al alma: la Medalla de Oro de Madrid y el premio Príncipe de Viana de la Cultura. El primero, porque yo soy madrileño de corazón desde que llegué. El segundo, porque es el premio más importante de mi tierra, de Navarra, el premio de los míos. Y porque, por primera vez en ı8 años, se lo concedían a un cómico. Y, definitivamente, porque lo recibí de manos de su alteza el príncipe Felipe. El Consejo Navarro de la Cultura me lo concedió el 29 de abril de 2008 y el Príncipe me lo entregó el ı4 de junio en el monasterio de Leyre. Estaba yo exultante, contento como nunca, rodeado de mis paisanos, de mis mejores amigos. Maite me dijo que parecía un niño, y tenía razón.

Don Felipe y doña Letizia presidieron la ceremonia. Creo que hice un buen discurso. Con muchísima emoción, pero sin cortocircuitos. Tuve que contener las lágrimas luego, al escuchar las palabras del Príncipe, tan llenas de generosidad, de calidad humana. Suena a frase hecha, pero los Príncipes son exactamente como los imaginaba. No hay distancia entre su imagen pública y lo que son. No hay fingimiento, no hay impostación del personaje. Un actor se da cuenta de eso en el acto.

Fue un viaje a los orígenes. Al día siguiente Maite y yo visitamos la iglesia de San Nicolás, porque yo quería agradecerle el detalle, todos los detalles, que han sido muchos, y quería volver a ver la pila donde fui bautizado. La puerta estaba cerrada. Cuando ya nos íbamos, encontramos a un cura anciano que nos abrió la iglesia, sólo para nosotros. Estaba remozada, pero la calma de su interior era la misma que yo había conocido tantísimos años atrás, cuando era un chaval. Aquel sacerdote nos condujo hasta la pila bautismal y luego se retiró un poco, muy delicadamente. Allí nos quedamos, en silencio, bajo la luz de verano que atravesaba las vidrieras.

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